Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 10
El aire de la madrugada en la mansión Moretti siempre olía a pólvora fría, a maderas nobles y al silencio denso de los secretos que pesaban toneladas. Después de aquella noche turbulenta donde el sudor, las lágrimas, el odio y la pasión más destructiva se habían entrelazado sobre las sábanas de mi cama, Marcos se había marchado antes del amanecer. Lo vi partir a través de la rendija de las cortinas: con la camisa aún medio desabrochada, el rostro ensombrecido y los hombros cargados con el peso invisible de una culpa que jamás lograría expiar. Me había dejado sola en la habitación, rodeada del aroma a su colonia varonil y al rastro físico de un cuerpo que ya no lograba conmoverme, sino únicamente servirme de instrumento.
Me levanté sin prisa, sintiendo que los puntos invisibles de mi vientre y el dolor latente de la paliza ya no eran debilidades, sino cicatrices de guerra que endurecían mi temple. Me coloqué una bata de seda negra, me recogí el cabello en una coleta alta y severa, y bajé las escaleras con pasos firmes, silenciosos, calculados. La máscara de la sumisión había quedado enterrada para siempre; ahora llevaba puesta una armadura de hielo puro.
En el comedor principal, la escena era un cuadro de desesperación patética. Mía llevaba puesta la misma ropa de la noche anterior, con los ojos hinchados por el llanto, las ojeras marcadas y las manos temblando de forma descontrolada mientras sostenía una taza de café que ni siquiera se atrevía a probar. Los patriarcas de la vieja guardia y los consejeros de la cúpula debían reunirse al mediodía para ratificar los últimos detalles del contrato matrimonial con el temible Don Alejandro, y el pánico de Mía había alcanzado niveles delirantes.
En cuanto me vio cruzar el umbral de la puerta, Mía se levantó de un salto, tirando la silla hacia atrás con un estruendo seco, y corrió hacia mí como si fuera su última tabla de salvación en medio de un naufragio.
—¡Elara! ¡Por el amor de Dios, tienes que ayudarme! —chilló con la voz rota, aferrándose a mis antebrazos con tanta fuerza que sus uñas pintadas se clavaron en mi piel—. ¡Estuve toda la noche pensando en lo que dijiste, en lo que implica casarse con ese monstruo! ¡Alejandro no es un hombre, es un demonio! ¡Dicen que a su última prometida la encontró intentando huir y la mandó de regreso en una caja de caoba! ¡Me va a matar, Elara! ¡Me va a matar en la primera semana!
La miré con una fijeza tan helada, tan inexpresiva, que Mía se quedó mudo por un instante, desconcertada ante la total ausencia de compasión en mis ojos.
—Tranquila, Mía. Respira —le dije con un tono de voz suave, casi susurrante, que contrastaba grotescamente con la tormenta que se agitaba en mi interior—. No tienes que gritar de esa manera. Sabes muy bien que armar un escándalo frente a los ancianos solo acelerará tu sentencia. Si los patriarcas ven debilidad o resistencia en ti, te arrastrarán al altar atada de pies y manos.
Mía soltó un sollozo ahogado, las lágrimas volviendo a brotar por sus mejillas manchadas de rímel.
—¡Pues entonces cásate tú! —suplicó ella desesperada, cayendo casi de rodillas frente a mí—. ¡Tú eres la mayor! ¡A ti te correspondía el trato desde el principio antes de que yo... antes de que yo metiera las patas! ¡Tú tienes más carácter, tú sabes cómo lidiar con estos hombres crueles, tú soportaste a Marcos durante años! ¡Por favor, Elara, te lo ruego! Salva mi vida y toma mi lugar en ese contrato. Te daré lo que quieras, mis joyas, mi parte de la herencia, lo que me pidas...
Contuve una risa seca, un destello de triunfo oscuro que amenazaba con escapar de mis labios. ¿Pedirle su lugar? ¿Suplicar que me entregaran al hombre más sanguinario del bajo mundo? Lo que Mía ignoraba por completo es que ese intercambio era precisamente lo que yo había estado maquinando en silencio desde el instante mismo en que el médico me dio la peor noticia de mi vida en el hospital.
Ir a la guarida del Don Alejandro no significaba una condena a muerte para mí; significaba el acceso directo al corazón de la red de inteligencia y poder más temida del país. Significa tener un ejército a mi disposición para destruir el imperio de los Moretti desde adentro, arrancándole a Marcos todo lo que amaba, empezando por su orgullo y terminando por su vida.
—¿De verdad estás dispuesta a renunciar a todo con tal de no cruzar la puerta de la mansión de Alejandro? —pregunté, inclinando levemente la cabeza hacia un lado, examinándola con la fría curiosidad de un entomólogo observando a un insecto atrapado en su propia telaraña.
—¡Sí! ¡A todo! ¡Juro que me iré del país, que desapareceré para siempre y no volverás a saber de mí! —balbuceó Mía, asintiendo con la cabeza de forma frenética, dispuesta a vender su alma al diablo con tal de salvar su pellejo.
—De acuerdo, Mía —le respondí con una calma aterradora, extendiendo una mano para acariciar su mejilla fría con una falsa dulzura—. Te ayudaré a cambiar los destinos ante los patriarcas. Haré que el consejo apruebe la permuta de los nombres en el contrato original. Yo seré la novia que cruce el umbral del territorio de Alejandro. Pero bajo mis propias condiciones.
Mía abrió los ojos de par en par, sin creer su buena suerte, cegada por el egoísmo y el pánico.
—¡Sí, lo que quieras! ¡Las condiciones que sean! ¡Acepto todo!
—Bien —sentencié retirando la mano—. Quédate en tu habitación, límpiate esa cara de pánico y no digas una sola palabra hasta que yo te mande a llamar. Yo me encargaré de convencer a Marcos y de manipular al consejo de ancianos para que firmen el cambio sin levantar sospechas.
Mía asintió de nuevo, respirando con dificultad, y salió corriendo por el pasillo como si un fantasma la persiguiera, refugiándose en su cuarto a la espera de que yo resolviera el desastre que ella misma había provocado por su ambición ciega.
Horas más tarde, la sala del consejo de la mansión Moretti estaba envuelta en un humo denso de cigarros caros y una tensión que se podía cortar con cuchillo. Los ancianos patriarcas de la familia, hombres de rostros curtidos por décadas de guerras de carteles y traiciones, estaban sentados alrededor de la larga mesa de roble oscuro. En la cabecera, de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho, se encontraba Marcos.
Su rostro era una máscara de piedra. Sus ojos oscuros se clavaron en mí en cuanto las puertas dobles se abrieron y crucé el umbral con paso firme, luciendo un impecable traje sastre de color gris plomo que resaltaba la absoluta frialdad de mi postura.
—Elara. ¿Qué haces aquí? Esta es una reunión privada de la cúpula directiva —espetó Marcos con voz áspera, aunque en el fondo de sus pupilas se admemoraba un destello de inquietud y confusión al verme irrumpir de esa manera.
—Sé perfectamente qué clase de reunión es, Marcos —respondí con voz clara, firme y sonora, haciendo que todos los patriarcas volvieran la mirada hacia mí con curiosidad—. Vengo en representación de mi hermana Mía, y vengo a proponer una modificación formal al tratado de alianza con la organización del Don Alejandro.
Un murmullo sordo recorrió la mesa. El patriarca mayor, un hombre anciano de mirada penetrante y cicatrices en el cuello llamado Don Salvatore, arqueó una ceja blanca y dio una calada lenta a su puro antes de hablar.
—¿Una modificación, niña? Los tratos entre capos no se cambian como si fueran contratos de alquiler. El nombre de Mía está firmado en el anexo principal. ¿A qué se debe esta ocurrencia?
Me acerqué a la mesa con elegancia, apoyando las manos enguantadas sobre la madera pulida, sosteniendo la mirada de todos esos hombres peligrosos sin pestañear ni un solo segundo.
—Mi hermana Mía no está en condiciones físicas ni psicológicas de asumir la responsabilidad de ser la esposa de un hombre de la jerarquía de Alejandro —dije con una frialdad impecable, midiendo cada palabra con precisión quirúrgica—. Es inestable, cobarde y propicia a cometer errores que podrían poner en peligro la frágil paz entre nuestras familias. Un matrimonio basado en el miedo y la histeria es una bomba de tiempo que estallará en la primera crisis.
Marcos dio un paso al frente, con el ceño fruncido y una furia contenida asomando por sus facciones.
—¡Basta, Elara! No vas a venir a dictar quién se casa y quién no en esta familia —intervino Marcos con voz autoritaria, intentando detener el rumbo de mis palabras—. El contrato se queda como está. Mía cumplirá su parte.
—¿Y arriesgarte a que sabotee la alianza por su cobardía, Marcos? —le reté, girando la cabeza para mirarlo directamente a los ojos con un desprecio tan palpable que hizo que él se quedara mudo, recordando la noche anterior y la culpa que lo devoraba—. ¿Prefieres una esposa histérica que arruine nuestros negocios o prefieres que sea yo quien asuma el contrato y garantice que el puerto del norte y las rutas comerciales queden bajo nuestro absoluto control?
Don Salvatore soltó una carcajada ronca, apreciando la audacia y la sangre fría con la que me dirigía a ellos. Miró a Marcos con socarronería y luego volvió los ojos grises hacia mí.
—Tienes agallas, muchacha. Eso no se puede negar —admitió el anciano patriarca con una sonrisa torcida—. Pero dime una razón de peso por la cual el Don Alejandro aceptaría cambiar a la novia menor por la mayor sin sospechar que los Moretti estamos jugando sucio.
—Porque yo misma me encargaré de convencer a Alejandro de que esta unión es mucho más ventajosa para sus intereses —respondí con una seguridad imperturbable, inclinándome ligeramente hacia adelante—. Y porque le llevaré al Don un regalo que ninguna otra mujer de esta familia podría ofrecerle: el control absoluto y estratégico de las rutas financieras del sur que actualmente manejan nuestros rivales a espaldas de todos.
El silencio que siguió a mis palabras fue absoluto. Los patriarcas se miraron entre sí, sopesando las cifras, el poder y la ventaja táctica de mi propuesta. La ambición de los viejos jefes siempre superaba cualquier consideración sentimental.
Marcos, en cambio, palideció de golpe. Su respiración se volvió pesada y dio un paso rápido hacia mí, agarrándome firmemente del brazo con una desesperación mal disimulada ante la mirada de todos los presentes.
—Estás loca, Elara... No vas a ir a ninguna parte. ¡No voy a permitir que te entregues a ese carnicero! —bramó Marcos, perdiendo los estribos por completo, con los ojos oscuros repletos de un terror genuino que ya no intentaba ocultar.
Fui más rápida de lo que él esperaba. Con un movimiento seco, ágil y calculado, desaté mi brazo de su agarre, alcé la mano abierta y le propiné una bofetada sonora que resonó con fuerza en cada rincón de la sala del consejo.
¡Plaf!
El golpe dejó a todos los patriarcas petrificados. Nadie se atrevía a respirar. Marcos se quedó con la cabeza girada hacia un lado, con la marca roja de mis dedos marcándose a fuego sobre su mejilla, sintiendo la mayor humillación pública de su vida frente a la cúpula de su propia organización.
—No vuelvas a tocarme jamás con tus sucias manos, Marcos Moretti —le susurré al oído, con una voz tan helada, tan cargada de veneno y autoridad, que hasta el mismísimo jefe de la mafia tembló por dentro—. Ya no soy la mujer sumisa a la que podías pisotear a tu antojo. El juego ha cambiado, y las reglas ahora las escribo yo.
Me giré lentamente hacia Don Salvatore y los demás miembros del consejo, alisándome la solapa del traje con total elegancia.
—Voten —ordené con una sonrisa imperceptible en los labios—. El cambio de nombre en el contrato queda aprobado a partir de este mismo instante.
Y mientras los ancianos comenzaban a levantar las manos en señal de aprobación ante la atónita y rota mirada de Marcos, supe que mi plan silencioso había dado su primer gran fruto. La trampa estaba puesta, y el lobo más feroz del bajo mundo iba a recibir en su cama a la única mujer capaz de arrancarle el corazón y quemar su imperio hasta los cimientos.