Tres semanas después
El Barón de Saint-Remy se había
ido de viaje. Su esposa, la baronesa aprovechó la ocasión para ausentarse
también por varios días. Pauline estaba sola en casa, junto a la servidumbre.
Aún resonaban en su mente las palabras de su padre “Encontraré un esposo para
ti, cueste lo que cueste”. Para ella un matrimonio a la fuerza sería lo peor
que pudiese ocurrirle, no le parecía correcto que su padre le comprara un
esposo solo por guardar las apariencias. Prefería continuar su vida sola, en
casa leyendo y escribiendo hasta que fuese una anciana. Ya no quería más
mentiras, ni conocer más patanes rubios y hermosos como Monseiur Dumas.
Por otro lado Pauline, se sentía
mal al recordar que su padre le dijo que en la familia de su madre había
gitanos…No conocía a ningún gitano, sólo sabía que muchos les temían y los consideraban
una raza maldita. Pensaba que tal vez por eso tenía mala suerte. Su doncella
particular se había marchado de la casa, quizás espantada por todo lo que se
decía acerca de ella, que si estaba loca o era una bruja. Pauline empezaba a
sentirse mal de que algunas personas supersticiosas alejaran a los niños y a
los animales de ella. Hasta el mozo de cuadra de su caballería le había dicho
que se alejara de los caballos porque los espantaba. Esto hirió mucho a Pauline
pues amaba los caballos y era muy buena amazona. Le encantaba montar a caballo
y sentir la sensación de libertad y el viento rozando su rostro y alborotando
su cabello. Una parte de ella disfrutaba del miedo que generaba en algunas
personas, que al verla pasar se apartaban y murmuraban de ella. Le daba risa,
pues no había locura o brujería alguna en su naturaleza: solo era diferente.
Pero esa diferencia era muy difícil de aceptar para muchos.
Como su antigua doncella se había
marchado, el ama de llaves le había conseguido un reemplazo.
No era una jovencita, sino más
bien una mujer de mediana edad, con ojos grandes y vivaces, delgada, baja y
morena como la propia Pauline. Llevaba un extraño vestido amarrado a la cintura
y al ver a Pauline no pareció temerle, al contrario la trató con naturalidad.
Se llamaba Aurelie y por sus maneras parecía más bien una extraña mendiga que
una doncella o criada. Pauline había escuchado murmullos en la cocina que
Aurelie fue la única que se ofreció para ser su doncella. Definitivamente esta enigmática
mujer no le temía.
A Pauline le agradó el hecho de
que Aurelie la tratara con naturalidad y una sutil informalidad, la miraba
fijamente a los ojos al hablar y la observaba con detenimiento. Aprovechó esta
nueva compañía para pedirle que la acompañara a la librería, pues salir a
comprar libros era una de las pocas cosas que Pauline disfrutaba hacer, aunque
esto significase que mucha gente la viese y se levantaran olas de murmuración a
su paso. Pauline salía muy poco, solo a reuniones sociales y a la iglesia
(obligada por su padre). El único lugar que al que iba por su cuenta y por
gusto, era la librería.
Al Barón
de Saint-Remy, su padre no le agradaba en absoluto que Pauline leyese y mucho
menos que escribiese, para él los únicos libros que tenían valor eran los
religiosos. Aunque esto le constaba a Pauline, no era muy sincero de parte de
su padre, pues en su despacho había encontrado ocultos en una gaveta, libros
que ilustraban en forma detallada la unión del hombre y la mujer con láminas de
inspiración medieval .De tal manera Pauline, aprendió de los misterios del amor
carnal. Y alguna vez llegó a pensar que disfrutaría tales goces y deleites con
su Monseiur Dumas…Ahora le aliviaba el hecho de no haber escrito ninguno de
estos deseos en la única carta que le envió, pues su vergüenza hubiese sido
infinita. A Pauline le hubiese gustado seguir investigando y leyendo más de
estos libros, pero no podía comprarlos: era una señorita, la hija de un acaudalado Barón
y no una vulgar cortesana.
Pero al menos podía comprar otros libros, su padre no se lo prohibía, aunque no
lo aprobaba del todo.
Pauline salió con Aurelie en el
carruaje, esto rompía la etiqueta pues lo más adecuado sería que tuviese una
dama de compañía, pero su vida no era muy convencional. Así que aprovechando la
ausencia de su padre se permitió esta extravagancia. Aurelie respetaba su
silencio, y solo le brindaba una compañía cálida que la hacía sentir cómoda.
Antes de llegar a la librería había comenzado a llover con furia, fue una lluvia
repentina y violenta, que caía en medio de rayos de sol.
Por nada del mundo Pauline quería
esperar para encontrarse con sus libros, así que se bajó del carruaje en plena
lluvia, mojando su vestido de verano (no apropiado para el clima). Aurelie bajó
tras ella, como una compañera fiel. En
pocos metros el cuerpo de Pauline quedó empapado de pies a cabeza, su larga
cabellera estaba empapada, y la tela de su vestido se había pegado a su
silueta, delineando sus senos, cinturas y caderas. Corrió a la puerta de la
librería, salpicando sus botas de barro, estaba ruborizada y su respiración
estaba agitada. Casi resbala frente a la puerta y la empujó sin querer,
haciendo tintinear la campaña que colgaba de ella.
Al entrar, los ojos grandes y
negros de Pauline se encontraron con otros ojos grandes negros y muy
brillantes. Frente a ella estaba un hombre vestido con suma elegancia, era alto
y delgado, vestía una lujosa capa negra, tenía la piel ligeramente bronceada.
su cabello abundante era tan negro
como sus ojos, su nariz era prominente pero bella, igual que sus labios sensuales,
su labio superior era fino pero su labio inferior era más lleno. Esos ojos
grandes la miraron con sorpresa y luego con curiosidad.
Y Pauline, solo se quedó pasmada, presa de la vergüenza por su entrada tan
ruidosa y repentina. Y claro está quedó impactada ante el bello desconocido.
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