...III...
...Heridas No Visibles...
—¿Eso es cierto? —se preocupó, en tanto la ambulancia se movía—. Soy un beta, no puede pasar nada malo, ¿o sí?
—Depende —respondió el paramédico sin que fuera su responsabilidad hacerlo—. Aunque no lo creas... los alfas son muy «emocionales» cuando forman un vínculo. Se desesperan cuando la pareja que consideran «correcta» los abandona y, son bastante propensos a caer en cuadros depresivos.
—¿Qué? ¿Por qué estos malditos deberían ser los más propensos a deprimirse? ¡¿No son los que «marcan» a múltiples omegas sin importarles las consecuencias?!
—Por eso te dije «depende» —siguió hablando el paramédico, en tanto la sirena empezaba a sonar—. Los más jóvenes tienden a desarrollar traumas que los acompañan de por vida.
Ilia chasqueó la lengua. Debía tratarse de otra mentira.
—¿Trauma?—se jodió con esa palabra.
El mundo, cada vez más, se estaba yendo al carajo.
Justamente, algo similar le había ocurrido también a su madre.
Pero, en el otro lado de la moneda.
Ella había sido rechazada y abandonada por el alfa que la marcó en la adolescencia; y aunque rogó y lloró, aquel ya tenía una esposa y no iba a abandonarla.
Por consiguiente, su madre llevó un sentimiento de vacío durante toda su vida.
Incluso cuando contrajo nupcias y prometió amar por toda la eternidad a su esposo Liam –es decir, al padre de Ilia–, ella nunca pudo «satisfacerse» con nada. Y sumió su vida en miseria.
¡Era una maldición ser un omega! ¡Y ahora recién se enteraba que también lo era ser un alfa!
Lenay, por su lado, permaneció en silencio durante todo el viaje.
Estaba amarga y fatigada.
Tres de sus cinco amigos de la infancia eran parte de esa «porción extraña» de la población. Y ella había perdido contra aquello.
¡Había perdido! ¡Y no podía ser cierto!
—Todo ha sido tu culpa —quizá debió escuchar de sus amigos para echarse a llorar y no reprimir sus sentimientos.
¡Dan era un alfa!
¡James e Ilia eran omegas!
Era excesiva la información para asimilar. Nunca tuvo una oportunidad. Ella era débil a comparación de la fuerza de un alfa. Solo había bastado unos golpes para que perdiese. Le dolía todas magulladuras. Y le ardían todos las raspaduras que llevaba en la piel.
Estaba tan avergonzada.
¡Se sentía la gran la culpable de todo! ¡Y necesitaba que alguien se lo echara de frente!
¡Si tan solo no hubiera mandado a Dan a quitarle la prueba a Ilia!
¡Si tan solo hubiera tenido más fuerza para proteger a James!
¡Si tan solo fuera un «alfa»!
¿Por qué tuvo que suceder eso?
Se suponía que día pasaría como uno más del montón.
¡Nunca había creído que Ilia fuera un omega! Solo le molestaba para hacerle sufrir un poco. Nada más. Nada irremediable. El plan era ese. Cobraría el desplante. Luego se disculparía, y todo volvería a la normalidad.
Pero no.
—Bajen con cuidado —avisó el paramédico cuando llegaron al hospital.
El mundo estaba en su contra.
En tanto, un grupo de estudiantes también llegaron al hospital. Estos habían sido traídos en el auto del director.
Neizan los saludó, pero ellos no le hicieron caso. Apenas podían ponerse de pie. Por ende, se preguntó cuántos supresores les habrían inyectado. ¡Ya parecían zombies!
«Qué gran problema», se burló.
¡Eso saldría en las noticias!
Quiso advertir a Ilia y a Lenay del asunto, pero estos dos no le hicieron caso. Estaban siguiendo con las instrucciones de los médicos. Obedecian en silencio. Respetaban cada palabra que les dijesen y no contrariaban en nada.
Ellos estaban llenos de respeto, rectitud y educación.
Sonrisas y elegancia.
¿Qué?
Pero, ¿qué les pasaba? ¿Por qué se comportaban tan bien y acataban sin rechistar?
«¿Miedo? ¿Estrategia?», ironizó Neizan con la respuesta, mientras los compadecía.
Aquellos dos -Ilia y Lenay- estaban fuera de su territorio y del control de la situación. Asi que debían mantener la compostura. Pues solo era cuestión de tiempo. Sus padres podrían aparecer en cualquier momento y armar un escándalo.
En paralelo, el personal médico ya estaba bien avisado del incidente y conversaban con los bien portados estudiantes para poder enterarse más del asunto. Les registraban sus datos, sacaban pruebas y tomaban en cuenta cada dolencia que describían.
La situación era realmente curiosa.
Desde hace mucho tiempo, la incidencia de esos casos habían bajado de manera exponencial, ya que existía una buena administración de medicamentos y los supresores de celo no eran difícil de conseguir.
Los omegas que entraban en celo de forma accidental e intempestiva en un ambiente abierto, no producían esa clase de comportamiento descontrolado. Es más, las feromonas disipadas no actuaban de manera contundente en «tantos alfas», y era fácil resistirse a ellas.
¡Aquello debía ser estudiado a profundidad!
Por tanto... ¿dónde estaba aquel «omega»?
—Al parecer, James está por acá —avisó Neizan mirando a sus principales cómplices de reojo—. Algunas enfermeras me contaron que vieron llegar a un estudiante con nuestro uniforme en un auto de lujo color plateado —informó sonriendo—. Dijeron, también, que fue el primero en aparecer aquí. Lo trajo la...
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