Luciana Moretti fue en su vida anterior una joven del siglo XXI: introvertida al principio, pero con un sentido del humor desbordante, una lengua afilada sin filtros y una fuerza interior que pocos imaginaban. Estaba estudiando historia de las civilizaciones antiguas, viviendo una vida tranquila pero llena de curiosidad, hasta que un accidente con un libro antiguo y un cristal en una biblioteca la llevó a morir… y despertar en el cuerpo de la tercera hija de la familia Moretti, una de las familias más ricas, influyentes y poderosas de Aethelgard.
Aquí, es conocida como la “don nadie”: sin grandes dones, ignorada por todos, considerada extraña y poco agraciada por sus padres y hermanas mayores. Sus padres, el señor y la señora Moretti, son inmensamente ricos, pero también vanidosos, ambiciosos y bastante ingenuos, obsesionados con mantener su estatus y aliarse con la realeza. Sus hermanas, Sofía y Valeria, son hermosas, elegantes… e hipócritas hasta el extremo: dulces en público.
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El atardecer, los negocios y la poca inteligencia familiar
El sol estaba cayendo rápido, pintando todo el jardín de tonos dorados y anaranjados, creando esas sombras largas que siempre parecen de película… o de cuento de terror, dependiendo de con quién te juntes. Y en este caso, viendo llegar a los invitados de mi familia, se acercaba más a lo segundo.
Todos estaban reunidos frente a la entrada del ala antigua de la mansión. Mis padres estaban en primera fila, con las espaldas muy rectas y esas sonrisas que parecían pegadas con pegamento fuerte. Se les notaba en los ojos que ya se estaban imaginando dueños de medio reino, con títulos, palacios y toda la gente importante besándoles los pies. De verdad, a veces me daba hasta un poquito de pena lo simples que eran. Con que les dijeras "seréis poderosos", ya te firmaban hasta el alma sin preguntar nada.
A su lado, mis adorables hermanas. ¡Madre mía, qué espectáculo! Iban vestidas como si fueran a casarse con el rey el mismo día. Sofía llevaba un vestido tan lleno de encajes y cintas que parecía una nube con forma de persona, y Valeria tenía puesto tantas joyas que me sorprendía que pudiera mantener la cabeza erguida sin que se le cayera al suelo. Y por supuesto, no paraban de mirarse al reflejo en cualquier cosa brillante que encontraban, arreglándose un mechón de pelo que ya estaba perfecto, o dándose aire con abanicos como si estuvieran en un horno, cuando en realidad hacía una temperatura estupenda.
—¿Me ves bien, hermana? —le preguntó Valeria a Sofía, susurrando, pero lo suficientemente alto para que todos los de al lado la escucháramos—. ¿Crees que el jefe de esos hombres misteriosos se fijará en mí? Dicen que son muy ricos y poderosos. ¡Imagínate si se enamora de mí! Sería la señora más importante de todas.
Sofía la miró de arriba abajo con esa falsa dulzura que gastaba, y le contestó: —Claro que sí, hermana. Aunque… ese escote quizás es demasiado… recatado. Deberías haberte puesto el otro vestido, el que enseña un poquito más. Ya sabes cómo son los hombres: solo miran lo que brilla. Y nosotras tenemos que brillar más que nadie.
Yo, que estaba detrás de ellas escuchando todo, tuve que morderme el labio para no soltar la carcajada allí mismo. "Sí, brillar vais a brillar", pensé para mis adentros, "especialmente cuando veáis lo que hay dentro de esa sala y os deis cuenta de que el único hombre importante que hay aquí solo tiene ojos para la chica que vosotras llamáis don nadie".
Marco y Lorenzo estaban a mi lado, serios como siempre, con las manos en los cinturones y mirando a todos lados con desconfianza. Ellos sí que tenían la cabeza bien puesta. Lorenzo se inclinó un poquito hacia mí y me susurró muy bajito: —Huelen mal, Luciana. No es un mal olor normal… es olor a maldad, a cosas oscuras. Padre y madre están ciegos, no lo ven. Pero nosotros sí. Y tú también, ¿verdad?
Asentí despacio, sin dejar de mirar cómo llegaban los carruajes oscuros, esos que parecían haber sido pintados con la misma noche. —Sí, hermano. Los veo tal como son. Y creedme cuando os digo que lo que tienen guardado en esa sala es lo único que les va a salvar el pellejo hoy. Porque si se atreven a hacerle daño a lo que es mío… aquí no queda ni una piedra encima de otra.
Marco me miró de reojo, con una media sonrisa orgullosa. Sabía que no estaba bromeando.
Entonces bajaron de los carruajes. Eran ellos. Los hombres de ropas oscuras, con capas largas que arrastraban por el suelo, con caras que parecían talladas en piedra fría y ojos vacíos, sin brillo, sin vida. El que iba al frente, el jefe, era alto, delgado, con una barba oscura y unos anillos en los dedos que brillaban con una luz roja muy tenue y desagradable. Cuando sus ojos me encontraron entre la gente, sentí un escalofrío que me recorrió la espalda entera. Me miró como si yo fuera un insecto, pero también como si fuera la llave de todo lo que querían.
Se acercaron a mis padres, que hicieron una reverencia tan exagerada que casi se caen de morros al suelo. —Bienvenidos, bienvenidos —decía mi padre, con la voz un poco temblorosa por los nervios y la emoción—. Todo está listo, señores. Tal como acordamos. Lo que buscáis está aquí, guardado con mucho cuidado. ¡Y es todo vuestro a cambio de lo prometido!
El hombre oscuro asintió lentamente, sin sonreír, con esa calma que daba tanto miedo. —Sois muy… generosos, señor Moretti. Muy inteligentes. Saber qué cosas guardar y cuáles vender es el arte de los grandes señores. Vuestra familia será recompensada con riquezas que ni siquiera podéis imaginar.
Mis padres se miraron entre ellos, radiantes de felicidad. ¡Vaya par de tontos! Le estaban entregando el poder más antiguo y peligroso del mundo a gente que parecía salida de una pesadilla, y ellos solo pensaban en monedas y títulos. A veces me preguntaba cómo habían conseguido ser tan ricos siendo tan… bueno, digamos que no muy brillantes.
—Por aquí, por favor —siguió diciendo mi padre, señalando la puerta de la sala secreta—. Está ahí dentro. Es impresionante, ¿verdad? Brillante, pesado… siempre nos dio buena suerte, aunque nunca supimos muy bien por qué.
El hombre oscuro soltó una risa bajita, seca, que sonó como piedras chocando unas con otras. —Buena suerte decís… Ah, señor Moretti. No tenéis ni idea de lo que teníais entre manos. Pero no importa. Ahora será nuestro. Y la suerte cambiará de bando.
Caminaron todos hacia la puerta. Mis hermanas se pusieron de puntillas para ver mejor, empujándose entre ellas para estar más cerca, susurrando tonterías como: "¿Será una joya gigante?", "¿Será un cofre lleno de piedras preciosas?", "Ojalá sea bonito, me gustaría tener uno igual para ponérmelo de adorno en el tocador". De verdad, a veces me daba la sensación de que sus cerebros eran del tamaño de un guisante. Solo pensaban en adornos, en vestidos, en ser la más guapa o la más rica. Y lo que tenían delante de sus narices, lo que era realmente importante, no lo veían ni, aunque les diera en la cara.
Yo caminaba detrás de todos, con el corazón latiéndome tan fuerte que creía que se me iba a salir por la boca. Podía sentir a Samuel al otro lado de la puerta. Podía sentir su energía, su poder, su locura, y, sobre todo, podía sentir cómo me llamaba, cómo me decía sin palabras: “Ahora, mi vida. Espero tu señal. Espero tu fuerza”.
Entraron en la sala. Y en el momento en que la luz de las antorchas iluminó el centro y vieron el cristal brillando sobre la mesa de piedra, se hizo un silencio absoluto.
Mis padres se quedaron con la boca abierta. Por primera vez, realmente veían lo que tenían. No era una piedra cualquiera. Brillaba con una luz propia, plateada, hermosa, que llenaba todo el cuarto. Y por primera vez quizás en sus vidas, se dieron cuenta de que aquello era algo sagrado, algo antiguo, algo que no debía pertenecer a nadie.
Mis hermanas soltaron un grito ahogado de admiración. —¡Es precioso! —dijo Sofía—. ¡Brilla más que todas mis joyas juntas! —¡Quiero tocarlo! —dijo Valeria, dando un paso al frente con las manos extendidas como una niña pequeña que quiere un juguete—. ¡Seguro que es mágico! ¡Quiero que me dé suerte a mí!
Pero los hombres oscuros no miraban con admiración. Miraban con codicia. Una codicia tan grande, tan oscura, que se podía casi tocar en el aire. El jefe se adelantó despacio, con los ojos fijos en el cristal, con una expresión de triunfo que daba miedo ver.
—¡Por fin! —susurró, con una voz llena de emoción y avaricia—. ¡Siglos buscándolo! ¡Siglos escuchando leyendas! ¡Y ahora es mío! ¡El cristal de Van Doren! ¡La prisión y la fuente del poder más grande que existe! ¡Todo será mío!
después de siglos de estar encerrado a que olera su boca... caray
estás en el pasado que ya es historia, con cosas históricas más viejas. que regalo del destino .
está Lucia como niña en dulcería
que sucedió?
murió a través del tiempo?
Gracias /Smile//Smile/