— Yo soy, yo soy... quien no entiende.
Kesman, raramente cambiado ha llegado al edificio:
No vino en helicóptero, vino en una bicicleta motorizada y a pedales.
Ingresó en el área de parqueo, sin que nadie se dé cuenta y solamente al presentar su carnet en el pase obligatorio en la entrada de vidrio al gran lobby, un joven le pide sus documentos y pregunta a quién venía a buscar, y él sonriendo le dijo a Mister Kesman, y el muchacho sonrió.
— No ha llegado aún además, él baja directamente al helipuerto. Pero si gusta puede averiguar –respondió el joven portero, algo confuso, pues vio a Kesman, "parecido" con su jefe, pero, ve que...
Sucede que Kesman se ha cortado sus cabellos ondulados, muy bajo, casi rapado.
Por supuesto, no es nada igual a lo que llegaba, completamente trajeado. Ahora luce como un joven cualquiera, bien vestido, con ropas casuales, cómodas, botines marrones y una campera jeans, verde, en que lleva un prendedor de una ave dorada sobre el lado izquierdo del pecho.
Ese prendedor, antiguo, es de la segunda guerra mundial.
Su cuerpo bien proporcionado, enfundado en esa ropa poco formal, como cualquier joven de veinte años, hizo creer que es un "freelancer", un "office boy", mensajero, o dibujante, para el trabajo de diseño.
El portero abre la boca, mira los ojos azules de Kesman y lo ha reconocido, pero no puede pensar que sea él. Entonces Kesman le sonríe:
—Me dejas pasar, ¿Max?
—Míster Kesman… no podía imaginarlo – asegura el portero, y entrega los documentos a su jefe.
— No te preocupes.
— Por favor disculpe usted, mi jefe.
—Silencio, no hables, que nadie se de cuenta, así voy a subir, has de dar cuenta que no me viste, que no soy yo, que nadie sospeche, ni las cámaras.
—Ok… Ok.
—Toma, — le pasa un billete de cien dólares.
—Gracias…no debería,
—Bah… olvida. Saludos en tu casa.
—Gracias…míster… sorry.
Kesman sonríe y guarda su documento, camina por el amplísimo espléndido zaguán de mármol y vidrio, hacia los elevadores que se abren para que pase.
Y así está de pronto mirando la urbe mientras sube…. Qué lindo, que bella que es la vida, así de simple… caminar, subir, andar de bicicleta, ver personas que te miran y se sorprende de la sencillez, no del lujo… con el que vayas vestido
—Qué maravilla de sol… que metrópoli maravillosa, todo es hermoso, gracias universo amado –expresa mientras llega al piso 22.
Y camina por el pasillo, nadie más lo ha reconocido hasta el momento y toca en la puerta de su despacho.
Oh…. Abre la puerta Bobby y allí está lleno de gente…
—Buenos días.
—Sí señor, porque osa entrar sin ser anunciado…
—Perdón…
—Me confundí de oficina…
—Pero…
—Pero…
Kesman cierra la puerta y queda afuera.
Bobby viene a carrera y sale…
—¡No puede ser! Qué broma es esta.
—De qué se asombra señor Bobby le mira cada más vez más extrañado.
—Kes…
—Qué hice…
—Man
—Kesman
—Jajá
—Me confunde usted señor.
—Por Dios. Qué ha pasado
—No le entiendo señor.
Otras personas salen del despacho y miran la escena.
—Kesman
—Decía usted.
—Kesman.
Bobby se aproxima entonces paso a paso, lentamente hacia Kesman.
—Qué pasa dime, qué pasa.
— No entiendo – responde Kesman.
—Yo soy, yo soy, el que no entiendo
—Kesman.
—Si dígame…
—Eres Kesman, si o no
—Sí soy Kesman.
—Por qué señor.
—Porque así, así como estás...Y así como hablas, así como está tu imagen
Tu cabello. Qué pasó Kesman.
—Nada, nada en absoluto
—Qué locura
—Locura de qué señor
— ¿Señor me dice?
—Sí
— ¿No sabes quién soy?
—Sí, se quién es usted
—Quién soy yo
—Bien… creo que Bobby.
—Si soy Bobby
—Ah
—Mucho gusto
—Bobby,
—Y tú eres mi primo
—Kesman
— ¿Su primo?
—Eso no sabía
—Por dios
—Bobby se lleva las manos a la cabeza
Se detiene, siente un mareo…
Alguien viene a socorrerlo… es Normandía.
—Qué tiene el señor Bobby…
—Traigan alcohol.
—Una silla
—Bobby se va a desmayar
—Y Bobby se desmaya.
Kesman observa la escena, impávido.
Todos corren, se convulsiona el piso de las gerencias.
Corren para traer una camilla y un médico dos enfermeras acompañan, llevan a Bobby al final del corredor, los demás ejecutivos, miran a Kesman atónitos, no los reconocen y él apenas les mira, atónito también pero más tranquilos.
Le ofrecen agua, lo toma. Le ponen una silla acolchonada, se sienta, mira todo, sí, sigue mirando todo, para él no hay nada en particular que le aclare algo.
Está cada minuto un poco más, un poco menos de la línea memorial, en sus dos cabos, perdido en el sentido de las cosas y de la realidad.
Y quién es él… Qué hace ahí, eso no importa ahora, no habla, ni nadie le habla, solamente le miran, atónitos, perdidos.
El tiempo se mueve lento.
Las secuencias de los segundos, son para Kesman, casa vez más entrecortadas, como saltos en los filmes de antiguamente, como luces que se prenden y se apagan, ve todo, pero algo le queda, le parece que va a recordar, se sumerge en la profundidad del tiempo.
En su mente, esas imágenes que vimos en la pantalla del médico, se tragan los últimos instantes.
Está acabando su tiempo, mejor, el tiempo de su memoria, que es lo mismo, pues un hombre sin memoria… ¿Dónde escuchó hablar de eso?… No vale nada… Concluye las palabras.
Kesman, está ahí, ahora, sentado como le dejaron.
Con su vaso en la mano que alguien le quita gentilmente de sus dedos.
—Kesman… Kesman –, escucha decir a un señor que le mira y le sonríe… nerviosamente.
Es Sigmund.
Pero Apenas Kesman lo ha recordado…
—Sig.,… ¿qué?
—Sigmund
—Ah…
—Si…
Entonces ni siquiera Sigmund, está ya en la memoria de Kesman.
Y Kesman, mientras no le inquietan, con interrogantes, se levanta del asiento… le miran atónitos.
Nadie sabe qué acción tomar.
Qué decirle, si saludarle, darle la mano, hacer un movimiento… se detienen en vilo cuando pasa, algunos quedan con la mano extendida, y otros intentan reaccionar, dando un paso adelante, un paso atrás, como si estuvieran a merced de algo extraño y al mismo tiempo dominados, completamente admirados del nuevo Kesman que les ha surgido de pronto.
Altivo, como siempre, pero más aún ahora, camina paso a paso, y le abren espacio… así, el personal que ingresó ayudando a los ejecutivos de la Global… y así Kesman, sale al gran pasillo del piso 22, y camina y le hacen la venia, a lo que pasa, frente a ellos, como si se tratara de un rey.
Al final del corredor, hay un elevador interno y se abren las puertas.
Pasa, es el mayor elevador en forma de la mitad de un hexágono de cristal, que se mueve sin sentir absolutamente.
Sube al piso 50, la gran terraza del helipuerto.
Allí han corrido todos los empleados del sector, y los ejecutivos van tras él, en todos los elevadores que hay en el cristalino predio, frente al río Hudson, orientado hacia el Parque Central y allá a lo lejos, se divisa, la Estatua de la Libertad.
Kesman, pareciera que va a embarcar en un helicóptero y le abren campo, para que embarque, pero nada, pasa y va hasta el borde, allí, frente al abismo urbano que se abre, con todos los rascacielos formando una masa estructural de dar envidia, a cualquier civilización de la historia de la humanidad, parece aplaudir este consagrado momento de la empresa constructora mayor del mundo.
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