Pero él no quería estar infestado por la oscuridad, no deseaba servir al mal. Se suponía que él había ido a ese planeta para destruir la oscuridad y no para fortalecerla pero...pero...Sentía que el aire ya no llenaba sus pulmones asficciandolo.
Se detuvo cuando no pudo seguir respirando libremente ya, sujetándose el cuello de su blanca camisa se la abrió con desesperación y abrió la boca para respirar bocanadas de aire.
Pero fue inútil. No le entraba el aire, sus pulmones estaban a punto de reventar debido a la desesperación.
Cayó de rodilla y cerrando sus manos en forma de puños golpeó el suelo una y otra vez con ambos consiguiendo hacer grietas grandes en el suelo de tierra del bosque oscuro pero sin lograr que le entre el aire.
Pensaba en su hermano una y otra vez pero sabía que era peligroso mantenerse cerca de él ya que la oscuridad comenzaría a adueñarse de su persona. Pero no quería servirla, nunca lo haría. Mientras más pensaba en esto más se le cerraba su garganta impidiéndole respirar.
—¡No! — gritó desesperadamente —¡Déjame!
— Mientras más te resistas peor será Ariel — escuchó una familiar voz Masculina resonar en su cabeza — Ya eres uno más dentro de los aliados de la oscuridad Admítelo y volverás a respirar
— No — su debilidad comenzaba a vencer — Nunca — su visión se fue haciendo borrosa al punto de caer boca arriba desmayado.
Cuando su conciencia se desvaneció la oscuridad lo invadió por completo impidiéndole seguir siendo él mismo.
—Uriel...ayúdame...hermano...— Su luz no se extinguió por completo pero si se transformó en una minúscula y débil estrella que fue encapsulada en su interior.
Recién entonces el aire fue entrándole nuevamente a sus pulmones, abrió sus ojos y respiró bocanadas de él hasta conseguir serenarse.
Tosió con fuerza mientras seguía respirando con dificultad durante interminables minutos. Pero cuando todo en él se normalizó se incorporó, en sus ojos había un destello oscuro que de tanto en tanto resplandecía con intensidad.
Sus facciones se fueron transformando al ir adoptando una expresión gatuna y seductoramente maligna. El medallón apareció en su cuello sujetado por una oscura cadena gruesa.
Un viento sobrenatural lo envolvió jugando con su negra capa que se extendió a su alrededor varios metros mientras destellaba con un brillo intenso, como si tuviese vida propia.
Su negra cabellera brillaba bajo la luz de la luna moviéndose por si sola también. Todas las criaturas que se encontraban allí o cerca de él huyeron despavoridas de terror ya que Ariel transmitía pura maldad.
Inaló la densa maldad que flotaba en el mismo aire del planeta con gran placer, sintiéndose más vivo que nunca y muy hambriento.
Estudió ese exquisito lugar donde podría saciarse de poder ya que era el único alimento que estaba dispuesto a ingerir: Poder.
Descubrió que ese planeta tenía múltiples dimensiones que resultaban ser muy interesantes, deseó ser el único poseedor de todo y lo conseguiría.
Los repugnantes humanos eran muy crédulos y extremadamente codiciosos. Sonrió con crueldad al pensar en ello ya que le resultaría extremadamente sencillo engañarlos. Pero los inmortales del lugar eran otra cuestión, a ellos tenía que domarlos o exterminarlos.
— Se inclinarán ante mí o se exterminarán, no tendrán otra alternativa — murmuró en alta voz con placer.
Así detectó un poder extraño y único aunque no conseguía encontrar el sitio donde este permanecía, buscó con su mente pero solo pudo detectar una débil e inestable señal proveniente del sur.
Sonrió con ironía resultándole interesante aquel...reto. Muy cerca de donde se encontraba Uriel, no significaba que tuviese miedo pero prefería no enfrentarlo...aún. Primero se prepararía, formaría su propio imperio y luego le haría frente a su hermano.
Meditando aquello Ariel se dirigió a las colinas desde donde podía contemplar la ciudad completa dormir, sentía una sed de sangre infinita pero allí solo había humanos y esa sangre jamás le resultaría satisfactoria.
Necesitaba sangre inmortal robada de ser posible. Pero no estaba desesperado todavía. Elevó hacia atrás su cabeza mientras reía a carcajada y extendía sus brazos hacia ambos costados.
El eco de su voz fue envolviendo la ciudad al completo y la niebla oscura que lo rodeaba creció más aún y se extendió varios metros a su alrededor. Comenzaría por adueñarse de esa ciudad que estaba lejos del sitio donde su hermano recidía.
En esos momentos sintió el desesperado llamado de Uriel llegar a él a través del viento, podía sentir su desolación pero lejos de enternecerse se burló de aquel sufrimiento.
— Ariel — la voz entrecortada de Uriel rasgó su interior pero no fue suficiente como para llegar al punto donde yacía esa diminuta estrella de luz cautiva
— Uriel — dijo — Pronto nos volveremos a ver, en tanto diviértete hermano — luego bloqueó todo contacto existente entre ambos.
Regresó su atención a la ciudad que tenía a sus pies detectando unos cuántos vampiros energéticos viviendo allí, perfecto.
Servirían muy bien para empezar. Sin perder un segundo más se deslizó hacia ese lugar tan veloz que en cuestión de segundos estaba en el centro de la ciudad solitaria a esas altas horas de la noche. Empezaría a forjar su imperio allí mismo.
Sin dificultad alguna Ariel pudo adueñarse de la ciudad en cuestión y sus habitantes generándoles a los humanos la dependencia económica.
En cuanto a los inmortales tampoco le resultó difícil convertirlos en sus súbditos ya que en ellos generaba la dependencia emocional. A base del miedo y el intenso poder que emanaba de cada fibra de su ser conseguía que se inclinaran ante su persona.
Pocos años humanos le llevó formar un pequeño imperio en esa ciudad y los pueblos vecinos donde se hacía lo que él decía y ordenaba.
Fue reclutando inmortales para su servicio con gran facilidad ya que les ofrecía protección contra Uriel, el extraño que parecía no tener punto débil. Ahora lo tenía y era él mismo. Su propio gemelo.
El terror pronto reinó en los pueblos y ciudades del sur de Grecia y sus países limítrofes, poco a poco su imperio comenzaba a tomar forma y eso era algo que lo complacía sobremanera.
No sentía ningún remordimiento al mandar a matar a los humanos que no cumplían con sus órdenes o que sencillamente intentaban conspirar en su contra. A estos mortales le resultó facilísimo esclavizar.
En cuanto a los inmortales que se le oponían él personalmente los torturaba hasta que le suplicaban que los matara, recién entonces los privaba de la voluntad convirtiéndolos en esclavos sin opinión propia, fieles súbditos dispuestos a morir por él.
Nadie absolutamente nadie tenía el poder necesario para hacerle frente. Sus más leales súbditos voluntariamente aceptado eran quienes supervisaban que sus órdenes sean cumplidas en cada ciudad, pueblo y aldea de la zona.
Aunque el mismo Ariel sabía cómo marchaban las cosas en cada sitio sin tener que trasladarse allí gracias a que era el Espíritu del Tiempo, hecho que le permitía ver el pasado, el presente y el futuro.
Ariel resultaba ser todo un misterio para habitantes de ese mundo, aún para sus más fieles aliados por todo lo que él era y representaba aunque jamás nadie se hubo atrevido a decir algo en su presencia porque sabían que provocar su ira podría acarrearles la muerte a todos.
Aquella noche, solo en su habitación, meditaba sobre todos los progresos que tuvo en el último siglo humano. Si bien estaba complacido no así satisfecho.
Quería obtener el poder aquel que de tanto en tanto sentía vibrar en su interior según el sitio donde se encontraba y que nadie podía sentir.
Por tal razón se hubo dedicado a rastrearlo arduamente durante los últimos cincuenta años humanos transcurridos, sin detectar su exacta ubicación hasta ese momento.
Si bien no podía emplear el poder del tiempo para saber dónde está y qué es exactamente ese poder, podía sentirlo vibrar y crecer en ciertas ocasiones como así también se extinguía en otras circunstancias.
Pero esa noche aquel poder despedía señales intensas dirigidas a su persona como nunca antes lo hubo hecho.
Ariel concentró su poder cerrando sus ojos, así contempló la entrada a una extraña cueva algo alejada de donde él estaba en esos momentos, con su mente siguió avanzando y vió que en el interior de dicha cueva el camino descendía rumbo a la más profunda oscuridad.
Pero no pudo seguir avanzando ya que una repentina visión le bloqueó el acceso. La imagen de una mujer pelirroja de ojos azules intensos que le decía no con un sensual gesto:
—Chico malo — su voz era profunda y muy femenina — No puedes entrar aquí desde ese lugar, eso es hacer trampa. Adiós — Así su mente fue completamente bloqueada al quedarse en blanco total.
Abrió nuevamente sus ojos para encontrarse en su habitación, estaba furioso y al mismo tiempo feliz por el avance de esa noche. ¿Quién era esa mujer?
¿Cómo se atrevía a negarle el paso a él? Pero al menos sabía a dónde ir esta vez. Sin esperar más salió de su habitación, se dirigió a la sala central donde informó a sus súbditos que partiría inmediatamente.
Ninguno se animó a preguntarle nada y él no se molestó en darles explicación alguna. Pero les encargó el funcionamiento de todo y los amenazó una vez más si llegaban a traicionarlo. Todos le creían aquellas amenazas y temían su ira, por tal razón bajaron la mirada y respondieron a coro afirmativamente.
Cuando todo estuvo listo Ariel partió de su morada sin siquiera llevar un caballo pero por supuesto esto no sorprendió a nadie debido a que estaban más que familiarizados con sus extravagantes costumbres.
Debido a su sobrenatural velocidad que no tenía comparación alguna con la de ningún inmortal de la tierra, Ariel pudo llegar al sitio indicado. A los pies de la montaña en cuya cima se ubicaba la cueva misteriosa, contemplaba el lugar sintiendo el poder que de allí emanaba en cada poro de su piel.
Cerca del lugar donde estaba pudo detectar también la puerta a una de las dimensiones del planeta. Una dimensión oscura por cierto. Interesante.
Pero su prioridad era aquel poder que había venido a buscar y no se iría ni haría nada antes de obtenerlo. En ese momento el viento a su alrededor cambio por la repentina llegada de...Uriel. Suspirando hondo y profundo volteó para verlo frente a frente.
— Uriel — dijo con voz cansina. — ¿Ariel? — Uriel lo observó sorprendido ante el cambio de su hermano — ¿Eres...tú? — el gemelo que él conoció y recordaba ya no existía en apariencias, si bien tenía el mismo aspecto físico pero sus facciones endurecidas, su mirada vacía poseía el destello oscuro que tantas veces había visto en los de su raza.
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