Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
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Capítulo 10
Capítulo 10: Segundo intento
Y en esa respiración había un hueco.
Santiago esperó dos días más antes de usarlo.
No porque tuviera paciencia, sino porque el primer intento le había enseñado que correr con rabia era correr hacia una trampa. Esta vez necesitaba saber cuánto tardaba Don Tomás en revisar la despensa, qué mano usaba el guardia nuevo para sostener el celular, cuántos pasos había desde la escalera hasta la puerta lateral y si el tobillo resistía una carrera corta.
El tobillo no estaba listo.
Santiago tampoco.
Pero la libertad nunca iba a llegar en condiciones perfectas.
El día elegido comió el desayuno sin discutir. Tomó la medicina. Dejó que Don Tomás pensara que estaba más dócil. Incluso le pidió un libro de la biblioteca de la planta baja, uno grueso, aburrido, perfecto para fingir que pensaba pasar la tarde leyendo.
—¿Se siente mejor? —preguntó Don Tomás.
Santiago pasó una página.
—Un poco.
No era mentira. Se sentía mejor porque iba a intentarlo.
A las dos, escuchó el camión de despensa detenerse en la entrada lateral.
El sonido le aceleró el pulso.
No se movió.
El guardia del pasillo recibió su café a las dos con cinco. Don Tomás bajó a la cocina a las dos con nueve. A las dos con doce, el guardia nuevo habló por teléfono en voz baja. A las dos con catorce, el pasillo quedó vacío.
Santiago cerró el libro.
No corrió al principio. Caminó hasta la puerta con el libro bajo el brazo, como si fuera a pedir agua o discutir otra vez. Abrió despacio. El pasillo estaba libre.
Dos quince.
Bajó las escaleras sujetándose del barandal para no cargar todo el peso en el tobillo. Cada escalón le dolió. No importó. Desde la cocina llegaban voces, cajas moviéndose, el sonido de una firma sobre papel.
Llegó a la planta baja.
La puerta lateral estaba entreabierta.
Por primera vez en días, Santiago vio una línea de calle sin vidrio de por medio.
El cuerpo se le fue antes que la cabeza.
Cruzó la lavandería, empujó una caja con la cadera y salió al patio de servicio. El sensor de la puerta seguía apagado porque estaban metiendo despensa. Un hombre cargaba costales junto al camión. Lo miró sin entender.
—Oiga —dijo el hombre—, ¿usted...?
Santiago no esperó el resto.
Corrió.
El tobillo protestó en la primera zancada. En la segunda, el dolor se volvió fuego. En la tercera, dejó de escuchar su propio cuerpo.
Había una salida pequeña abierta para el camión, no el portón principal. Un guardia estaba de espaldas hablando con el chofer. Santiago pasó entre el camión y el muro, rozándose el brazo con la lámina caliente.
Nadie lo agarró.
Nadie gritó.
Durante tres segundos, fue libre.
Pisó la calle.
El aire de Pedregal le golpeó la cara como si el mundo acabara de abrirse. Había árboles, muros altos, una banqueta limpia y una pendiente hacia una avenida más transitada. Santiago no sabía exactamente dónde estaba, pero sabía una cosa: si llegaba a una tienda, a una caseta vecinal, a una persona con celular, podía llamar a Diego.
Corrió hacia abajo.
—¡Joven Santiago!
La voz de Don Tomás se quebró detrás de él.
Santiago no volteó.
El tobillo le falló a mitad de la pendiente y casi cayó. Se sostuvo de un muro, dejó una marca de sangre de la palma raspada sobre la piedra clara y siguió. A lo lejos vio un carro blanco acercándose. Levantó un brazo.
—¡Ayuda!
El carro redujo la velocidad.
Santiago sintió que el pecho se le abría.
Entonces una camioneta negra apareció desde la esquina y se atravesó delante.
No era la de León.
Era otra.
Dos hombres bajaron.
Santiago retrocedió.
—No —dijo, sin aire—. No, no, no.
El carro blanco aceleró y se fue.
—Por favor, no haga esto más difícil —dijo uno de los hombres.
Santiago tomó una piedra del borde de una jardinera.
—Si se acercan, grito.
—Ya está gritando.
La calma del hombre lo desesperó. Santiago lanzó la piedra. No le dio a nadie. Sirvió para ganar un segundo.
Corrió hacia el otro lado de la calle.
La segunda camioneta le cerró el paso.
Esta sí era la de León.
La puerta se abrió antes de que se detuviera por completo. León bajó con el rostro blanco de furia.
—Santiago.
Santiago buscó alrededor. Muros. Cámaras vecinales. Un jardinero detrás de una reja, mirando y no haciendo nada. El carro blanco desapareciendo al fondo.
El mundo otra vez a unos metros.
Inalcanzable.
—No voy a volver —dijo Santiago.
León caminó hacia él.
—Sube al carro.
—No.
—Santiago.
—¡No!
León lo tomó del brazo.
Santiago le golpeó el pecho con la mano libre. El impacto no fue fuerte, pero León se quedó quieto como si lo hubiera recibido en la cara.
—¡Suéltame! —Santiago forcejeó—. ¡Me tenías encerrado! ¡Todos tienen que saberlo!
Uno de los hombres miró hacia las casas.
León bajó la voz.
—Cállate.
Santiago se congeló.
No por la palabra. Por el tono.
Ya no era el León que pedía perdón con flores. No era el que prometía ir despacio. Era el hombre de la camioneta frente a la facultad, pero sin disfraz.
—No —dijo Santiago, más bajo—. No me voy a callar.
León lo cargó contra su voluntad.
Esta vez no hubo delicadeza. Santiago pataleó, el tobillo le lanzó un dolor negro y aun así siguió. Golpeó la puerta de la camioneta cuando lo metieron dentro. Intentó salir por el otro lado, pero León entró detrás y bloqueó el paso.
—Mírame.
Santiago jadeaba.
—Te odio.
El rostro de León se contrajo.
—No digas eso.
—Te odio.
León sujetó su nuca, no con fuerza suficiente para hacerle daño, pero sí para obligarlo a quedarse frente a él.
—Casi te atropellan.
—Casi escapé.
—Pudiste haberte roto la pierna.
—Preferiría romperme la pierna que quedarme contigo.
La frase cayó como un vaso estrellándose.
León lo soltó.
Durante el camino de regreso no habló. Eso asustó más a Santiago que los gritos. Las manos de León estaban cerradas sobre sus rodillas, los nudillos blancos, la mirada fija al frente. Don Rafael manejaba en silencio. Nadie respiraba fuerte.
Al llegar a la casa, el portón se cerró detrás de ellos.
Santiago no esperó a que abrieran su puerta. Intentó empujarla, pero el seguro estaba puesto.
León bajó, rodeó la camioneta y lo sacó de un tirón.
—¡Suéltame!
Don Tomás estaba en la entrada, pálido.
—Señor...
—Nadie entra —dijo León.
Don Tomás se quedó inmóvil.
Santiago sintió un frío distinto.
—¿Qué vas a hacer?
León lo miró. Había rabia, sí. Pero debajo de la rabia había algo peor: miedo convertido en decisión.
—Lo necesario para que dejes de ponerte en peligro.
—No lo disfraces.
León lo arrastró hacia el interior. Santiago intentó afirmarse en el marco de la puerta, pero el tobillo no le respondió. El dolor le llenó los ojos de lágrimas.
—¿Por qué no puedes simplemente quedarte conmigo? —La voz de León se quebró al fin—. ¿Por qué tengo que perseguirte como si yo fuera tu enemigo?
Santiago lo miró con la respiración rota.
—Porque lo eres.
León se quedó quieto.
Luego su rostro se cerró por completo.
—Don Tomás.
El mayordomo dio un paso.
—Sí, señor.
—Abra el sótano.
Santiago no conocía esa palabra dentro de la casa, pero entendió el peligro antes de preguntar.
El pasillo pareció alargarse.
Don Tomás no se movió al principio.
León giró la cabeza.
—Ahora.
Don Tomás bajó la mirada.
—Sí, señor.
Santiago sintió que el miedo le vaciaba el cuerpo.
La segunda fuga había fallado.
Y esta vez León no lo llevó hacia la habitación.