Kenji solo quería una vida tranquila, pero reencarnó como el profesor más temido del mundo... sin saber que también es el más fuerte.
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Una invitación que nadie quería entregar
Capítulo 11: Una invitación que nadie quería entregar
Los dos caballeros permanecieron inmóviles frente al enorme portón de la mansión.
Ninguno tenía el valor de llamar.
Habían servido durante años a la familia real, participado en guerras contra monstruos de rango S y escoltado personalmente al rey en numerosas ocasiones, pero jamás habían sentido un miedo semejante.
Delante de ellos se encontraba la residencia del hombre del que toda la academia hablaba con un respeto casi religioso.
El profesor que había dominado al Aula Cero en un solo día, cuya respiración había hecho colapsar las barreras mágicas y que, según los últimos informes, había obligado a un Dragón Emperador a escapar sin siquiera verlo.
Uno de los caballeros respiró hondo varias veces antes de levantar lentamente la mano para tocar la puerta.
Antes de que sus nudillos alcanzaran la madera, el enorme portón comenzó a abrirse lentamente por sí solo.
Los dos soldados dieron un salto hacia atrás y llevaron la mano a la empuñadura de sus espadas por puro reflejo.
Del otro lado apareció el elegante mayordomo de cabello plateado, impecablemente vestido con un frac negro y guantes blancos. Su expresión era completamente serena, pero aquella tranquilidad solo hizo que los caballeros se pusieran todavía más nerviosos.
El hombre hizo una leve inclinación de cabeza y habló con una voz educada.
—Buenas tardes. Mi señor ya conoce su llegada. ¿Traen algún mensaje de Su Majestad?
Los dos soldados intercambiaron una mirada.
—S-sí...
—Traemos una invitación oficial del Palacio Real...
El mayordomo sonrió con elegancia.
—Entonces acompáñenme.
Los caballeros sintieron que las piernas les pesaban como si estuvieran hechas de piedra.
Atravesaron los jardines perfectamente cuidados mientras observaban las fuentes de agua cristalina, las esculturas de mármol y los inmensos árboles cubiertos de flores.
Todo desprendía una belleza difícil de describir. Sin embargo, lo que más les llamó la atención fue el ambiente. El maná era tan puro y abundante que respirar resultaba mucho más fácil que en cualquier otro lugar del reino.
Uno de los soldados susurró sin dejar de caminar.
—¿Te das cuenta...?
Su compañero asintió.
—Sí...
—Solo el jardín tiene más maná que la capital entera.
No sabían que aquello ocurría simplemente porque Kenji respiraba todos los días en aquella mansión.
Dentro del comedor, Kenji acababa de sentarse frente a una mesa enorme donde había más comida de la que él podría comer en una semana.
Asó un pescado, sopa caliente, verduras, pan recién horneado y una pequeña tetera de porcelana esperándolo. Al ver semejante banquete, sonrió con vergüenza.
—De verdad no hacía falta preparar tanto...
Una de las sirvientas bajó inmediatamente la cabeza.
—Perdónenos, señor.
Kenji abrió mucho los ojos y agitó las manos.
—¡No, no! No me estoy quejando. Solo digo que trabajan demasiado. No quiero que se cansen por mi culpa.
Varias sirvientas estuvieron a punto de llorar.
«Nuestro señor volvió a preocuparse por nosotras...»
«Es demasiado amable...»
En ese momento, el mayordomo apareció en la entrada del comedor.
—Señor Kenji.
—Los mensajeros reales han llegado.
Kenji dejó lentamente la taza de té sobre la mesa.
—¿Podrían hacerlos pasar después de que terminen de comer algo?
El mayordomo parpadeó.
—¿Invitarlos a cenar?
—Claro.
—Han debido viajar mucho. Seguro tienen hambre.
El mayordomo hizo una elegante reverencia.
—Como ordene.
Cuando los dos caballeros escucharon que el profesor deseaba invitarlos a cenar, casi dejaron caer el pergamino real.
Uno de ellos comenzó a sudar.
—¿Qué significa esto?
El otro respondió con la voz temblorosa.
—Tal vez... quiera hablar con nosotros antes de leer la invitación...
Los dos tragaron saliva al mismo tiempo.
Para ellos, compartir la mesa con una existencia semejante era un honor... pero también una prueba de supervivencia.
Pocos minutos después, ambos entraron al comedor. Al ver a Kenji sentado tranquilamente con una taza de té en la mano y al pequeño gato blanco dormido sobre la silla de al lado, hicieron una reverencia tan profunda que casi tocaron el suelo con la frente.
Kenji se levantó apresuradamente.
—Por favor, no hace falta hacer eso.
—Tomen asiento.
Los soldados obedecieron como si estuvieran frente al propio creador del mundo.
Una sirvienta comenzó a servirles comida.
Los dos hombres permanecían completamente rígidos.
No se atrevían ni siquiera a levantar el tenedor.
Kenji los observó con curiosidad.
—¿No les gusta el pescado?
Los caballeros casi se atragantaron con su propia saliva.
—¡N-no!
—¡Nos encanta!
—Entonces coman tranquilos.
Los dos comenzaron a comer tan despacio que parecía que cada bocado fuera una ceremonia.
Kenji sonrió con amabilidad.
—No sean tan formales.
—Aquí pueden relajarse.
Los dos soldados sintieron un escalofrío.
«¿Relajarnos... delante de él...?»
«Eso es imposible.»
Cuando terminaron la cena, uno de los caballeros se puso de pie con ambas manos temblando y sacó cuidadosamente un pergamino sellado con el emblema de la familia real.
—Profesor Kenji... traemos una invitación de Su Majestad el Rey.
—Su Majestad desea recibirlo personalmente en el Palacio Real dentro de tres días para agradecerle su servicio a la Academia Grandel... y compartir un banquete con usted.
Kenji abrió lentamente el pergamino.
Mientras leía, una única preocupación apareció en su mente.
«¿Tendré que usar ropa elegante...?»
Los caballeros interpretaron su silencio de otra manera.
Pensaron que el profesor estaba analizando si aceptar o no la invitación del rey.
Y, en algún lugar muy lejano, sin que ninguno de ellos lo supiera, el propio rey caminaba nervioso de un lado a otro en el salón del trono, preguntándose una y otra vez si aquella humilde invitación sería suficiente para no ofender al hombre que todo el continente comenzaba a llamar en voz baja... el profesor del fin del mundo.
Continuará...