...II...
...¡Sube a la Ambulancia!...
—Adriana dijo que sabía lo que hacía —inventó Tian para salvar su cuello.
—¿Qué?
No obstante, cuando Aiden iba a enloquecer con el comentario, otro alboroto le detuvo.
—¡Ves! ¡Yo te lo dije! ¡Eres un maldito omega! —gritó Lenay ofendida hasta los tuétanos—. ¡Y hasta te marcaron! ¡Mira lo caprichoso que es la vida! ¡Eso te pasa por ser un puto prejuicioso!
Ilia y Lenay. Ambos estaban juntos y con los nervios al vapor.
—¡Já! —burló Ilia correspondiendo a la provocación—. ¡No ves que soy un beta! ¡Esta jodida prueba lo respalda! —argumentó recogiendo el papel arrugado del suelo para mostrárselo.
Pues no iba a permitir que se burlara de él otra vez. Él tenía una prueba irrefutable. ¡Y debía saldar cuentas!
—¿En serio? —rio Lenay—. ¡Eso mismo no dice tu cuello!
Ellos estaban discutiendo a gritos, mientras Lenay se zafaba de las recomendaciones del otro paramédico para tratar su «ojo morado».
—¡Aiden! ¡Detén a tus alumnos! —fastidió el director al escuchar la nueva riña.
Entonces, el estresado y malhumorado profesor tuvo que intervenir.
¡Todo él! ¡Todo él!
¡Problema tras problemas! ¿No podían dejarlo descansar?
—¡¿Otra vez ustedes dos?! —renegó laso.
—Maldita hiena —devolvió Ilia sin importarle nada—. ¿Tanto te duele saber que nunca podrás ser un «alfa»? ¿Dónde está James? ¡Oh, no! ¿Acaso esas heridas demuestran que te humillaron?
—¿Qué has dicho? —amargó Lenay.
—¡Paren! ¡Ya! —volvió a gritar Aiden—. ¡Maldita sea! Si no se detienen ahora, haré hasta lo imposible para que los expulsen —amenazó—. QUIETOS.
«¿Voz de mando?», reconoció Lenay.
Por consiguiente, el par tuvo que callarse a regañadientes. Además no había esa «culpa en masa» que los protegiera. Estaban expuestos.
—Ahora, entren a la ambulancia.
—Pero... —ambos apuntaron a la vez. ¿Pues no era ilegal usar aquel recurso en menores de edad? La voz de mando estaba prohibida en...
—Pero, nada —el profesor les hizo callar—. Tú has recibido golpes demasiados fuertes —dijo a Lenay apuntando su ojo morado y su uniforme lleno de polvo—. Y tú debes acompañar a tu alfa.
—Él no es mi...—quiso protestar Ilia.
Pero...
—¿Acaso te permití hablar?
El profesor Aiden estaba asediado.
Solo recibía reclamos y más reclamos.
—¿Ya? ¿Qué esperan? ¿No les acabo de decir que subieran al bendito carro? ¡Corran!
—Profesor.
—¿Ahora qué?
—¿Puedo subir yo también? —preguntó Neizan—. He defendido a nuestro pobre delegado y siento un gran dolor en el brazo. Creo que me lo he fracturado —mintió con descaro, porque quería aprovechar y recibir un chequeo médico gratis.
—¿Y tú de dónde saliste? —aburrió Aiden, pero como estaba cansado de encontrar más inconvenientes, se rindió—: Ya, ya, ya. ¡Acompáñalos! ¡Qué más da!
—¿Profesor?
—¡¿Qué?! —rabió exasperado una vez más, sin darse cuenta a quien se dirigía.
—No pueden subir más de dos pacientes —informó uno de los paramédicos—. Solo con autorización especial de la Red de Urgencia puedo transportar a más, así que por lo pronto solo puedo llevar a los «emparejados» —informó—. Deben llamar a otra ambulancia si quieren transportar a los otros.
—¿Qué? ¿Acaso no ven que hay más de dos personas afectadas? —peleó—. Dame el número de esa Red para ajustar mi queja.
Siete alfas neutralizados.
Tres betas heridos.
Un omega desaparecido, (o quizá secuestrado).
Aiden ya olía las demandas que se vendrían y se compadecía a sí mismo. No quería involucrar su apellido, pero ya era muy tarde. ¡Debía usar su influencia para acallar algunos puntos de la historia o al día siguiente recibiría una visita de la prensa!
«Pobre», pensó Ilia al verlo.
Nunca antes lo había visto moverse tanto. Él era una especie de perezoso suelto. Su vida soporífera era una eterna agonía andante. Era raro verlo tan activo y liderar algo.
Por ello, el joven girasol se sorprendió cuando a gritos consiguió su reclamo.
¿Qué le pasaba al profe?
—Ilia —llamó este, cuando por fin el chico flor decidió subir a la ambulancia—. No trates de derramar tu ira sobre «tu» alfa —advirtió a la vez que con una mirada lo amenazaba para que su alumno no se rebelara contra él—. Ni mucho menos pienses en abandonarlo en las próximas horas —continúo para evitar futuros problemas—. Puedes provocar un trauma irreversible en él.
«¿Un trauma?», cuestionó Ilia.
Pues no lo creía.
En definitivo, debía de estar tomándole el pelo.
—¿Me escuchaste? Quédate QUIETO y, no causes problemas a los doctores que te atenderán, ¿bien?
«¡No!», quiso responder Ilia.
Correspondía apresurarse a resolver los malos entendidos. Él no necesitaba ir a ningún otro lado más que a su casa.
Porque:
—Yo soy un beta. ¡Mire! —mostró el dichoso papelito arrugado.
Pero el profesor Aiden ni siquiera se detuvo a verlo.
—Sabes que nada es certero en la vida, ¿verdad? —contestó mientras cerraba una de las puertas de la ambulancia—. Pudo haber algún tipo de error —adicionó—. Por ello, anda hazte algunas pruebas en el hospital para que te saquen de cualquier duda. —A lo que, el paramédico le fastidió para que cerrara la otra puerta. ¡Ya debían irse!—. Si, si, si —le contestó disgustado, para luego agregar—: No provoques nada irremediable por tan solo unos puñeteros arrebatados de ira. RECUERDA lo que te digo.
Entonces, cerró la segunda puerta para que la ambulancia se moviera.
«¿Arrebatos de ira?», temió Ilia y se tocó la herida de su cuello. «¿Error en la prueba?».
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