Capítulo 6

...ARTHUR ...

Abrir los ojos y ser alumbrado por los intensos rayos de sol es una situación que odio, más si estoy con un pesado malestar en la cabeza. Todo está desordenado dentro de mi cabeza. Lo poco que viene a mi mente es el rostro de la mujer que me presento Madison… esa tal… bueno, como se llame. El ligero viento de la mañana corre por debajo de mis sabanas. Chequeo mi cuerpo envuelto por las sabanas, viendo que efectivamente estoy desnudo.

—No recuerdo nada… —pienso en voz alta.

—¿Y qué esperabas si te terminaste diez botellas de Whisky? —menciona relajadamente Madison, bebiéndose una taza de café a mi lado mientras le da un vistazo al periódico—. Agradécele a Maya que te trajo hasta aquí y estuvo cuidándote toda la noche; si yo hubiera sido ella me largaba para no soportar a un borracho…

—¿Qué dices? —me incorporo de golpe. La cabeza me estalla de dolor—. ¿Ella se quedó aquí?... ¿Tuve sexo con Maya?

—¿Y no era lo que querías? ¿Por qué el sobresalto?

—¡Si, quería acostarme con ella, pero disfrutándolo sobrio y no ebrio! ¿Ya se fue?

—Sí, hace dos horas.

—¿Y qué hora es?

—Eh… —chequea la hora en su reloj de muñequera—, a estas horas ya deberías estar en la empresa, cariño, son las 10AM.

Brinco de la cama a la esquina de la habitación donde está apilada mi ropa encima de una silla.

—¡¿Por qué no me despertaste antes, ¡¿Madison?! ¡Te hablé de la reunión que tenía a las nueve y que no me perdonaría si faltaba, y también te comenté de mi loca hermanastra que está al pendiente de cualquier error para joderme la vida! No me quiero imaginar el sermón que me gritará cuando me vea pasar por la puerta de su oficina, ¡cómo la odio!

Lo último que vi antes de salir a toda prisa fue una amplia sonrisa en el rostro de Madison.

Esto era lo último que me faltaba agregar a la lista de estupideces que he hecho este año. ¿Qué me costó contener el impulso de alcoholizarme? Katherine me la tiene jurada con esa grabación, y si me ve llegando tarde…

Tenía una molesta presión en el pecho por excederme en correr y un asqueroso nudo en la garganta. El problema fue cuando no había ya nadie en la sala de juntas, la reunión había culminado. Mierda. ¡Falté a una de las reuniones más importantes que había tenido la compañía en todos los años desde su fundación! Por llevar el apellido de mi padre debía estar ahí con Katherine y mis hermanos, por el hecho de que negociaríamos con los dueños de una gran empresa francesa.

Cabizbajo me quedé aferrado a la manigueta de la puerta. Suspiré lento, me vi en la necesidad de dejar la cobardía y darle la cara a Katherine, entrando a su oficina. Con una postura rígida tomaba su café, con la vista al ventanal de vidrio en el que contempla la ciudad de Londres.

—Kathe…

—Treinta minutos de atraso —sonaba serena, como si no estuviera disgustada porque falté a la reunión—, ¿me quieres explicar el motivo? —gira la silla, cautivándome con su mirada que sacude mis nervios.

—Fue un acto irresponsable haber faltado a la reunión, lo sé, pero…

—Apestas a alcohol —expresa con asco, parándose para cerrar las cortinas del ventanal—. Lo que hagas con tu vida me da igual, pero evita las habladurías y en la próxima ven con una buena presentación y no oliendo a trago. Y con respecto a la reunión, se pospuso porque los franceses tuvieron un problema de último momento. ¿Fuiste a la prensa e hiciste lo que te dije?

—No, he tenido contratiempos.

—¿Contratiempos? ¿Cómo cuáles? —inquiere.

—¿Debo darte explicaciones? Aquí en la empresa eres mi jefa, mas fuera de ella te considero una intrusa que llegó a apoderarse de la herencia de mi padre.

—Estuviste revolcándote con una mujer en lugar de limpiar mi nombre, ¿no es así? —retuerce su bolígrafo.

—Y si es así, ¿qué? ¿Celosa? Apenas te toqué esa noche, ¿y ya te sientes con el poder de meterte en mi vida personal? No seas ridícula, ubícate, Katherine.

—Oh, vamos, Arthur, no me quieras dar el papel de rogona. Para mí lo de esa noche es tan insignificante, de hecho, ya ni la recordaba.

—Mientes —ruego por que sea así.

—¿Qué? —ríe caminando a paso lento, y una vez ya cerca pone su mano en mi hombro—. El único interesado aquí pareces tú, Arthur, digo, eres quien ha mencionado el asunto de ese día.

—Donde hubo fuego cenizas quedan, ¿así no dice el dicho?

—¿A esa estupidez le llamas fuego? —bufa—, no me hagas reír, apenas y me hiciste cosquillas. ¿Por qué no aceptas de una vez que esta maldita bastarda e intrusa ha despertado fuertes sentimientos en ti? —inquiere yendo directamente al grano.

—¿El odio? —frunzo el ceño, fingiendo confusión.

Sacude la cabeza, negando mi pregunta.

—Hablo del deseo. No me quieras ver la cara de imbécil, porque no tengo ni un pelo de ello.

Agacho la cabeza y medito la situación. Inhalo hondo y huelo de cerca la fragancia de su cuerpo. Las comisuras de sus labios se alzan en una sonrisa grande. Sus ojos me examinan, convenciéndose de que está en lo cierto.

Estrella su cabello en mi rostro cuando voltea para regresar a su silla.

—Cierra la puerta cuando salgas por favor…

En un impulso de tenerla cerca la giro agarrándola de la nuca. Tan rápido como pude la dejé frente a su escritorio donde la senté, sus piernas estaban abiertas y a un posible acceso de lo que estaba entre ellas.

—¡¿Qué mierda haces?! ¡¿Acaso quieres que llame a seguridad para que te echen de mi oficina?! ¡¿eh?! —grita, a lo que reacciono tapando su boca.

—¿No fuiste tú quien me pregunto algo? Voy a responder tu pregunta, pero no precisamente con palabras —dije, divertido—. ¿Qué se le antoja a la princesa jugar ahora? ¿Y si jugamos al Ajedrez para poner en posición a la reina?

—Alguien puede entrar por esa puerta y si nos ven así pueden imaginarse que no nos tratamos como los hermanastros que somos —espetó, cada vez más fastidiada.

Hice una mueca de

Noté el nerviosismo escurriéndose en su semblante, como se fijaba en un área específica de la oficina, evitaba verme a los ojos a toda costa.

Me acerqué a su cuello para plantear un beso. Esperaba todo, desde una cachetada a un empujón, menos su excitante reacción como la de enredar sus piernas en mis caderas. Se mordió el labio con picardía echándose hacia atrás su larga melena rubia. La empujo acostándola en el escritorio, apresando sus manos que pongo arriba de su cabeza. Mis dedos se desplazan en su suave piel tanteando sus senos, pero no soy de los que se quedan estancados en una sola cosa, así que bajo a la zona prohibida de su falda que alzo hasta sus muslos mientras la entrego con efusivos besos en la boca. Dejaba todo en manos del momento, para ver hasta donde llegaba la pasión y el deseo acumulado. Con la yema de mis dedos acaricio encima de su braga que se humedece en cada toque; me gime al oído tratando de detener mis movimientos con agarrarme de la muñeca, lástima que soy una persona que hace lo que se le venga en gana.

Y ahí me encontraba yo, satisfaciendo a mi hermanastra en la antigua oficina de mi difunto padre, complaciendo a la mujer con complejos de superioridad que pasa a ser una sumisa cada que me tiene cerca. La adrenalina corría por su cuerpo, la lujuria detonaba lo prohibido.

—Arthur, ¿y si alguien entra y nos llega a ver en esta situación? —inquirió en un susurro—. Mejor sal de mi oficina, no quiero más problemas.

Su propósito era que me detuviera y lo hice, pero no sin antes clavar la mirada en la suya, planteando en mi rostro una mueca de desagrado.

—¿Por qué me miras así? —echa hacia atrás una melena rubia que estorbaba en su rostro.

—¿A qué le tienes miedo? ¿A las personas que están fuera de estas paredes, o a la persona que tienes delante de ti?

—Tengo miedo a dañar mi reputación por jueguitos de sexo. Me propuse cuidar mi imagen.

—Nadie lo va saber.

Frunce el ceño. Cierra sus piernas y monta una sobre la otra.

—¿Nadie lo va a saber? ¿Nadie no va a saber qué? Lo que pasó aquí…

Silencio sus elocuencias con un sofocante beso en el que tenía acumulado ese sentimiento que excede los límites. Sus labios me estaban correspondiendo, pero de un momento a otro Katherine me empujó. Se formó un gesto de vergüenza y nerviosismo en su rostro. La curiosidad me invadió y miré el área específica que observaba, la puerta; donde estaba de pie mi hermano menor, Manuel.

—¿Interrumpo algo? —cuestionó él, con cierta incomodidad.

Sé que por su cabeza están pasando todas las veces que insulté y hablé mal de Katherine frente a él, hasta cansarme, como para que ahora nos sorprenda en medio beso. Cómo desearía matarlo por irrumpir algo que no se repetirá.

—No —vuelvo en sí por la rápida respuesta de Katherine—. ¿En qué te puedo ayudar, Manuel? —desciende del escritorio y vuelve a su silla, actuando como si nada ha pasado.

—Siento que llegué en un mal momento, mejor los dejo solos… —intenta huir y cruzar la puerta para salir.

—Arthur y yo terminamos de hablar, igual él ya iba de salida, ¿no es así? —asiento con la cabeza sin quitar la vista de Manuel.

—Pagarás por esto —musito cuando paso al lado de Manuel, marchándome de esa oficina en la que mis fosas nasales se inundaban con esa femenina fragancia de hembra.

La tenía entre mis manos, ¡la estaba besando! Hubiéramos acabado de otra manera si Manuel no entraba justo en ese instante, pero debería estar tranquilo porque por lo menos no me encontró con las manos en las bragas.

...KATHERINE ...

—Cada que me lo cruzo actúo como el primer día que nos conocimos, como si el odio permaneciera entre nosotros, aun después de lo que hicimos en la oficina —digo, compartiendo una sonrisa con Madison—. Ojalá Arthur no haya abierto la boca sobre esto con nadie, excepto con Manuel que sí se merecía una explicación tras vernos en pleno beso.

—Y, ¿qué fue lo que sentiste cuando iniciaron ese loco acto en tu oficina? —cuestiona y frunce el ceño.

—Se me subía la presión en cada contacto con su piel. Una extraña sensación de lujuria se había desarrollado desde mis entrañas, en mis venas corría la adrenalina y el apetito de más. No puedo deducir este problema; lo detesto, pero me hace bien —por juzgar a cómo me ve pareciera que me estuviera gritando loca—. ¿Estoy mal de la cabeza?

—No —ríe sacudiendo la cabeza—. A quién engañamos, Kat, estás en tus inicios de enamoramiento…

—¡No me maldigas, Madison! ¡Dios me libre de eso! Prefiero aferrarme a la idea de quedarme soltera toda la vida a que terminar suspirando de amor por… ese tipo.

—Ojo de loca no se equivoca; Arthur y tú terminarán enredándose —me mira desde el espejo pequeño que sostiene y pinta sus labios con un labial carmín.

Es rara la agradable conexión que siento con ella, es como si la conociera desde hace mucho. Ahora que me pongo a pensar, no conozco mucho de ella, del motivo por el que escogió un camino de prostitución.

—¿Te gusta esta vida? —la interrogo, dirigiéndome a ella con un tono más suave del que me gustar usar con ella.

—¿Gustarme? —agacha la cabeza y juega con sus manos—. Estoy condenada a esto desde los quince años, crecí sin padres y tenía que buscar un camino sin tantas complicaciones para sobrevivir. A mis catorce años fui adoptada por la dueña de este club, ella me amenazó con abandonarme en la calle si no elegía servirle y trabajar para ella; estaba perdida, no tenía opciones; crecer en la calle no me iba a favorecer, por eso apenas cumplí quince empecé una vida de prostitución —suspira conteniendo sus lágrimas—. Hicimos un trato en el que me propuso quedar libre a los dieciocho, pero me endeudé con ella después de prestarle grandes cantidades de dinero para mis necesidades y exámenes de salud. Le debo mucho dinero que creo que nunca saldré de aquí.

—¿Qué tanto debes?

—Medio millón de dólares.

—¿Por qué no has recurrido a Arthur para que te ayude? Eres su amiga.

—Él tiene sus problemas, ¿para qué molestarlo con los míos? —mira la puerta por donde entra Arthur—. Hablando del rey de Roma, nuestro hombre acaba de llegar. Iré a recibirlo —corre a los brazos de Arthur.

Así que endeudada por medio millón de dólares, pobre.

La hora de presentarme en la tarima llegó. El silencio que había hace poco fue reemplazado por murmullos y la fuerte música que me estaba reventando los tímpanos. Me importaba un carajo quien iba a verme bailar, solo me fijaba en una persona especifica que era la razón por la que iba a hacerlo; Arthur. A paso lento caminaba hacia la barra de barra de acero, las luces rojas me seguían. Contoneaba mis caderas situando las manos en la barra. Los ojos de Arthur me seguían en cada instante, no disimulaba su dese; pero no era el único, todos los elegantes empresarios que acostumbran asistir aventaban billetes a mis pies.

Muerdo mis labios como reacción de excitación cuando vi a Arthur acomodar el bulto que había creado en su pantalón, entre sus piernas, esa cosa estaba tomando forma y era la única que lo notaba. Solo quería terminar cuanto antes y llevármelo a un lugar donde estuviéramos solos y disfrutáramos sin molestas interrupciones. Mi espectáculo finalizó, y sin darle importancia a los aplausos que recibía, baje del escenario. Pensaba en ir a tomar agua, pero ver a Arthur acercándose me arrebató la sed. Sin tocarme ya me estaba calentando, y sin indicárselo ya me estaba llevando a un cuarto apartado del gentío.

Sus ricos besos húmedos eran una necesidad, sentía que colapsaba sin ellos. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba montado en mí, y yo tendida en una cama. Sus caricias y besos se intensificaban cada que descubría nuevos lugares en mi piel.

—Ya va siendo hora de que me muestres esa bonita carita sin el estorbo del antifaz, ¿no crees, Maya? —me susurra en el oído, yendo de vuelta a mi cuello donde deja leves mordidas.

¡Eso! Su petición ha sido el detonante perfecto que necesitaba para reaccionar y acordarme del porqué vine a este club; recurrí a este lugar para vengarme y darle una lección, no para follar.

Perfecto, ha llegado el momento.

Cambiamos papeles y soy ahora la que está montada encima de él depositando suaves besos en su cara. Ansiosa, tomo con mis dedos el elástico del antifaz y me lo saco sin hacer esperar mucho a Arthur. Mi venganza acaba en el mismo instante en el que su ancha sonrisa desaparece sin dejar rastro, sus ojos se abren tanto que dan la impresión de que observan a un maldito fantasma.

—¿Por qué esa cara, Arthur? ¿No que muy ansioso de apreciar mi rostro? —sonrió—. Eso es muy hipócrita de tu parte.

Sin tener cuidado por estar tratando a una dama me empuja fuera de la cama y ni tardo ni perezoso se pone de pie, parándose delante de la puerta.

—¡Maldito grosero! ¡Animal! —me paro del suelo y me sobo la zona en donde me golpeé—. ¡¿Qué te pasa?! —chillo.

—¡¿Qué te pasa a ti?, te pregunto yo! —en su mirada veo la desilusión—. ¡¿Por qué me engañaste?!

—¡A mí no me quieras culpar de que seas un pendejo que no se dio cuenta antes de que la supuesta teibolera y su hermanastra eran la misma persona! O sea, ¡ni un ciego! —es un momento serio para él, pero no puedo contener mis ganas de reír por la diversión que plasma en mí su reacción.

—¿Por qué me has tenido engañado todo este tiempo, Katherine? ¡Te exijo que me respondas! He estado frecuentando este sitio solo para ver a la estúpida Maya, sin saber que era la misma estúpida que veo todos los días en la empresa. Y lo peor de todo es que había sentimientos encontrados hacia tu disfraz de mierda. ¿Por qué, Katherine? ¿Qué te hice?

—Me impresiona el nivel de descaro con el que me lo preguntas; ¡en un principio estabas decidido a conquistarme, enamorarme, sacarme de la compañía a toda costa! ¡¿Ya lo olvido, Sr. Hardy?! —no espero su respuesta. Recojo mi ropa para marcharme después de decirle una última cosa—. No te negaré mi satisfacción de ver tu cara de niño sorprendido. ¿Y sabes qué? Mi venganza no termina aquí, y eso no quiere decir que yo moveré un dedo para verme destruido, tú mismo lo harás; tu condena y maldición será enamorarte de alguien que odiabas y que querías tener a kilómetros de distancia; llegaras a amarme, y cuando te des cuenta verás que el único sentimiento que tengo por ti es el de lástima —digo con una alargada sonrisa en mis labios.

Un guiño es lo último que ve de mí cuando salgo de aquella habitación.

...ARTHUR ...

Nunca tanta verdad me había dolido como lo hicieron sus palabras. Un deseo reprimido creció entre el odio e hizo una mala jugada, y temo que las emociones que tengo bajo control se me salgan de las manos. Me opongo a que este estúpido corazón alimente el ego de ella, Katherine.

Sentado en una silla me pongo a observar la puerta por donde se acaba de ir y aprieto mi camisa que recojo de la cama.

—¿Ves las consecuencias de adoptar a esas hermanitas, papá? —veo su foto que conservo en mi billetera—. Gracias a ti no obtuve el porciento de herencia que me prometiste, ¡y gracias a tu acto erróneo de permitir que Katherine y yo vivamos bajo el mismo techo estoy pagando las consecuencias que son estar locamente enamorado de ella! —tras pasar días negándomelo, por fin admito mis sentimientos.

Pero, ¿qué gano con amar a alguien que solo me confunde y juega conmigo a su antojo? Solo con ella mi fama de desinterés en el amor se va a la mierda.

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Comments

Graciela Peralta

Graciela Peralta

que pasara ahora con ella y el tipo este

2024-01-26

0

Sol

Sol

por qué!!!.. porque tienen que poner a la prota como perra en celo... donde esta la digna Katherine?

2023-07-27

2

Sol

Sol

tan preocupada de su imagen no le preocupa que la descubran y que como una prostituta?.. solo por vengarse de Arthur?

2023-07-27

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