Capítulo 2

...KATHERINE...

Millones de familias hay en el mundo y justo el destino me puso en el camino de los Hardy. ¡Qué familia para más ambiciosa y con el ego en las nubes!, pero me divertiré poniendo en su lugar a todos. Será difícil de controlarlos, pero ocuparé todas mis armas para que las cosas sean a mi manera.

Arthur que no prefiere verme triunfar en esta ocasión se marcha empujando todo a su paso, y la bruja alcahuete de su madre va detrás de él. Son dos gotas de agua.

—Vámonos, chicas, debemos dar una vuelta por la mansión para conocerla.

Con desinterés veo a los dos hermanos menores de Arthur. Tienen cara de querer sacarnos a patadas.

Guio a mis hermanas enseñándoles las escaleras, y no pasado del minuto ya tengo lejos a esos hermanitos al haber llegado al segundo piso.

—Fue un error venir a esta mansión y apropiarnos de todo como si nada —las pesimistas ideas por parte de Grace nunca faltan.

—Tendré todo bajo control en mi nueva casa, no te preocupes —reprimo mis ganas de querer vociferar a los cuatro vientos mi victoria, todo lo que dije que nunca llegaría a tener—. “Mi casa” … quien lo diría.

...•••...

Ya es cosa diaria levantarme muy de mañana todos los días para desayunar junto a mis hermanas, y ver a los hermanos Hardy ocupando la mesa del comedor me revuelve las tripas. No es algo que dependa de mí caerles bien, así que ni modo, todos los días deberán maldecir mi existencia. Y en esta ocasión no les daré el gusto de salir, desayunaré al lado de ellos.

—Hoy es un radiante día, ¿no, chicos? Y muy lindo para pasar una mañana entre hermanos. —mi humor es tan irónico que causo siquiera una sonrisa.

La provocación malintencionada no es buena, pero vamos, sus caras de desprecio hacia mí y mis hermanas debo cambiar.

—Así que los hermanitos Hardy viven en la misma casa, con razón tan unidos, eh —juego con una cuchara encima de la mesa y acerco más la silla a la mesa para tenerlos más de cerca—. Tanto silencio sofoca. ¿Qué? ¿A la hora de comer en familia son tan aburridos que no hablan o es que los pongo de malhumor?

—Sentir que respiro el mismo aire que una víbora como tú basta para querer tenerte a kilómetros —espeta Arthur, bajando las mangas de su traje cuando se pone de pie—. ¿En qué idioma quiere escuchar la señorita que nunca será bien recibida y que por más derechos que tenga siempre la veré como alguien que no encaja en una vida de lujos? No te sientas muy importante, Katherine, apenas llegaste ayer, no quieras acoplarte a nosotros.

¿Por qué no me defendí y solo me quedo sentada viéndolo irse de la casa? ¡Es un imbécil! Sigue disgustado por no heredar la empresa, y si quiere iniciar una guerra no me negaré a utilizar las armas que tenga a mi alcance. No conozco a Arthur y puede darme un golpe bajo sin que me dé cuenta, es un tipo que no sabe perder, no me confiaré por más estúpido e indefenso que luzca ese tipo.

—Qué genio —refreno un insulto por más ardida que esté, sus hermanos están viéndome y no haré notar como si me afectaran sus palabras. ¡Todo lo que venga de ese idiota no me afecta en lo más mínimo!

—¿Cuál era el plan que tenía entre manos, Srta. Katherine? —me dirige la palabra Manuel Hardy, el menor de ellos.

Se me hace que los pleitos no serán solo con Arthur.

—¿Era quedarse con todo y venir a arruinar la felicidad de esta familia? Porque ya lo logró, ¿contenta?

Me quedo silenciosa y sonriendo por verlo también partir.

Qué sorpresas me he llevado con estos tipos en menos de un día, ¿en serio se enojaron porque abrí mi boca para alegrar el día?

—¿No le está yendo bien con mis hermanos, señorita? —se balancea el segundo de “esos” hermanos en la silla ubicada frente a Grace—. Adáptense a este indiferente trato, mis hermanos son unos inmaduros y ambiciosos que no se rendirán hasta verlas fuera de la mansión, y si es posible del país.

—¿Usted también se propone eso, Sr. Alexander? —aprieto mis labios.

—Tu aparición y la de tus hermanas me trajeron una extraña sensación, y más cuando oí la razón de sus presencias. Aún me siento perdido, sorprendido por la decisión de mi padre con respecto a la repartición de bienes y propiedades. Me das un aire a que no te dejarás doblegar por nadie, que eres una persona decidida a sacar adelante a la empresa y muy inteligente, tal vez esto fue lo que vio mi padre como para no dejar ni posibilidades de que Arthur sea el sucesor. Soy un hombre con principios y no discutiré con unas damas, al contrario, me propongo a ayudarlas en lo que necesiten; sobre todo a ti, Katherine, necesitas estar al día en muchas cosas de la empresa.

Me enderezo en cuanto termina de hablar.

Alexander es un tipo que me genera curiosidad, pero no desconfianza. Es decir, ¿quién me asegura que no sea un truco con fines malintencionados? Pero si está siendo sincero puede servirme de aliado, puedo utilizarlo para que me instruya a cómo llevar a cabo proyectos de gran importancia en la compañía.

—Entonces, ¿no le importaría estar en indiferencias con sus hermanos por estar de mi parte? —me inclino.

—Con respecto a esas cabezas vacías, me vale muy poco si me odian por ser justo. Mi vida me corresponde a mí, y las decisiones que elija nadie las cambiará. ¿Otra duda que quiera aclarar, señorita?

—No, ya oí suficiente.

—¿Irás a la empresa? Si estás de acuerdo, quiero empezar a enseñarte desde ya lo que debes hacer. Mis hermanos son capaces hasta de hacerte firmar un papel que te despoje de todo, y eso no sería bueno.

—Confiar en ellos sería como darle comida en la boca a un cocodrilo y esperar a que no me devore. Tranquilo, no soy ingenua ni tonta.

Según terminé de comer, salí de la mansión con Alexander que en todo el trayecto de ida a la compañía se limitó a hablar. Dejando a un lado lo guapo que es, tengo de mi lado a un caballero que sabe tratar a una mujer, es más, es alguien tan maduro y con la cabeza fría. Él sabe poner las verdaderas prioridades en su camino, y me gusta. Nos entenderemos bien, claro que sí.

En el lapso de dieciséis años que estuve en la ciudad de New York me rodee de muchos profesionales que con detalles específicos me hablaban y enseñaban de los sucesos en la empresa, de cómo sacarla adelante y qué hacer en caso de dar un mal paso en sentido de estar en la quiebra. Acepto que todas esas aburridas clases me han servido para no perderme en las explicaciones que Alexander me ha dado desde que llegamos a la empresa. Pero no jugaré a la empresaria. Será una tarea más o menos difícil responsabilizarme de la compañía Hardy.

—Mi deber de explicarte paso a paso tus nuevas tareas ya ha terminado —se sirve Alexander una taza de café, aprovechando mi distracción al detenerme a observar la ex oficina de papá que ahora me pertenece—. ¿Pasa algo, Katherine? ¿Sientes que este es un espacio muy estrecho para ti? Puedes decirme con confianza y si quieres mando a cambiar lo que no te guste de aquí…

—No es nada de eso. La oficina es perfecta, incluso es hasta muy grande para mí. Lo que pasa es que… no sé qué habrá pasado por la cabeza de nuestro padre cuando me nombró como la sucesora de esto y no te dio este puesto a ti que tienes unas capacidades muy altas…

—Estas cosas me estresan, él lo sabía más que nadie —se rasca la barbilla.

Su espontaneidad me causa gracia en ciertas ocasiones.

—Irma será tu secretaria —sus ojos me señalan a una delgada y simpática rubia de traje elegante. En el lado izquierdo de su vestido está el logo de la empresa.

Cuando volví a ver a Alexander capté su mirada fija en el reloj de su muñequera. Una vez cayó en cuenta de su tardanza al no llegar aún a su oficina, me dejó a solas con unos documentos que me indicaban las próximas mercancías que llegarán de otros países vecinos y con los que están asociados la compañía.

La mayoría de la tarde me la pasé anunciando mi nueva presencia a los empleados y relacionándome con ellos, aunque solo pude conocer a un diez por ciento de los que forman parte de este lugar.

—¿Por qué yo, papá? —me dejo caer en mi silla rodante, observando por milésima vez el retrato de mi padre—. ¿Por qué me hiciste esto a mí? Fue muy cruel de tu parte dejarme este cargo solo a mí —reniego.

No quiero darle el gusto a Arthur de verme derrotada y estresada, de que crea que por ser mujer no tengo las capacidades de sacar adelante esta compañía. Me prometo dar lo mejor de mí.

Agito la cabeza, volviendo en sí, chocando la mirada con los hechizantes ojos de Arthur que me estudian detenidamente. ¿Desde cuándo ese tipejo me observa, ahí parado en media puerta?

—¿Se te ha perdido algo en mi oficina, Arthur?

Abandono la silla y reclino mi cuerpo en el escritorio. En completo silencio se enfoca en mí y en el montón de documentos recopilados en una esquina de la mesa.

—¿“Tu oficina”? Vaya —bufa, ladeando la cabeza—, eres rápida tomando posesión de las cosas, ¿no?

—¿Volverás a celarme y a sollozar como un niño porque no estás en mi lugar? ¿Me declararás la guerra? ¿O por qué estás aquí?

—No te creas tan interesante, no eres la única dueña de esta empresa, yo también trabajo aquí, tengo el segundo cargo más destacado. Desgraciadamente, no solo nos veremos en la mansión, también en este lugar, adoptada.

—Es de admirar tus vacías palabras. ¿Cuántos años tienes? La inmadurez lleva tu nombre, Arthur Hardy. Desde que llegué no has hecho más que darme risa, por eso es que nunca hiciste sentir orgulloso a papá. Tu reputación es tan mala.

—Óyeme bien. Una recién aparecida no me vendrá a hablar como se le dé la gana. Y los conflictos o disgustos que haya tenido con el hombre que me dio la vida no es asunto tuyo. Además, ¿quién te dijo a ti que no era un orgullo para él?

—Me tomé la tarea de investigar ciertas cosas, ¿hay algo de malo en eso?

Se da prisa en acortar la distancia que hay entre los dos.

—Solo vine a decirte que disfrutes tus primeros y cortos días adueñándote de lo que me pertenece. Juro que pronto te sacaré a patadas de este lugar, de esa silla, Katherine.

—Ya quiero ver —paso a su lado rozándole el brazo—. Ahora hazme el favor de salir, hermano mío. ¿O prefieres ser tú el primero en irte de la empresa por no cumplir con tu horario de trabajo? ¿Qué le parece si mejor se va y realiza un plan maestro para embarazar a una mujer y quedarse con la mansión?

—Tú…

—Adiós, Arthur —le abro la puerta.

Por más resistencia que puso para salir cumplí con mi objetivo de sacarlo de mi oficina y de quedarme a solas.

No solo es un hombre grosero y maleducado, también un tipejo orgulloso que cree que el mundo gira a su entorno y que se saciará de caprichos solo por estar forrado en billete. ¿El karma me llegará si le doy una lección? Si la vida no le enseña el lugar que se merece yo lo haré, pero nada ni nadie me quitará el gusto de verlo comiendo de mi mano. Aprenderá a respetarme.

...•••...

Permanecer en la mansión ha traído cosas buenas y malas. No hace mucho disfruté ver a la madre de Arthur abandonar la casa para mudarse un buen tiempo en Francia. Esa señora me odia más de lo que imaginé, tanto ella como sus dos hijos quieren verme en la miseria y fuera de sus alcances.

Estuve de pie media hora frente a mi ropero, seleccionando y probándome vestidos al azar, pero ninguno me convencía para esta noche y a la final preferí quedarme con el primero que me probé; un largo vestido blanco, muy sencillo para la ocasión. Tengo una cita con los socios de la empresa, me conviene negociar con ellos los porcentajes de ganancias en las mercancías que se distribuyen en ciertas ciudades. Tenía que salir hace diez minutos, pero esto de escoger un vestuario me robó el tiempo.

No me gusta salir en horas de la noche y por obligación dejar la casa, no quiero confiarme de Arthur y Manuel, esos locos pueden hacerles algo a mis hermanas y yo ni enterada. Pero la mansión ha estado tan silenciosa que me hace pensar que ellos no están en la casa.

Ya me encontraba en plena celebración por no tener a esos hermanos en mi casa, hasta que los escuché y vi reír en la sala. Guardan silencio cuando oyen mis tacones bajar las escaleras. ¿La razón de sus risas era yo?

Me acerqué sigilosamente a ellos, en un estado de paz.

—¿Disfrutando la noche, eh, chicos?

Juro que quisiera hacer las paces, pero es algo que no me nace del todo, que no sé hacer y que ellos confunden con burlas.

Los ojos de Arthur se posan en mí. Su mirada es cortante, pero ¿por qué eso lo hace tan seductor?

—¿Saldrás, Katherine? —la pregunta de Alexander me obliga a tener que sostener su mirada en lugar de la de Arthur.

—Eh, sí. Le prometí a mis socios que hoy nos pondríamos de acuerdo en los negocios, hay que tener todo calculado y pensar con la mente fría para no dar un mal paso. Ahora ellos han de estar esperándome en el restaurante que acordamos —de reojo veo a Arthur—. Tengo entendido que tú, Arthur, también tienes como tarea buscar soluciones en estos casos, pero es una lástima que las personas que trabajaron por años con nuestro padre y que te vieron ocupar un cargo desde temprana edad no confíen en ti, y sí en una recién aparecida como yo. ¿Ahora notas la diferencia entre ser el legítimo hijo de un poderoso hombre y trabajar en una empresa, y la de una mujer que pone de mucho empeño en una compañía en lugar de discutir por un puesto que no le quita la importancia ni el poderío a nadie? ¿Qué se siente ser un hijito de papi y mami que no sabe manejar bien los negocios?

Alza la cabeza y sonríe, poniendo una cara pensativa. El vino que hay en su copa lo riega en mi vestido, y con una mueca de burla el muy hijo de perra deja la copa en la mesa.

—Se siente muy feo —retoma nuestra conversa—, pero no tan feo como ha quedado tu vestido, Katherine. De nada te sirvió comprarlo… si de todos modos no podrás lucirlo esta noche. ¿O saldrás así a tu cita?

“Si lo mato iré a la cárcel”.

“Es un simple vestido por el cual no perderé los estribos”.

“No me exaltaré”.

—¿Cómo crees que les daré esta mala impresión a tan prestigiosos empresarios? —con mi pañuelo limpio las salpicaduras de vino que hay en mis piernas—. No soy tú, yo sí soy consiente de cómo actuar en este tipo de situaciones. Ya es muy de noche, no podré reencontrarme con ellos. Pero ¿sabes? Tengo bastante tiempo para divertirme, como por ejemplo… en verte pedirme perdón por lo que hiciste.

Suelta una carcajada.

—¿Y tú… adoptada, piensas que como un imbécil me humillaré a pedirte perdón?

—No sé, siempre actúas como tal. Pero si no quieres disculparte lo entenderé, es algo que no se obliga. —me siento en el sofá— Te doy una hora para que recojas tus cosas, las metas en una maleta, y te largues de mi casa.

Como si mis palabras fueran ofensivas mira a sus hermanos. No tiene que abrir su boca para hacerme saber que no he sido clara y necesita todo explicado con peras y manzanas. Le aplaudo a papá por haberlo soportado tantos años.

—¿Qué? —levanto una ceja—. La mansión me fue heredada hasta que alguno de nosotros tenga un hijo. Yo soy la dueña, yo decido quién entra y quién sale. Pero puedo dar marcha atrás si dejas tu ego a un lado y me pides perdón. Vamos, no pido mucho.

No me da un sí ni un no. ¿Será que lo está pensando? Bien, Katherine, le has dado donde le duele.

—Perdóname, Katherine. Lo que hice fue producto de una rabieta que no se repetirá —en sus palabras no existe sinceridad.

—¿Sabe qué, Arthur? Mejor… —bajo los ojos hasta el suelo— dímelo de rodillas.

—¡Estás re loca si piensas que haré lo que me pides! ¿Quién te crees para pretender una estupidez como esa? Yo no me arrodillo ante nadie… y no serás la excepción.

Ese tipo tiene una mirada retadora, y por más guerra que me dé, sé que me daré el privilegio de verlo en el piso. Es un idiota que intenta intimidar con sus palabras, pero nunca con acciones. No dejaré pasar por alto su acto inmaduro como fue impedir que vaya a la cita. Antes muerta que no hacerme respetar.

Me doy vuelta. Apartándome de ahí para subir a mi recámara, pero no sin antes decir algo más.

—El tiempo se te agota, Arthur. Ahora te quedan cuarenta y cinco minutos para abandonar mi casa…

—¡Está bien! —se para delante de mí—. Me disculparé de la manera en la que deseas. Pero que lo que esté por hacer no salga de estas paredes.

—Tienes mi palabra de que nadie sabrá que tú, el egocéntrico Arthur Hardy, estás por arrodillarte ante una “insignificante” mujer.

Me muerdo el labio. Mis neuronas están procesando este extraordinario instante en el que veo a Arthur posar sus rodillas sobre el suelo y disculpándose entre dientes.

—Perdóname por el maldito suceso de hace poco, Katherine.

—¿Si ves que es tan fácil obedecer? —mantengo agarrado su mentón—. Te perdono. Despreocúpate, puedes seguir viviendo aquí. Solo evita algo similar a lo que pasó, porque si hay una próxima tomaré fuerte represalias. Buenas noches.

Se doblegó, logré bajarle los humitos a Arthur. Poco a poco dominaré a ese idiota. Conmigo conviven amándome u odiándome, no existen más opciones.

Ni estando metida en mi habitación paro de escuchar a Arthur. Está como loco gritando histérico desde hace cinco minutos que cortamos con el problemita de la disculpa. Apego la oreja en la puerta, para oír claramente lo que habla.

—¡Es una maldita! ¡No deja pasar oportunidad para aprovecharse! —vocifera.

—Baja la voz, Arthur, te puede escuchar —un sabio consejo de Alexander.

—Como que me llamo Arthur Hardy, ¡juro que en menos de tres meses esa… adoptada estará fuera de esta casa!

—¿Y qué es lo que tienes entre manos para conseguirlo? —cuestiona Manuel.

—La enamoraré.

Su “seguridad” en ese estúpido plan de envolverme me da risa. ¿Sabrá que soy la rechaza hombres de la familia? Amor para los cuentos de hadas. No será tarea fácil para Arthur librarse de mí, la tiene muy difícil… imposible.

—Nunca me enamoraría de un infeliz como lo eres tú, Arthur —susurro.

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Comments

Ester Ayala

Ester Ayala

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

2024-12-27

0

Zora

Zora

Que novela tan absurda la muy tonta pidiendo que se arrodille insoportable la protagonista🤬🤬🤬☺️☺️

2024-01-29

2

Graciela Peralta

Graciela Peralta

que estúpido que sos como pensaste que te va a dar bola

2024-01-25

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