Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
NovelToon tiene autorización de Juliana Torra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
Sara
La tormenta de nieve arreciaba con fuerza sobre los cristales de la camioneta, difuminando los faros de los pocos autos que se atrevían a cruzar el centro de Minneapolis a estas horas de la noche.
Jhon conducía con la vista fija en el asfalto congelado, manteniendo una de sus manos sobre la palanca de cambios, a escasos centímetros de la mía, como si su sola cercanía fuera el único anclaje que nos mantenía a salvo del caos de la fraternidad.
—Este no es el camino a mi casa, Jhon —dije, mirando de reojo las calles oscuras.
—Lo sé, genio. No te voy a llevar a ese apartamento sola mientras sigas temblando de esa manera —respondió él, sin apartar la vista del frente—. Necesitamos salir del radar del campus por un par de horas. Hay un café de veinticuatro horas cerca de la autopista sur, un lugar de camioneros donde nadie sabe qué es un disco de hockey y nadie te va a mirar dos veces. Necesitas comer algo y, sobre todo, necesitas respirar.
Asentí en silencio. Veinte minutos después, el letrero de neón parpadeante de The Neon Diner se materializó en medio de la densa neblina blanca.
Entramos al local y el olor a pan tostado, café destilado y tocino frito nos envolvió de inmediato.
Nos sentamos en el cubículo de plástico rojo, uno frente al otro, bajo la suave luz amarilla de una lámpara de techo. Cuando la mesera se retiró tras servirnos dos tazas de café humeante, Jhon apoyó sus antebrazos en la mesa de madera.
Sus ojos grises se fijaron en mí con una preocupación que me oprimía el pecho de una forma extrañamente dulce.
—¿Estás mejor? Tus manos ya no tiemblan tanto —notó, buscando mi mirada.
—El calor del lugar ayuda. Y saber que no hay ningún uniforme de los Gophers en un radio de cinco kilómetros también ayuda bastante —admití. Miré sus nudillos lastimados y, armándome de valor, rozé la superficie de su piel con la yema de mis dedos—. Carter tiene razón en algo, Jhon.
Mi expediente de Boston está sellado por una razón.
Todos en este campus asumen que me transferí por una simple beca de honor, pero la realidad es matemática pura: fui una variable desechable en una ecuación diseñada para proteger a los atletas de élite.
—No tienes que contarme si te hace daño, Sara —me interrumpió Jhon con suavidad, girando su mano para entrelazar sus dedos con los míos—. Leí el informe básico del comité, sé que esos infelices te hicieron pasar un infierno en los vestuarios de Massachusetts antes de que sus familias pagaran a los abogados para limpiar el desastre.
—El informe del comité académico solo contiene los datos censurados, Jhon. No dice la verdad completa —sentí un nudo amargo en la garganta, pero su agarre firme me dio el valor definitivo—. Yo era la encargada de las estadísticas del equipo de física aplicada de la universidad de Boston. Una noche, después de que perdiéramos el partido contra el MIT, me quedé tarde en la oficina organizando los gráficos. Las luces del pasillo ya estaban apagadas. Carter y Thomas entraron al cubículo, apestando a alcohol. Carter cerró la puerta con llave y Thomas me arrebató el teléfono de las manos antes de que pudiera marcar a emergencias. Me acorralaron contra los casilleros de metal. Carter me tomó por los brazos con tanta fuerza que me dejó marcas que tardaron semanas en desaparecer, mientras Thomas me rompía la blusa intentando obligarme a hacer cosas que me niego a pronunciar.
Lloré, grité con todas mis fuerzas, pero el estadio estaba vacío. Lo único que me salvó fue que el conserje entró a recoger los contenedores de basura del pasillo y escuchó los golpes de mi mochila contra la pared de metal.
En cuanto la luz del pasillo se encendió, ellos me soltaron y huyeron.
Jhon apretó la mandíbula con tanta fuerza que pude escuchar el crujido de sus dientes. Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla, pero él la limpió de inmediato con el pulgar de su mano libre, extendiendo su brazo por encima de la mesa con una delicadeza infinita.
—No eres una cobarde, Sara. Eres la persona más fuerte y valiente que he conocido en toda mi maldita vida —su voz sonó ronca, cargada de una emoción profunda—. Esos dos monstruos no merecen pisar el mismo suelo que tú. Y te juro por mi carrera, por mi vida y por lo que más quiero, que mientras yo respire, nadie va a volver a tocarte ni a hacerte sentir pequeña. Eres intocable para ellos, Sara. Te lo prometo.
(Jhon)
A la mañana siguiente, el sol brillaba con una intensidad cegadora sobre la nieve fresca que cubría el campus de la Universidad de Minnesota. Mi teléfono celular vibró en el bolsillo de mi chaqueta a las ocho de la mañana. Era un mensaje directo del entrenador en jefe de los Gophers. Tras una reunión de una hora con el cuerpo técnico, salí directo hacia la cafetería central del campus. Sabía que Sara solía desayunar allí los sábados por la mañana. La encontré sentada en la mesa del rincón, cerca del gran ventanal de cristal, con un termo de café azul a la mitad y tres cuadernos cuadriculados abiertos de par en par.
—Buenos días, genio. Espero que tengas espacio en esa mesa para un capitán con el promedio académico salvado y excelentes noticias del vestuario —dije, sentándome en la silla de madera frente a ella, reduciendo la distancia en la mesa.
Sara levantó la mirada por encima de sus gafas de marco negro y una sonrisa ligera iluminó su rostro.
—Depende, Jhon. ¿Las noticias del vestuario incluyen el hecho de que el promedio de Thomas volvió a descender al nivel de congelación tras el parcial de ayer?
—Carter está suspendido temporalmente, Sara —le anuncié con una sonrisa—. El entrenador recibió el informe anoche. No va a jugar el próximo fin de semana y el comité disciplinario está revisando sus papeles de transferencia de Boston. Tu jugada con la cláusula de conducta en la puerta de la fiesta fue un jaque mate matemático perfecto.
—Solo fue una aplicación práctica de la teoría de juegos, Jhon. Si conoces las vulnerabilidades de tu oponente, solo tienes que aplicar la presión exacta en el vector correcto para que la estructura colapse sola —explicó ella de forma analítica.
—Eres brillante, ¿lo sabes? —murmuré, mirándola fijamente—. Me salvaste el semestre, Sara. El profesor Henderson me envió mi nota oficial hace una hora. Un 4.8 definitivo en cálculo multivariable. Estoy completamente limpio para la temporada.
—No celebres antes de tiempo, King —su tono cambió a uno divertido, lleno de picardía académica. Deslizó un folio blanco completamente nuevo hacia mi lado de la mesa, acompañado de un bolígrafo negro—. El cálculo multivariable ya está superado, pero el contrato de tutoría que firmaste especifica dos horas diarias hasta el final del semestre.
Y dado que demostraste tener una agilidad mental decente para las trayectorias tridimensionales, decidí prepararte un examen sorpresa de geometría analítica aplicada al espacio hiperbólico. Consideralo mi forma de celebrar tu victoria en el hielo de ayer.
—¿Un examen sorpresa un sábado por la mañana después de un partido de campeonato? Eres un monstruo de las ciencias exactas, Miller —bromeé, tomando el bolígrafo.
—Trae un cerebro funcional, Jhon. Recuerda que soy una entrenadora muy exigente y no acepto nada por debajo del cuatro punto cinco en mi mesa.
Sara
Para cuando terminamos la sesión de geometría aplicada en la cafetería, las luces de las farolas del campus ya comenzaban a encenderse de nuevo. Jhon insistió en llevarme de regreso a mi edificio de apartamentos en su camioneta.
El trayecto en el auto fue diferente a todos los anteriores. Ya no había tensión, ya no había miedo hacia las sombras del pasado.
El silencio dentro del vehículo se sentía cálido, íntimo, lleno de una expectativa romántica.
Cuando Jhon estacionó frente a la entrada de mi edificio, apagó el motor pero no hizo ningún amago de despedirse. Miró hacia las ventanas oscuras de mi piso en el tercer nivel.
—Voy a subir contigo, Sara. Las amenazas de Carter siguen frescas en el consejo académico y no me voy a quedar tranquilo hasta revisar que las cerraduras de tu puerta trasera y las ventanas del balcón estén completamente aseguradas desde el interior —dijo, rompiendo el silencio.
—Jhon, mi edificio tiene seguridad en la entrada principal y...
—No me importa la seguridad de la entrada, genio —me interrumpió, girándose en su asiento para mirarme con esa profundidad gris que me desarmaba por completo—. Me importa tu seguridad. Déjame hacer mi trabajo de escudo por hoy.
Subimos las escaleras de hormigón en silencio. Al llegar a la puerta de mi apartamento, entramos y la calidez del calentador de pared nos recibió de inmediato. Jhon se quitó la chaqueta de cuero y caminó por la sala de estar con paso firme, revisando detalladamente cada uno de los accesos al balcón y asegurando los pestillos de la cocina con una disciplina casi militar. Regresó al centro de la sala, deteniéndose a escasos centímetros de donde yo estaba.
El ambiente dentro de la sala de estar se volvió denso, sumamente íntimo.
—Minnesota se va a congelar esta noche, Sara. El pronóstico dice que la temperatura bajará a diez grados bajo cero en la madrugada —comentó Jhon en voz baja, dando un paso decisivo al frente.
—Entonces... supongo que la lógica dicta que necesitamos preparar algo de chocolate caliente para mantener la temperatura del sistema en equilibrio térmico —respondí en un susurro, sintiendo que la cercanía de sus ojos grises me impedía pensar con claridad.
Jhon acortó la distancia por completo, quedando tan cerca que podía sentir el roce de su camiseta contra la tela de mi suéter.
Con una delicadeza extrema que contrastaba con su imponente tamaño, acunó mi mejilla izquierda con la palma de su mano. Su pulgar acarició mi pómulo por debajo del marco de mis gafas, enviando una ola de calor abrasador directamente a mi centro de gravedad.
—No quiero que vuelvas a tener frío, Sara —dijo en un susurro ronco, inclinando la cabeza hacia mí hasta que su aliento rozó mis labios—. No quiero que vuelvas a sentir que estás sola en esta ecuación.