Las Sobras del Reino

Doña Leridana se atraganta nuevamente con su saliva y tose mucho.

Se la ve terrible. El cabello rojizo se moja con sus babas.

Su boca se despinta de tanto que pasa la mano huesuda por ellos.

"La sucesión... La sucesión... cof... cof... de la... testamentaria, cof... operada por última voluntad del rey Pleonedes, estuvo revestida de mucha solemnidad, y requerida por ley, debería disponer al dueño de la herencia que su patrimonio fuese llevado correctamente a las órdenes del reino", dice.

"En esa realidad, quien debe reinar es el hijo mayor, y no fue así; no permitieron que Marcio sea el rey y que el menor se llevase lo que dictaba la ley, sino lo contrario, como cuando un espejo te muestra el reflejo, en que la sucesión hereditaria del trono y el reino completo estaba volcada.

Los hermanos tomaron todo lo que se les puso en frente; no permitieron que el mayor tomase el reinado ni que el hermano menor, Fabián, pudiese abrir la boca. Desatendiendo las órdenes, robaron cada cosa que había en los pasillos, en los salones, en todo lo que fuese, mejor si de oro, o de plata, y piedras preciosas.

La mujer se detiene. Está ronca. "Agua Penestrón", le pide y cuando Penestrón le trae un jarro, le mira al líquido y le dice al hombre: "¿No te habrás meado en el agua?"

Penestrón parece molestarse: "¡Señora! Usted respéteme".

Leridana bebe del borde de la jarra en sorbos sonoros y mientras derrama por los ángulos de su boca un tanto arrugada, prosigue su charlatanería.

"Bah... aquí y donde sea eres un bestia... Y bueno... les contaba: y todo, todo se llevaron. Y de ese modo, los palacios, las casonas, los campos, las cabañas, los castillos, cada pieza, cada obra, cada barco, fue limpiado de sus pertenencias, de sus objetos.

Los esclavos fueron llevados cada cien por cuenta de cada príncipe; los grupos de individuos trabajadores, de hacienda o de maestranza, fueron arrastrados como las vacas.

El Imperio de Los Príncipes fue quedando sin nada y entonces antes de despedirse los hermanos, miraron al príncipe Fabián casi riendo y le dijeron: "Esta es tu herencia, tómalo todo de donde quieras" y rieron burlescamente; el príncipe menor quedó desolado.

Mirando al oeste, al este, al norte y al sur, realmente no veía nada.

Solamente los espacios vacíos: pasillos, castillos saqueados y abandonados, sin nadie que los atienda más.

Ni las puertas, las ventanas, los marcos ni las piedras de los caminos.

Todo se había levantado y en la mar, los barcos del reino quedaron a salvo de tal saqueo. Así pasaron meses y años, destartalados no podían apegarse a los puertos y los olvidaron para siempre en las costas menos transitadas.

Ahí muchos se hundieron. Entonces Fabián quedó mirando tristemente. Su presente, y aún su breve pasado, estaba perdido. Es decir, estaba en juego el futuro: había heredado del reino las sobras.

Leridana quedó en silencio. Estaba ya cansada de tanto hablar. Ah... fu... fu.

Cuando abrió de nuevo la boca, reclamó a Penestrón: —"Qué asco... esta agua hedionda que me habéis dado... malévolo... Odioso eres Penestrón... ¿Me queréis dar un menjunje raro para hacer de mí una qué?... pero no, puh...puh... vos no sois ni brujo ni mago ni alquimista... hi, hi, hi... ¿Sabéis? Este Penestrón quiso ser como el Rey Midas... Para transformar todo en oro... incluso a mí... ji ji ji".

Penestrón se pasea al fondo de la sala de "los panes duros": "Pues sí", explica Penestrón aprovechando que la mujer se calló. "Así le llamamos a esta sala de comedor. Aquí se dejan los panes, en esos paneros antiguos dejados por los rateros hermanos de Marcio y los estantes sin puertas. Y por ello podéis comer cuando y cuanto queráis. Y no critiquen... si veis que hay pan nuevo, olerá y si veis que hay pan viejo... comeréis hasta acabar pues no habrá pan durante varios días y tampoco sopas ni huevos de gavilán ni cola de víboras. Entonces vendréis a la sala del pan y luego de saludarme, podéis comer. Siempre hay harto pan duro".

Le agrega doña Leridana: "Es lo único que comeréis si no cazáis en los bosques a esas feas urracas, búhos y lechuzas hambrientas que no dejan crecer ni frutos ni huevos en los nidos ni siquiera de las golondrinas".

Komadín pregunta: "¿Entonces quiere decir que no hay nada que cazar? ¿A cuántas leguas a la redonda?"

Penestrón señala levantando el brazo hacia la distancia: "Uuu... está fuera de toda la ciénega."

Leridana, que se ha calmado un poco, habla tomándose las manos como quien va a orar: "Solamente tenemos harina, algunos cultivos medianos, a veces nos proveen de quesos y semillas. En las terrazas del castillo sembramos tomates y rábanos... un poco de leche de algunas cabras que tenemos en un patio trasero."

Penestrón, ahora parece más humilde, se sienta cerca de los jóvenes y habla más tranquilo: "Lo que podemos traer del pueblo paupérrimo que conocieron, es lo que de algo nos cambia el gusto algunas veces... pero el saldo es pan... pan y pan... aquí se queda como veis... pues ya estamos cansados. Así que el pan queda abandonado."

Leridana, a veces indiscreta, concluye de forma sincera pero graciosa: "Y pan abandonado, por más que se caliente, siempre será pan viejo y guardado."

Penestrón, afirma: "La suerte aquí es una cuestión de supervivencia... ser heredero de un reino no es nada fácil."

"No os confundáis. Si alguien de bien os envió, seréis atendidos con lo mejor que podamos dar... sin embargo, si venís con alguna traición o secretos que nos afecten en nuestra batalla por existir... seréis llevados al fondo de esta ciénega." Penestrón y Leridana levantan su mano izquierda en señal de bienvenida.

Mirando a los oyentes, Penestrón escupe. Mientras tanto, se padea mirándole, como lo haría una gran autoridad para acabar un discurso, diciendo: "Vuestra estadía aquí no será tan grata como estar en el castillo de un rey rico. Deberéis buscar qué comer, qué beber, qué vestir si no tenéis ropa... vemos que no tenéis bultos de ropa. Señores, deberéis salir a cazar... la ciénega tiene espacios de tierras muy fértiles en los que hay frutos y unas praderas en las que hay caballos, vacas y mulas, gallinas y cerdos... allí deberéis ir cada tres días para la alacena y la mesa... Si no, solo tendréis pan y normalmente..."

— ¡Duros! – gritaron al unísono los huéspedes de Penestrón y Leriana.

El sol ha querido recibirlos mejorando un poco la tremebunda recepción a estos tres hombres del futuro. Alumbra desde lo alto, casi a media mañana, entre la densa neblina que cubre la montaña hasta un poco más debajo de su mitad, y proyecta sombra en el castillo de Marcio Primero, que de noche se ve desde lejos en su esplendor, pero como una silueta negra.

El castillo de Marcio está cabalmente en la falda de la montaña puntiaguda, mirando hacia el pueblo paupérrimo al que llegaron los visitantes del año 2070.

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