El lugar en cuestión estaba, sorpresivamente, iluminado con una intensa luz blanca que invadía el recinto completo. En el centro yacía una piedra celeste turquesa brillante tan grande como una pelota de tenis, flotaba en el aire rodeada por un escudo celeste que la protegía y la mantenía en suspensión.
Las sombras que los estuvieron siguiendo se fueron deteniendo alrededor de la joya en cuestión para tomar formas de personas, en pocos minutos había ocho guardianes protegiéndola.
Todos tenían la forma que ellos vieron desde las alturas, cuerpo de persona con escamas de dragón, cabeza de águila, brazos, piernas manos y pies de humanos y cola de león. Una voz retumbo en el lugar:
—Sean bienvenidos extraños — era la voz de una persona joven— Pasaron todos los obstáculos que rodean al palacio oscuro con éxito pero todavía no puedo permitirles adueñarse de la joya del agua y del poder que en ella yace.
—¿Quién eres? — quiso saber el príncipe dragón
—El guardián del lugar…jóven príncipe
—¿Me conoces?
— Por supuesto y sé que si eres digno conseguirás obtenerla pero tu amigo tengo mis dudas al respecto
— Él también es digno — se apresuró a decir el príncipe dragón
— No necesito que me defiendas principito — dijo despectivamente Ariel — Ya no.
— Vaya, vaya — dijo la voz — ¿Estás molesto por algo extranjero? De ser así no podrás aclarar tu mente y es el único camino que tienes para conseguir lo que deseas
— Ya estoy harto de todo este discurso — dijo Ariel — ¿Qué sigue ahora? Podré vencer cualquier obstáculo que coloques enfrente de mí — exclamó con arrogancia
Ariel.
— No es el mejor camino ese que estás tomando — intervino su amigo.
—Cállate — rugió éste — ¿Ahora me dirás lo que necesito saber? ¿Ahora que ya es tarde por que no me importa?
—Estás cargado de ira muchacho — comentó la voz — Veremos hasta dónde llegas en semejante estado.
Sin decir nada más se desvaneció su presencia quedando solos con los guardianes que los miraban con cara de pocos amigos.
Suspirando hondo el príncipe dragón se colocó en guardia:
— No debiste ser tan arrogante Ariel, solo conseguiste enojar al espíritu guardián.
—¿Y recién me lo dices? Cuando te pregunté solo soltabas monosílabos
— Estaba preocupado
— ¿Preocupado?
— Por tí
—¿Por mí?
— Después de ver lo que la oscuridad te obliga a hacer…me alarmé bastante.
— No es asunto tuyo principito
— Lo se pero igual…no pude evitarlo
—¿Por qué?
— Porque eres mi amigo
Ariel lo miró a los ojos sorprendido al oírlo decir esto último ¿cómo era posible que hayan llegado tan lejos en tan poco tiempo? Pero los ojos del príncipe dragón eran sinceros, sonrió con cierto pesar mientras revoloteaba sus negros cabellos
— Es peligroso ser amigo mío muchacho, no deberías arriesgarte así
— Sin embargo lo haré
Ante semejante respuesta Ariel rió feliz pero los guardianes se hicieron notar haciéndoles saber que aquello no era un salón de fiestas donde podrían ponerse a charlar despreocupadamente. Y los dos captaron el mensaje.
— Pero ahora no es el momento de discutir aquello ¿cierto Ariel?— dijo mirando a los guardianes
— Así es muchacho
Sin esperar un instante más se lanzaron a ellos iniciándose la batalla, espalda contra espalda los dos enfrentaban la furia de aquellos extraños seres con sus habilidades sobrenaturales.
Destellos azules, verdes y negros invadieron el salón durante varios minutos mientras el enfrentamiento duró. Uno a uno los guardianes fueron cayendo y a medida que lo hacían sus cuerpos se desvanecían en el aire hasta que no quedó ninguno en el recinto.
Recién entonces aquel que había hablado permaneciendo en la invisibilidad se hizo presente corporizándose frente de ambos.
Era un joven de aproximadamente treinta años de edad, su piel celeste igual que la del príncipe dragón, sus cortos cabellos azules brillaban con la luz de la joya. Aquella azulina mirada traspasaba a Ariel quien estaba muy incómodo frunciendo el ceño.
Sonreía con cierta ironía hecho que molestó a Ariel más de lo que pudo imaginarse.
— Bienvenidos muchachos, por lo que pude apreciar la joya del agua fue ganada en buena ley. — Le hizo señas al príncipe dragón para que se aproximara, obedeciéndolo este así lo hizo — Tómala jóven príncipe, es tuya. Al fin conseguirás traer la paz a nuestro reino. Felicidades.
El príncipe dragón sujetó la joya e inmediatamente sintió el inmenso poder circular por sus venas, el escudo protector se desvaneció al entrar en contacto con él.
La esperanza reinaba en su interior junto a una inmensa alegría. Si su padre supiera lo que él estaba haciendo de seguro se caería por la sorpresa.
Mientras la sostenía con una mano, con la otra sacó la bolsa azul que llevaba y la colocó en su interior, luego ató la bolsa y la sujetó en su cintura. Recién respiró aliviado.
Lo había logrado, con la ayuda de su amigo Ariel por supuesto ya que solo nunca podría haberlo conseguido, pero al fin estaba cerca de obtener la paz definitiva.
— El siguiente puede resultarles más difícil — dijo el espíritu guardián — Ya que se trata de la joya del fuego y se encuentra.
—En el Palacio de la luz — dijo el príncipe dragón – Lo sé muy bien
—En ese caso sabrás que si deseas obtenerla, primero deberás conseguir la ayuda del Príncipe de los Dragones de fuego ¿cierto?
—¿Qué? ¿Por qué?
— No podrás entrar en las tierras de los dragones de fuego sin ser detectado y atacado, acuérdate del pleito que recae sobre ambas razas. Además solo el príncipe dragón de fuego conoce el sitio donde se sitúa el palacio de la luz y cómo pasar sus múltiples obstáculos. Pero no lo conseguirán solos, necesitarán la ayuda del extranjero igual que la necesitaste aquí
Aquello era realmente novedoso para él porque nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó tener que solicitar la colaboración de su rival. ¿Cómo lo lograría?
—¿Y qué debo hacer para que el otro príncipe acepte colaborar con nosotros?
—Decirle la verdad — fue la sencilla respuesta del espíritu guardián
— ¿Así de fácil?
— El, al igual que tu, desea la paz y la alianza de ambas razas.
Sin dar crédito a lo que escuchaba, el príncipe dragón aceptó las palabras de su interlocutor ya que era tan viejo como sabio aunque su aspecto físico no lo demostraba.
Agradeció su colaboración y valiosa información, luego salieron del recinto. Ariel estuvo en absoluto silencio en todo momento ya que escuchaba y almacenaba la novedosa información.
Una vez que estuvieron fuera, el príncipe regresó a su forma original. El tamaño no dejaba de sorprender a Ariel ya que la cabeza de su amigo era más grande que todo su cuerpo y sus manos tenían casi el tamaño de su cuerpo.
Sin esperar más se subió al cuello de su amigo dragón quien agitó las alas y levantó vuelo.
Ambos, desde el cielo, fueron testigos del cambio que se producía en el palacio oscuro volviéndose de un intenso color celeste, el jardín que lo rodeaba también iba cambiando.
Ahora adquiría nuevos y mas brillantes colores con criaturas mucho más amistosas y bellas que los saludaban con alegres sonrisas despidiéndose de ellos. Se había convertido en el Palacio Azul. Ambos se alejaron de allí perdiéndose entre las nubes.
Ias, era el gran príncipe de los dragones de fuego, hijo mayor del rey su padre y el más mimado, se destacaba entre otras cosas por su exelente uso de habilidades en el campo de batalla.
Victorioso siempre resultaba cada vez que había ido a la guerra contra los dragones de agua. Un verdadero héroe y muy dedicado a las obligaciones reales que su padre le otorgaba.
Ante todos nadie odiaba más a los dragones de agua como él, pero en secreto en lo más profundo de su ser añoraba la paz entre ambas razas.
Esto se debía a que a tan temprana edad tuvo que enfrentarse a la crueldad de la guerra y su desvastación y simplemente estaba harto. Ni siquiera su padre, que creía conocerlo muy bien, sabía cómo se sentía él cada vez que debía marchar a la guerra y matar a muchachos inocentes.
En innumerables ocasiones intentó persuadir a su padre para detener un ataque o finalizar alguna guerra empleando soluciones diplomáticas donde no perescan tantos inocentes de ambas razas, pero siempre obtuvo la misma respuesta:
“Nunca haría tal cosa o mi enemigo creería que soy un cobarde”.
Era un excelente soldado, es verdad, combatía mejor que cualquiera, también era cierto, pero lo concreto era que con cada vida que quitaba parte de su alma moría.
Ias se encontraba sumergido en sus profundos pensamientos y anhelos alejado del palacio real y todo rastro de civilización cuando detectó la presencia de un dragón de agua.
Repentinamente alerta lo buscó con la mente hasta localizarlo, acababa de aterrizar cerca de donde él estaba y no se encontraba solo. Vio cómo cambiaba de forma volviéndose persona, frunciendo el ceño pensó:
“¿es idiota?” “¿o suicida?”.
Ias, en su forma humana, tenía como todos los de su raza la piel roja, los ojos dorados y el cabello rubio. El particularmente lo tenía pasando sus hombros, vestía un pantalón naranja, botas al tono y una túnica de igual color, su torso permanecía desnudo. Al igual que el otro príncipe, Ias tenía 18 años de edad humana.
Con su mente estudio a los recién llegados durante unos instantes comprobando que el dragón de agua era nada menos que el príncipe de su raza.
Fabuloso, si lo detectaban los soldados de su padre lo capturarían y sería un gran botín de guerra. Definitivamente ese príncipe no pensaba, furioso se dirigió a él rogando llegar antes que cualquier otro de sus súbditos.
Mientras estaba en camino estudio al otro, aquel que lo acompañaba. Detectó un poder increíble junto a una oscuridad intensa pero también había vestigios de luz que se negaban a morir. Peligroso, de seguro era alguien casi imposible de vencer.
Tal vez por ese motivo el príncipe dragón se aventuró a ir a las tierras de los dragones de fuego, porque contaba con un gran aliado. Esto tenía muy mala pinta; cuando estuvo lo suficientemente cerca se planteó si acaso no sería él el idiota suicida y no el otro príncipe.
Cuando los vió con sus propios ojos se detuvo, oculto aún. Tanto el príncipe dragón como su compañero miraban los alrededores aguardando algún tipo de ataque.
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