4.2 Dulce Miedo / Responsabilidad

...II...

...Responsabilidad ...

—Discúlpame, Ilia —empezó él rompiendo esa situación de incomodidad—. Yo... yo me haré responsable.

«¿Qué?»

—¿Responsable? —burló Ilia, entre dientes, evitando alzar la voz—. ¿Podría saber «de qué» te vas a hacer responsable con exactitud? —chasqueó.

—De ti —respondió Dan sin temor al (bien sabido) carácter de Ilia—. De lo que puedas querer, pedir y necesitar.

—¿Querer algo de ti? ¡Qué estupidez! ¡Solo espera a que te pongas mejor, para que te mate a palos! —rabió—. ¿Acaso quieres oír lo que en verdad quiero? ¡Yo quiero cerrarte esa estúpida boca que tienes! ¡Y matarte! ¡Eso quiero, pido y necesito!

—Sería extraño que no —respondió Dan.

A lo que se echó nuevamente en su cama y cerró los ojos.

—¿Qué tenías en la cabeza? ¡Eres un imbécil! Los doctores me dijeron que desde tu primera prueba, ya sabías que eras un maldito alfa. ¿Por qué nunca nos dijiste nada? ¡Tuviste tantos años para hacerlo! Oye, oye, ¿qué haces?

—Una almohada será suficiente para ahogarme —respondió—. Yo me quedaré quieto. Vamos, comete tu crimen de odio. No me resistiré.

—¿Quieto? —se hastió Ilia. Era esa maldita palabra otra vez—. No te hagas el gracioso. Que ya te buscaré cuando estés más feliz para apagarte las luces —resopló—. ¿Y sabes? Eres un experto en quitar la emoción a las cosas. ¿Por qué siempre eres tan obediente y tan sumiso? ¿Por qué nunca das pelea? ¿En verdad eres un «alfa»?

—¿Un alfa? —él mismo se cuestionó—. No lo sé. ¿Qué es lo que define a un alfa?

—No te pongas en modo filosófico, ahora.

—Está bien —respondió Dan.

A lo que Ilia se enojó más.

Dan estaba bien entrenado.

Era manso. Llevaba el corazón demasiado afelpado. Él era una de esas personas que siempre sonreía sin tener alguna razón en particular. Un maldito perro que aceptaba cualquier cosa de manera dócil. Y el cual era, en extremo, «leal» a Lenay.

Pues esta misma lo había adiestrado a base de carismáticos gritos.

—Discúlpame, Ilia —repitió su lamento—. Desde ahora haré todo lo que tú digas.

—¿En serio? —rio Ilia sarcástico— ¿Y Lenay?

Dan quedó en silencio. No sabía que responder.

Puesto que Lenay era más que una amiga para él.

Así que improvisó otra pregunta:

—¿Y Zak?

Dicho eso, Ilia compartió su incomodidad.

Todo el día había estado pensando en él y en la reacción que tendría

Este moriría si se enteraba de aquello. Haría un mar de lágrimas y sería una bola de depresión.

—No le diré nada —determinó el chico flor, mientras veía que la madre de Dan volvía—. Yo soy un «beta», pronto se sabrá. Así que no debe haber ningún problema.

—¿Y si no eres un «beta»?

—Entonces, no lo sé —confesó—. No lo sé. Ni quiero imaginármelo.

La conversación se hacía cada vez más difícil de continuar. No tenían la menor idea de que hacer. La información que tenían de las clases de ética era incompetente e incompleta. Las noticias reportaban esa clase de incidentes como tragedias. Las historias y novelas románticas no relataban más que ficción.

Todo eso era demasiado surrealista.

Y ninguno de ellos se veía como «pareja» del otro.

—Eso no va a pasar —agregó Ilia.

—¿Qué no va a pasar? —preguntó la madre de Dan (casi molesta) metiéndose en la conversación de improviso.

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