El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.
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UN SUSURRO DE TRAICIÓN
...Reino de Zayon ...
Amaia se deslizó por los pasillos bajos del castillo como una sombra mal contenida.
Conocía ese trayecto de memoria. Cada grieta. Cada escalón. Cada punto donde la antorcha no daba la luz del fuego. Lo había recorrido mil veces en su mente… pero solo una vez con el cuerpo.
Esta era la segunda vez que se arriesgaba a bajar con sus hermana.
Desde la galería superior, Enzo la vio.
No fue difícil reconocerla: una pequeña silueta moviéndose, con delicadeza y extremo cuidado.
—Ahí está otra vez… —murmuró.
No se movió, la siguió con la mirada.
Amaia descendió los últimos escalones y el aire cambió. Apretó el paso hasta detenerse frente a los barrotes.
No sabía cuánto tiempo tenía.
Solo sabía que no era suficiente.
—Leyanna… —susurró.
La respiración de su hermana era débil, irregular, pero seguía ahí. Eso bastó para que Amaia se arrodillara.
Leyanna estaba encadenada al muro. Demasiado delgada. Demasiado pálida. El cabello blanco apelmazado por la suciedad. Moretones antiguos mezclados con otros nuevos.
Amaia apretó la mandíbula. No iba a llorar. No cuando su hermanda se estaba llevando la peor párte.
—Amaia… —la voz de Leyanna era apenas un hilo—. No deberías estar aquí.
Amaia negó con la cabeza mientras sacaba el pequeño trozo de fruta envuelto en tela.
—Solo un momento —dijo—. Nadie lo notará.
Mentira. Las dos lo sabían. Riesgo era palmable.
Leyanna frunció el ceño, alarmada.
—Si padre te descubre…
—No me importa —la interrumpió Amaia. La frase salió firme, pero la voz le tembló—. No podía seguir sin verte.
Le puso la fruta en la mano.
—Come despacio.
Leyanna la tomó como si fuera un tesoro.
—Gracias… —susurró—. Gracias, hermana.
Amaia la observó con atención. Demasiada atención.
—Estás más delgada.
—Tú también —bromeó Leyanna, forzando una sonrisa que dolía más que cualquier llanto.
— Aún tienes animo para chistes. — Una sonrisa sin fuerza escapó. —Come —insistió Amaia.
Leyanna obedeció. Dio un mordisco pequeño y cerró los ojos.
—Está deliciosa… —murmuró.
Eso fue peor.
Amaia alzó la mano y le acomodó el cabello con cuidado, como si pudiera romperla si aplicaba demasiada fuerza.
—Voy a intentar cambiar tu comida algunos días —dijo en voz baja—. Y traer agua limpia cuando pueda. Poco a poco.
—No puedes hacer esto siempre —respondió Leyanna, seria ahora—. Prométeme que si el peligro es grande… no volverás.
Amaia tragó saliva.
—No te lo prometo —dijo—. Pero tendré cuidado.
Amaia escuchó voces provenientes de la entrada a los calabozos.
Amaia se levantó despacio, como si nada hubiera pasado, y se alejó sin mirar atrás.
Entonces, desde el exterior, una voz resonó en el pasillo.
— Necesito entrar a los calabozosos.
Amaia se quedó inmóvil. El corazón se le desbocó, las manos le temblaron, sudando, la garganta tan cerrada, que sintió marearse por falta de aire.
Arriba, en la galería, Enzo estaba a punto de girarse cuando escuchó esos pasos.
Su cuerpo sientio el frío cuando reconoció la silueta.
—¿Quién anda ahí? —gruñó el rey.
Enzo miró hacia la escalera al ver al rey acercarse.
Sabía que Amaia no había salido aún.
Sorak avanzó un poco más, frunciendo el ceño.
—He dicho que quién anda ahí.
—Majestad —respondió uno de los guardias—, no hemos visto a nadie.
Sorak no contestó. Caminó hasta la barandilla que daba a los calabozos.
Enzo sintió el pulso golpearle las sienes.
Si Sorak daba un paso más… si inclinaba la cabeza… la vería.
Sorak apoyó la mano en la barandilla.
—Juro que escuché algo…
Se inclinó apenas tomando una antorcha por la poder visualizar mejor , la luz de esta comenzó a derramarse por la escalera.
Un segundo más.
Solo uno.
—Majestad —dijo Enzo, demasiado rápido dirigiéndose a el desde la galería —. Hay un asunto urgente.
Sorak se giró de golpe.
—¿Qué podría ser más importante para interrumpir?
—La guardia del ala norte —improvisó Enzo—. Reportaron movimientos extraños. No quise alarmarlo sin confirmar.
Sorak lo miró fijamente, como analizando lo que decía.
—¿Movimientos?
—Sí, mi señor. —Enzo sostuvo la mirada, aunque por dentro todo le gritaba que se alejara de la escalera—. Si lo desea, puedo encargarme yo.
Sorak chasqueó la lengua.
—No. — lo interrumpió. — Iré yo mismo.
Se dio la vuelta, alejándose apenas un paso de la barandilla.
Ese paso bastó.
Amaia subió los últimos escalones con el corazón golpeándole el pecho. Al llegar arriba, vio a su padre de espaldas.
Tan cerca que podía oler el metal de su armadura.
Se pegó a la pared, conteniendo incluso la respiración.
—Después revisaré los calabozos —dijo Sorak.
Amaia sintió que las piernas le flaqueaban.
—Cuando regrese.
—Como ordene, majestad —respondió Enzo con un asentimiento de cabeza.
Amaia pasó detrás de ellos, despacio, casi de puntillas.
Enzo estaba que se le salía el corazón.
Cuando la princesa llegó al pasillo, se atrevió a girar la cabeza.
Cruzó una última mirada con Enzo, justo sobre el hombro de Sorak.
Y supo, sin decir una sola palabra, que él lo había visto todo, que la había ayudado.
****************
Enzo caminaba al lado del rey por los pasillos de piedra.
—Majestad… —se atrevió a decir Enzo—. ¿Puedo preguntar a qué se debe su visita a los calabozos?
Sorak no disminuyó el paso.
—Estoy evaluando recursos.
Enzo frunció apenas el ceño.
—¿Recursos?
Sorak giró la cabeza lo justo para que Enzo viera su expresión fría y calculadora.
—Prisioneros, criminales. Gente inútil para este reino… salvo que se les dé un uso adecuado.
Enzo lo miro sin comprender.
—¿Uso… adecuado? —repitió, con cuidado, midiendo cada sílaba.
Sorak se detuvo de golpe y se giró hacia el, no le pareció que lo estuviese cuestionando.
—Voy a reinstaurar la esclavitud.
A Enzo le costó respirar.
—Majestad… —Enzo dio un paso atrás sin darse cuenta—. La esclavitud fue erradicada hace generaciones. — dijo con sumo cuidado. — El reino pagó un precio altísimo para abolirla.
—Exacto —lo cortó Sorak—. Un precio estúpido.
Enzo apretó los puños.
—Las arcas reales se vaciaron compensando a los antiguos amos —dijo, la voz tensa—. Se hizo para evitar rebeliones. Para evitar más sangre. Fue necesario.
Sorak soltó una risa breve, arto de los escrúpulos de su consejero.
—Lo correcto no llena cofres.
Reanudó el paso.
—Desde que se abolió la esclavitud, este reino no ha hecho más que sangrar dinero. Mano de obra gratuita desperdiciada. Hoy eso se corrige.
Un escalofrío recorrió la espalda de Enzo.
—Majestad —dijo, obligándose a mantener la compostura—. Como su mano, debo advertirle que esto provocará descontento, podria desatar una guerra interna, rebeliones, sangre.
Enzo quería gritarle que estaba loco, que como se le ocurría.
Sorak se detuvo otra vez, arto de su insolencia.
—No te pedí objeciones, Enzo —dijo en voz baja—. Te permito consejos… para hacerlo mejor. Nada más.
Enzo bajó la mirada, obediente, pero ardía por dentro.
—¿Mejor…? —susurró.
—Seleccionando bien —respondió Sorak—. Prisioneros. Delincuentes. Traidores. Nadie los extrañará. Y el reino prosperará otra vez.
Enzo asintió despacio.
—Como ordene, majestad.
Sorak retomó el camino, satisfecho.
Enzo se quedó unos pasos atrás, observándolo, con la seguridad de quien cree que nada puede tocarlo.
Y entonces lo pensó.
Alguien tiene que quitar a este hombre del trono.
Si, la esclavitud emperezaba con prisioneros, pero tarde o temprano llegaba a gente inocente, a niños.
...****************...
El salón de entrenamiento de magia estaba casi vacío.
Enzo se detuvo en la entrada, sin anunciarse.
Amaia estaba en el centro del salón. El cabello recogido a medias, el ceño fruncido con una concentración que tensaba todo su cuerpo. Había una mesa baja frente a ella, en la cual había una pequeña piedra.
—Concéntrate… —murmuró.
Extendió la mano, pero no salía nada.
La piedra no se movió.
Amaia apretó los labios. Bajó la mano un segundo, respiró hondo y volvió a intentarlo. Cerró los ojos. Repitió el gesto y otra vez nada.
Enzo cruzó los brazos.
La había visto fallar antes. Muchas veces. Sorak decía que no tenía talento, que la magia verdadera no corría por su sangre como debía. Que era una decepción más.
Amaia no se rindió.
Lo intentó de nuevo.
La piedra vibró apenas… y cayó provocando un sonido seco resonó.
Amaia soltó un suspiro junto con una maldición cargado de frustración.
Lo que causo gracia en Enzo.
—Otra vez —se dijo.
Enzo estuvo a punto de marcharse. No quería que lo viera. No quería invadir ese momento.
Pero entonces ocurrió.
Amaia alzó la mano una vez más. Esta vez sin forzarse.
La piedra comenzó a elevarse apenas unos centímetros. Amaia abrió los ojos de golpe.
—Lo hice… —susurró, como si temiera que la magia se rompiera si hablaba más alto.
La piedra cayó provocando la sonrisa de Amaia de satisfacción.
Enzo sintió algo cerrársele en el pecho.
En ese instante lo entendió que Amaia no era débil y tampoco era inútil.
Y, sobre todo, no era como Sorak decía.
Ella podía aprender. Podía crecer. Podía convertirse en algo que el rey jamás lograría controlar.
Enzo bajó la mirada ante la idea.
Traicionar al rey no era un acto ruidoso. No era una espada ni un discurso. No empezaba con sangre.
Empezaba así.
Con un pensamiento fugaz.
Con una pequeña diferencia de ideas.
Ella es la clave, pensó para sí mismo.
Si alguien podía cambiar el destino del reino… Si alguien podía arrebatarle el trono a ese hombre sin alma… Era Amaia.
Enzo dio un paso atrás y se marchó sin hacer ruido.
Amaia nunca supo que, en ese salón casi vacío, acababa de nacer la primera traición.