Pierre
(Duque de Valois)
El viaje hacia la comarca donde vivía mi prometida fue largo y tedioso. Ya había estado antes en el lugar. Recordaba haber asistido a algunas aburridas fiestas y también había visitado en varias ocasiones la librería local, pues siempre encontraba allí rarezas o libros interesantes para mi colección. Durante el viaje mi padre se mantuvo en silencio, de vez en cuando apuraba un trago de una pequeña botella que llevaba oculta dentro de su traje. No quería discutir con él, ya no había vuelta atrás, necesitábamos el dinero y por eso cumpliría con mi parte del acuerdo. Me casaría con Pauline Ducreaux, pero nada me obligaba a ser amable con ella y mucho menos a amarla. Quizás era una mujer horrible y por eso su padre tuvo que comprarle un esposo, quizás era una tonta que soñaba con ser duquesa y con alcanzar el amor de un duque. En cualquier caso no sería el amante esposo que
tal vez ella soñaba tener.
Finalmente llegamos a nuestro destino. La mansión de mi prometida era grande con espaciosos y bien cuidados jardines, la propiedad se extendía más allá del horizonte y tenían numerosos criados y sirvientes. Mi padre me miró satisfecho, realmente el Barón de Saint-Remy parecía ser un hombre bastante rico y obviamente quería elevarse
aún en más en la sociedad al desposar a su hija conmigo. No me impresionaban los lujos de la mansión, pues crecí rodeado de lujos superiores, pero al menos lo que veía confirmaba la sólida riqueza del Barón de Saint-Remy.
Nos hicieron pasar y tomamos asiento mientras esperábamos ser recibidos. Al poco tiempo se presentó ante nosotros un hombre de aproximadamente 50 años de baja estatura, ricamente ataviado, de facciones armónicas y modales refinados. Era el Barón de Saint-Remy pero su hija no estaba con él. Tanto mi padre como yo nos pusimos de pie y correspondimos a su saludo y reverencia. Mi padre comenzó conversar con el barón pero yo no presté atención a la trivial conversación. Tenía una gran curiosidad por conocer el aspecto de mi prometida.
Al cabo de unos minutos el Barón de Saint-Remy, interrumpe la conversación para presentarnos a su hija, Pauline quién estaba de pie detrás de nosotros. Al girarme mi sorpresa fue tan grande, que me costó mantener la compostura. Mi prometida era la extraña mujer que entró a la librería en aquella tarde de lluvia, la mujer desconocida que no había podido olvidar. Aunque hoy lucía diferente, no cabía duda de se trataba la misma mujer. Llevaba puesto un sencillo pero elegante vestido blanco estilo campestre, con un profundo escote que me permitía ver y adivinar la forma entera de sus senos, el atuendo resaltaba su cintura pequeña y sus caderas redondeadas, su cabello largo, ligeramente ondulado y negro estaba semi-recogido, sus labios sensuales estaban pintados de rosa igual que sus mejillas y sus ojos lucían tan o más bellos de lo que yo recordaba. Su imagen me hizo pensar en un hada danzando en el bosque en medio de una tarde primaveral.
Ella también pareció sorprenderse al verme, pero no apartó sus ojos de mí, y allí estaba la misma mirada de fuego que había me había quemado antes. Por un brevísimo instante me perdí en una especie de fantasía, pero luego recordé que ella, la mujer que me había atraído tanto de una forma inexplicable era Pauline Ducreaux, la causante de mi desgracia e infelicidad. Así que cambié el semblante y le mostré la más absoluta frialdad. Tenía que volver a la realidad, pues por culpa de ella y de la ambición de su padre no podría casarme con Louise. No pude elegir a la esposa que yo deseaba tener, así que por ello sólo podría brindarle mi odio y desprecio. Tendría que centrarme en sus defectos: era una extravagante mujer, su piel era morena, no vestía a la moda como Louise que usaba ostentosos vestidos, con elaborados peinados altos y sombreros con plumas y flores y se maquillaba como las damas de que rodeaban a la reina. No. Pauline no era una dama de alcurnia, solo tenía dinero.
Esta mujer que pronto se convertiría en mi esposa evidentemente no estaba a mi altura. No lograba entender como ella siendo tan rica no usaba joyas ni se vestía como las damas de alta sociedad. Al contrario, ella parecía esforzarse para ser diferente, en su aparente timidez había algo de rebeldía. Estaba seguro que ella no podría
llevar con destreza el título de duquesa y todo lo que eso conllevaba. Pronto le haría sentir todo mi desprecio.
Ella seguía mirándome con cierta altivez. Esto me sorprendió, pues soy el Duque de Valois y ella era sólo
la hija de un simple barón. No debería mirarme con ese aire de superioridad, su actitud me hizo sentir más acalorado e irritado. El Barón de Saint –Remy invitó a mi padre a su despacho para tratar asuntos importantes. Seguramente hablarían del dinero, por eso estaba aquí, por las monedas de oro que necesitaba para seguir viviendo la vida que un duque merece. Antes de que mi padre y el barón
se retirasen del salón, el barón dijo:
-Nos ausentaremos por un rato, pero quedaran ambos en buena compañía. Por favor tomen asiento, pronto
les servirán el té.
Pauline y yo nos sentamos en silencio, uno frente a otro. Durante varios minutos permanecimos callados, pero ella no dejaba de mirarme con seriedad. Parecía que estábamos envueltos en una especie de batalla silenciosa que fue interrumpida por la entrada de una criada que traía el té y una lujosa bandeja repleta de pasteles de apetitoso
aspecto. La criada era la misma que la acompañaba el día que nos encontramos en la librería, aunque su aspecto había mejorado, estaba más limpia y mejor vestida. Pude notar que Pauline sonrió al verla y rompiendo todo protocolo le habló:
-Muchas gracias, Aurelie. Todo luce delicioso.
La criada sirvió el té, le devolvió la sonrisa hizo una reverencia y se marchó. Pauline tomó su taza y comenzó a comer con deleite los deliciosos pasteles, ignorándome. Probé el té y su sabor era dulce y afrutado, probé un pastel y era delicioso. Ella pareció olvidarse por completo que yo estaba presente. Sentí mi sangre hervir por la
rabia. Estaba aquí en contra de mi voluntad y ahora esta loca mujer me ignoraba y me trataba con desdén y presunción. La ira nubló mi mente y lancé con fuerza la lujosa taza de té al suelo. Salieron dispersos los añicos de la porcelana y el ruido de la taza al caer, quebró el mutismo de Pauline, quien dijo.
-Observo que ha tenido un accidente, su excelencia. Pronto alguien se ocupará de limpiarlo.
Su insolencia, colmó mi paciencia y le respondí:
-No fue ningún accidente, Pauline. Tiré la taza al suelo para demostrarte que no quiero nada de ti. Me casaré contigo en contra mi voluntad y quiero que te quede claro cuánto te desprecio.
Por un momento ella pareció sobresaltarse ante mis palabras pero luego volvió a su fría actitud y
dijo.
-Creo que se equivoca, su excelencia. Tanto lo de la taza como lo del matrimonio no son más que meros
accidentes. Si me disculpa ahora debo retirarme.
Tras decir esto, ella se levantó hizo una perfecta reverencia y me dejó sólo en el salón.
Estaba lleno de rabia y asombro ante la conducta absurda de Pauline, su aspecto, su forma de vestir, su ironía fría disfrazada de cortesía, su familiaridad con los criados. Todo en ella me alteraba. Por otro lado estaba su cuerpo, su cabello, sus labios, sus ojos… que alarmantemente habían provocado en mí la misma sensación de excitación y ardor que sentí en la librería, pero ahora era más fuerte y se mezclaba con la furia. Si Pauline Ducreux, pensaba que jugaría conmigo a su antojo estaba muy equivocada, ella pagaría muy caro su insolencia.
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Updated 159 Episodes
Comments
Lidia Baños
Cuánto anhelo verlo rogándole a Pauline por su amor,maldito tonto arrogante,solo por qué obstenrar un título y una mente encumbrada.
2025-01-13
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MARIA ELENA PEREZ DE PALMAR
jajajaja jajajaja 🤣🤣 pobrecito lo que le espera 🤪
2025-01-23
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MARIA ELENA PEREZ DE PALMAR
Ese si es cínico si la culpa es de el y su padre
2025-01-23
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