Lentamente fue recuperando la conciencia y junto con ella regresaron todos los dolores con mayor intensidad, contempló la oscuridad del techo.
Tenía que levantarse, debía encontrar la salida de esa dolorosa dimensión ya que el poder que estaba buscando no se hallaba allí.
Sujetándose del suelo con los codos y los antebrazos se impulsó hacia arriba sin prestar atención a las múltiples agujas invisibles que se le inscrustaban en el cerebro, tampoco tenía en cuenta los intensos dolores musculares que parecían estar quemándolo vivo.
Cuando consiguió colocarse de pie se apoyó en una de las paredes del laberinto sujetándose con su brazo derecho. Respiraba entrecortado. Centró la mirada en un punto del suelo hasta focalizarla, recién pudo observar aquel lugar con mayor detenimiento.
Era un gigantesco laberinto similar al que había visto en el Reino De Los Dragones solo que este era muchísimo más grande y estaba hecho de un extraño material liso y sólido blanco y negro. El camino seguía derecho un par de metros antes de doblar a la izquierda.
Respirando entrecortado aún, Ariel miró cada detalle de aquel lugar. Estaba en un sitio donde la oscuridad reinaba pero más allá se encontraba la luz para acabar en los límites de la siguiente oscuridad.
Esa era la dimensión del laberinto claroscuro. Si en la oscuridad sufría tantos dolores a lo mejor en la luz todo se desvanezca. Intentando comprobar su teoría fue sujetándose de la pared mientras se dirigía al sector de luz.
No bien puso el pie allí sus dolores se desvanecieron, cuando se hubo parado en el sector de luz sintió renacer todas sus fuerzas. Pudo volver a respirar sin dolor ni dificultad. La luz lo iluminaba al completo reconfortándolo.
Ahora hasta podía recorrer con su mente aquella dimensión y así lo hizo. Era interminable pero había una salida aunque estaba muy lejos. Regresó al sitio donde su cuerpo seguía en menos de un segundo.
La oscuridad ocasionaba dolores terribles mientras que la luz renovaba las fuerzas produciendo calma. Tendría que hacer uso de su máxima voluntad para deambular por ese laberinto y salir. Suspirando profundo comenzó el trayecto.
A medida que avanzaba diversas sensaciones lo atravesaban, intensos dolores seguidos de gran calma para volver a sentir como si estuviese siendo cortado vivo en pedacitos. ¿Cuánto tiempo pasó así? Lo ignoraba y a esas alturas no deseaba saberlo, no tenía las energías necesarias para concentrarse en su poder.
Llegó un momento en el que su agotamiento tanto físico como mental llegó a sus límites y cayó inconciente al suelo en medio de la oscuridad. Los dolores no cesaban. Hasta respirar le dolía.
Su sufrimiento era interminable y continuo, sus sueños estaban colmados de pesadillas donde era torturado de todas las maneras posibles e imaginables. Pero repentinamente sintió que lo sujetaban y arrastraban lejos de las sombras y del martirio. La luz trajo consigo la calma y la paz anhelada.
Cuando abrió los ojos se sentía renovado y con fuerzas para seguir avanzando, miró a su alrededor y descubrió que no estaba solo. Junto a él se encontraba un jovencito muy extraño, parecía ser apenas un niño de diesciseis años de edad.
Vestía ropas extrañas de colores claros, rubios cabellos y de ojos turquesas como el cielo. Su carita angelical lo contemplaba sonriente. Le extendió la mano para ayudarlo a levantarse:
— ¿Quién eres tú? — preguntó Ariel
—Alguien que vino a ayudarte — le contestó el muchacho
Ariel sentía algo familiar en ese extraño pero no se detuvo a meditarlo ya que había otras cuestiones mucho más importantes que debía pensar como ser buscar la forma de salir de allí. El muchacho le entregó un diamante azul mientras le decía:
—Toma, nos volveremos a encontrar y con esta joya podrás reconocerme.
Ariel la sujetó en sus manos y contempló las letras “IM” incrustadas en su interior de color blanco con curiosidad.
Luego lo miró nuevamente a los ojos y pudo ver la sinceridad mesclada de una inmensa alegría en el muchacho. Era evidente que él conocía cada detalle de su persona.
El muchacho lo sujetó mientras lanzaba restos de su sangre a uno de los muros, al instante surgió una brecha vertical que fue extendiéndose hasta obtener el espacio necesario para que ambos puedan pasar. Estando en el umbral de la salida el muchacho lo soltó.
“Recuérdalo Ariel, me reconocerás con la joya que te di. Por favor cuídala bien ya que es única en su especie”.
Diciendo aquello con el poder de su mente salieron de aquella dimensión y la brecha se cerró detrás de ambos.
Cuando recobró la conciencia se encontraba nuevamente en el salón de las estatuas de ónix verde y azules. Solo. Había regresado y nuevamente con las manos vacías, aquello comenzaba a frustrarlo ¿qué tan difícil podría ser?
Ya ni se atrevía a preguntárselo en alta voz. Y ese extraño muchacho que lo salvó ¿quién era? Volvió a ver el diamante azul y comprobó que las iniciales habían desaparecido como así también su brillo.
Frunció el ceño mientras elevaba la joya más alto que su propia altura para examinarla mejor; como todo diamante era brillante y transparente pero carecía del brillo que tuvo cuando el extraño se lo entregó.
Además tampoco tenía el calor que hasta hace unos instantes tuvo. En otras palabras era similar a las joyas normales.
Cuando se hubo cerciorado de que no encontraría nada más en la joya, hizo aparecer una cadena de oro mágica en la cual la engarzó para luego colocársela en el cuello. Ya lo había intentado dos veces y falló, pero aún faltaban cinco más. En una de las puertas restantes se encontraba el poder que había ido a buscar. Y en otra la salida, ojalá tenga suerte en esta ocasión.
Por alguna extraña razón tocó la joya que le dio el muchacho y dejó de sentirse solo, respirando aliviado miró la tercera puerta cuya estatua hecha de ónix azul cobró vida.
Ahora tenía frente suyo una jovencita vestida con un pantalón corto rojo, unas botas que le llegaban hasta sus rodillas rojo y negras, un top que le cubría sus pechos únicamente rojo también una capa roja y negra que le cubría la espalda y parte de los hombros. Sus rojos cabellos eran largos y sedosos, lo traspasaba con su azulina mirada.
Ariel no bajó la guardia por ser una mujer y ella se alegró por ello; los dos conjuraron esferas de energías solo que la de ella era azul mientras que la de Ariel era verde y las lanzaron al mismo tiempo.
Entrechocaron produciendo un estallido muy estruendoso que ocasionó un fuerte temblor por varios segundos.
Sin perder un solo instante los dos se lanzaron a la vez para enfrentarse en una batalla cuerpo a cuerpo, pero ella alargó sus uñas formando garras rojas que resultaron ser tan afiladas como cuchillas.
Lastimó a Ariel superficialmente ya que este supo contraatacar con sus habilidades especiales. Llegó un momento en el cual él la estuvo a punto de matar, fue cuando ella aceptó sus derrota y regresó a su sitio transformándose otra vez en una estatua de ónix azul.
Ariel se acercó a la puerta en cuestión y observó que esta tenía plumas negras y blancas enmarcándola mientras que en el interior se mesclaban los dos colores formando dos plumas gigantescas.
Sujetó el picaporte y abrió la puerta, en esta ocasión surgió una niebla blanca inmaculada del otro lado y lo envolvió atrayéndolo hasta que traspasó el umbral y desapareció de la sala cerrándose la puerta sola detrás suyo.
El lugar donde se encontraba en estos momentos era un bosque con los más variados colores, los árboles tenían las diferentes tonalidades del verde inclusive los troncos; el césped variaba entre el verde y el marrón con sus diversas gamas también.
El cielo era azul intenso, el sol blanco brillaba con luz propia. Corría una leve brisa refrescante que lo reconfortaba. Los sonidos de ese bosque eran similares a los de la tierra aunque los habitantes del bosque no se asemejaban en nada, él lo pudo comprobar al ver volar frente suyo a un hada del tamaño de su mano. De formas femeninas y alas transparentes pasó a su lado para saltar al siguiente árbol y perderse en su copa.
El medallón negro y dorado que llevaba colgado al cuello comenzó a agrietarse debido al ataque invisible del diamante azul, hasta que se rompió en mil pedazos desapareciendo en el aire antes de que llegasen al suelo junto con la oscura cadena que tenía puesta. Ariel sintió como si un terrible peso fuese arrancado de sus agotados hombros.
Parte de la oscuridad que lo aprisionaba se había disipado con la destrucción del medallón, sujetó el diamante y nuevamente sintió renacer sus fuerzas brillando su luz interior. Pero la oscuridad persistía y mantenía el control de su persona.
— No...ya no — murmuraba el verdadero Ariel que seguía cautivo — No me tendrás…encerrado por siempre…no…nunca me daré por vencido…nunca — mientras volvía a ser encerrado en sí mismo sujetaba con fuerza el diamante azul hasta que sus fuerzas desaparecieron.
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