Katia no dejó de amar a su esposo. Ese es precisamente el problema.
Después de veinte años de matrimonio, tres hijos y una vida construida junto a Gael, creyó que el deseo simplemente había desaparecido. Hasta que Rafael, su profesor de tango, la hizo sentirse mirada, deseada… y viva otra vez.
Lo que debía quedarse en una pista de baile cruzó demasiadas fronteras. Y cuando Katia comprende que está enamorada de Rafael, descubre también la verdad más incómoda de todas: amar a alguien nuevo no borra automáticamente el amor, la historia ni la familia que existían antes.
Entre Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires, Katia tendrá que decidir no solo a quién ama, sino qué consecuencias está dispuesta a asumir por la mujer en la que se está convirtiendo.
Porque algunas decisiones empiezan mucho antes de decir “me voy” o “me quedo”.
Un romance adulto donde nadie sale ileso de volver a sentirse vivo.
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El secreto mejor guardado
POV Katia
Se deslizó con extrema cautela fuera de la cama, intentando no despertar a Rafael.
El suelo frío de la habitación despojó a sus pies de cualquier rastro de ensoñación.
Caminó por el pequeño departamento buscando su ropa, sintiendo cómo cada prenda que volvía a ponerse la encasillaba de nuevo en el molde que había intentado romper.
Al abrocharse la blusa, el eco de las palabras de la noche anterior resonó en su mente: su secreto.
Justo cuando terminaba de abrocharse el abrigo frente a la pequeña ventana, sintió unos pasos silenciosos a sus espaldas.
Antes de que pudiera girarse, los brazos fuertes de Rafael la rodearon por la cintura, pegándola de inmediato contra su cuerpo desnudo y firme.
Katia contuvo la respiración al sentir el calor de su pecho contra su espalda.
Rafael hundió el rostro en la curva de su hombro y dejó un beso lento, húmedo y tierno en su cuello, haciéndola estremecer por completo.
—No te vayas todavía...
—murmuró él con la voz ronca de sueño, respirando su aroma.
Katia se giró despacio para mirarlo y, al perderse en la profundidad de sus ojos color borgoña, se quedó completamente paralizada por un instante.
Luchando contra las ganas de dejarse vencer por ese abrazo que amenazaba con derrumbar toda su resistencia, tragó saliva, sintiendo que el nudo en su garganta regresaba.
La culpa y la gratitud profunda de lo vivido se mezclaban con la urgencia imperiosa de volver a su papel antes de que el mundo abriera los ojos.
—Tengo que hacerlo —respondió ella con un hilo de voz, dedicándole una sonrisa triste—.
Antes de que despierte la ciudad.
Minutos después, cruzaba la puerta del edificio hacia la fresca mañana.
El bullicio de los automóviles, las prisas de los transeúntes y el frío matutino la golpearon de frente.
La fachada de su vida perfecta seguía intacta, esperándola al otro lado de la puerta.
Pero a medida que avanzaba por la acera, Katia apretó el bolso contra su pecho con una certeza absoluta: ya no era la misma mujer que había salido de casa la víspera.
Su alma había despertado, y el secreto de esa noche latía bajo su piel como un fuego secreto que nadie, jamás, podría apagar.
La semana transcurrió bajo una capa de aparente normalidad.
Katia se movía por la casa con la precisión de un mecanismo bien aceitado: preparaba los desayunos, atendía las videollamadas de sus hijos, organizaba la correspondencia y respondía a los mensajes de Gael con la dulzura acostumbrada.
Por fuera, todo seguía en su sitio.
Pero por dentro, bajo la superficie de su piel, el fuego de aquella madrugada seguía latiendo, convirtiendo cada recuerdo en una brasa encendida que solo a ella le pertenecía.
El verdadero desafío llegó la noche del miércoles.
Gael, recién regresado de su viaje de negocios y envuelto en esa familiaridad cómoda de dos décadas de matrimonio, se acercó a ella en la intimidad de su habitación.
Para sorpresa de la propia Katia, su cuerpo no reaccionó con el rechazo instintivo o la apatía a los que se había habituado en los últimos años; la nueva sensibilidad con la que había despertado su cuerpo hacía que cada roce se sintiera distinto, un eco lejano y confuso de lo que había experimentado días atrás.
Sin embargo, en medio de la penumbra de la alcoba, mientras las manos de Gael recorrían su cintura con la confianza de siempre, un detalle heló el aire por completo.
Gael detuvo sus caricias de golpe.
Sus dedos, que acostumbraban repasar los contornos de sus manos por pura costumbre, se detuvieron en el anular izquierdo de Katia.
El silencio en la habitación se volvió espeso y pesado.
Gael se apartó un poco, frunciendo el ceño con una extraña mezcla de desconcierto y repentina inquietud, y levantó la mano de ella hacia la escasa luz que se filtraba por la ventana.
—Katia...
—murmuró él, con la voz teñida de una sorpresa contenida—. ¿Dónde está tu argolla de matrimonio?
El corazón de Katia dio un vuelco violento en el pecho, amenazando con romperle las costillas.
El suelo pareció abrirse bajo sus pies, y por un segundo, el secreto mejor guardado de su alma estuvo a punto de asomarse a sus labios.