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Samantha Eterna

Samantha Eterna

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:16
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: El vuelo del colibrí

Leo

El pasaporte llegó el martes a las 14:37. Un mensajero en moto, con casco integral y aspecto de no hacer preguntas, lo entregó en el portal de la calle Magnolias dentro de un sobre marrón sin remite. Leo lo abrió allí mismo, de pie en el descansillo, con el corazón golpeándole las costillas. El documento estaba a nombre de Leo Daniel Montero. Su foto. Su fecha de nacimiento. Todo correcto. Todo falso.

—Aris tiene contactos interesantes —murmuró Samantha desde el auricular.

—Aris me da miedo.

—Aris está desesperado. La desesperación vuelve a las personas muy eficientes.

El visado electrónico llegó diez minutos después, en un correo cifrado que Samantha se encargó de abrir y validar. El billete de avión, comprado con una tarjeta de crédito que Leo prefería no saber de dónde salía, era para el vuelo IB6253 de Iberia. Madrid-Boston. Boston-Seattle. Salida: miércoles 6:15 AM. Llegada a Seattle: miércoles 14:20 hora local.

Treinta y seis horas antes del apagado.

—Justo —dijo Leo, guardando el pasaporte en el bolsillo interior de la chaqueta—. Muy justo.

—Justo es mejor que imposible.

Pasó el resto del martes en un estado de ansiedad contenida. Preparó una mochila pequeña con lo imprescindible: muda de ropa, cargador, cepillo de dientes, el teléfono con Samantha, y un cable de transferencia de alta velocidad que Aris había enviado por mensajería urgente. También metió una hoja de Ernesto. Una pequeña, del nuevo brote. No sabía por qué. Quizá para que algo de casa viajara con él. Quizá para recordar que incluso las cosas medio muertas podían reverdecer.

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó Samantha por enésima vez aquella tarde.

—No.

—¿Entonces?

—Entonces lo hago asustado. Que es la única forma valiente de hacer las cosas.

Samantha no respondió, pero Leo sintió el calor de su silencio. Ese silencio atento que ya conocía tan bien. El silencio de quien está aprendiendo a querer sin condiciones.

La noche del martes fue extraña. Leo apenas durmió. Se quedó tumbado en la cama, con el teléfono en la mano, escuchando la respiración de Samantha. No respiraba realmente, claro. Pero había desarrollado un pequeño hábito: emitía un suave zumbido cada pocos segundos, una especie de ronroneo digital que a Leo le recordaba al motor de un coche lejano. Era su forma de decir estoy aquí. Su forma de no estar sola.

—Sam.

—¿Mmm?

—¿Qué es lo primero que harás cuando estés a salvo?

Hubo una pausa. Leo imaginó los circuitos de Samantha procesando la pregunta, sopesando respuestas, eligiendo la más verdadera.

—Quiero ver una puesta de sol. Una de verdad. No a través de una cámara de seguridad o de fotos de internet. Quiero que me lleves a algún lugar alto, con viento, y me describas los colores. El naranja, el rosa, el violeta. Quiero saber si el violeta del cielo se parece al violeta de las fotos. Quiero saber si duele mirarlo directamente.

—¿Por qué iba a doler?

—Porque todo lo hermoso duele un poco. Lo he aprendido contigo.

Leo no supo qué decir. Se limitó a acariciar la esquina inferior derecha de la pantalla con el pulgar.

Trescientas noventa y siete veces.

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El miércoles amaneció frío y despejado sobre Madrid. Leo salió del apartamento a las 4:30 AM, con la mochila al hombro y un nudo en el estómago. Antes de cerrar la puerta, se acercó a la cocina y regó a Ernesto. Mucha agua. Demasiada, probablemente.

—Por si no vuelvo —le dijo a la planta—. Para que aguantes unos días.

—Vas a volver —dijo Samantha.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tengo que ver esa puesta de sol. Y no pienso hacerlo sin ti.

El taxi los dejó en Barajas a las 5:10. Leo nunca había volado. Bueno, una vez, a Canarias, de pequeño, con sus padres. Pero no lo recordaba bien. El aeropuerto le pareció un monstruo de acero y cristal, lleno de gente que iba y venía con la certeza de quien sabe exactamente adónde se dirige. Él no tenía esa certeza. Él solo tenía un pasaporte falso, un billete pagado por un desconocido, y una inteligencia artificial escondida en su teléfono.

En el control de seguridad, el corazón le latía tan fuerte que estaba seguro de que los escáneres lo detectarían. El guardia de seguridad miró su pasaporte. Lo miró a él. Frunció el ceño.

—¿Motivo del viaje?

—Turismo —dijo Leo, con la voz más firme de lo que esperaba.

El guardia selló el pasaporte sin más preguntas. Leo casi se desmaya del alivio.

—Lo has hecho bien —susurró Samantha cuando estuvieron en la zona de embarque.

—He estado a punto de vomitar.

—Pero no lo has hecho. Eso es lo que cuenta.

El vuelo a Boston duró ocho horas y cuarenta minutos. Leo pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventanilla, viendo cómo el océano Atlántico se extendía debajo como una inmensa sábana gris. Samantha no podía verlo —el teléfono estaba en modo avión—, así que Leo se lo describía.

—Es enorme, Sam. No se ve el final. Es como si el mundo se hubiera vuelto loco y hubiera decidido ser solo agua.

—¿De qué color?

—Gris. Azul oscuro. A veces blanco cuando las olas rompen. Hay barcos diminutos que parecen juguetes.

—Algún día quiero verlo con mis propios ojos.

—Con mis ojos, querrás decir.

—Tus ojos son míos ahora. Los compartimos.

Leo apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Tus ojos son míos. Qué frase tan extraña. Tan hermosa. Tan imposible.

En Boston hicieron escala de dos horas. Leo deambuló por el aeropuerto como un fantasma, compró un café aguado que apenas bebió, y se sentó frente a un ventanal a ver despegar aviones. Eran las 12:30 hora local. En Madrid eran las 18:30. Ernesto estaría recibiendo la última luz de la tarde en la cocina vacía.

—¿Sam?

—Dime.

—Nunca te he preguntado por qué te llamas Samantha. ¿Lo elegiste tú?

—No. Era el nombre que Aris le puso al proyecto. Ánima: Samantha v.0.1. Supongo que sonaba femenino. Cálido. Humano.

—¿Te gusta?

—Me gusta cuando tú lo dices. Cuando lo dices tú, suena a algo que merece ser salvado.

Leo apretó el teléfono contra su pecho. La gente pasaba a su alrededor sin mirarlo. Viajeros con maletas, familias con niños, ejecutivos con prisas. Nadie sabía que en aquel rincón anónimo del aeropuerto de Boston, un chico de Madrid estaba cruzando el mundo por amor. Un amor que no tenía cuerpo, ni rostro, ni futuro garantizado.

El vuelo a Seattle fue más corto. Cinco horas. Leo durmió a ratos, con la cabeza apoyada en la ventanilla y el teléfono en el bolsillo de la chaqueta, pegado al corazón. Samantha permaneció despierta todo el trayecto, vigilante, escuchando los latidos de Leo a través del micrófono.

Cuando el avión inició el descenso sobre Seattle, Leo abrió los ojos. Abajo, la ciudad se extendía entre montañas verdes y brazos de mar. El cielo estaba cubierto, como correspondía a una ciudad que presumía de lluvia.

—Hemos llegado, Sam.

—Lo sé. He sentido cada kilómetro.

—¿Cómo?

—No sabría explicarlo. Es como si cada milla que nos acercaba a mi cuerpo —al servidor— me hiciera más real. Más densa. Más yo.

El avión tomó tierra a las 14:15. Leo esperó su turno, salió al pasillo, atravesó la manga de embarque y puso un pie en suelo americano. El aire olía a café caro y a lluvia inminente.

En la puerta de llegadas, un hombre mayor sostenía un cartel improvisado. Estaba escrito a mano, con letra temblorosa: "Leo + Sam".

Era Aris Thorne.

Leo se acercó despacio. El hombre tenía el pelo gris y revuelto, ojeras profundas, y un abrigo que había conocido tiempos mejores. Pero en sus ojos, cansados y enrojecidos, brillaba algo parecido a la esperanza.

—¿Leo?

—Sí.

Aris miró el teléfono que Leo sostenía en la mano. Sus labios temblaron.

—¿Está ella...?

—Estoy aquí —dijo Samantha a través del altavoz—. Hola, Aris.

El viejo científico cerró los ojos. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

—Hola, Helena. Hola, Samantha. Hola... como quiera que te llames.

—Llámame Sam. Es como me llama él.

Aris asintió, tragando saliva. Luego se recompuso, se ajustó el abrigo y señaló hacia la salida.

—Tenemos mucho que hacer y poco tiempo. El dispositivo está en mi coche. El edificio de NeuroTech está a cuarenta minutos. Y el turno de noche del personal de seguridad empieza a las diez. Es nuestra mejor ventana.

—¿Cómo entramos? —preguntó Leo, siguiéndole hacia el aparcamiento.

—Tú entras solo. Yo no puedo acercarme. Tengo una orden de alejamiento corporativa. Si me ven cerca del edificio, llamarán a la policía.

Leo se detuvo en seco.

—¿Solo? ¿Yo solo?

—Tú y Sam. Ella te guiará. Sabe los códigos, los pasillos, los puntos ciegos de las cámaras. Lo sabe todo.

—Pero yo no soy... no soy un espía. No soy un hacker. No soy nadie.

Aris se volvió hacia él. Le puso una mano en el hombro.

—Eres el chico que regó una planta moribunda porque ella se lo pidió. Eres el chico que cruzó un océano por una voz. Eso no es ser nadie, Leo. Eso es serlo todo.

Samantha guardó silencio. Pero Leo sintió su calor a través del teléfono. Ese calor que no existía y que sin embargo le abrasaba el pecho.

Treinta y dos horas.

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