🚫 Novela en Emisión 🚫
Molly Dumont vive en un mundo de sombras donde nadie puede oírla. Tras un trágico accidente, todos creen que su mente se ha ido para siempre, pero ella está ahí, escuchando cada secreto, cada traición y cada suspiro.
Axel Brunner, el CEO del Holding Arcane, se casó con ella por un pacto de poder, pero ahora se encuentra librando la batalla más importante de su vida: proteger a la mujer que todos llaman "un cuerpo vacío". Mientras la justicia intenta arrebatársela y un tío ambicioso busca destruirla, Axel descubrirá que el amor no necesita palabras, y que Molly está enviando señales que solo un corazón dispuesto a escuchar puede entender.
¿Podrá Axel salvarla antes de que el tiempo se agote? ¿Logrará Molly romper las cadenas de su silencio antes de perderlo todo?
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Capítulo 6: Las Sombras del Silencio
La luz de la mañana en Zúrich entró con una claridad hiriente en el despacho de Axel Brunner. El aroma del café recién molido que Hans siempre dejaba sobre el escritorio a las ocho en punto no lograba despejar la extraña bruma que Axel sentía en la cabeza. No había dormido bien; la imagen de Molly Dumont en el restaurante de Madrid, con esa mezcla de decepción y orgullo en los ojos, se repetía en su mente como una película rayada.
Escuchó el leve "clic" de una notificación en su ordenador. Axel se acomodó en su silla de cuero, esperando ver un mensaje personal, una queja, algo... pero lo que encontró fue un correo corporativo, frío y oficial.
—Visto bueno del equipo comercial de L'Océan Bleu —leyó Axel en voz alta, con una mueca de amargura—. Firmado por: Julien Dumont.
Se reclinó hacia atrás, frotándose la sien con frustración. Ni un mensaje de ella. Ni una confirmación de lectura personal. Nada.
—¿Tan canalla fui, Molly? —susurró para sí mismo, mirando el nombre del padre de ella en la pantalla—. ¿Ni siquiera tienes la iniciativa de confirmarlo tú misma? Pues si así lo prefieres, que así sea.
En ese momento, Stefan entró al despacho con su habitual energía, aunque hoy se detuvo al ver la expresión de su amigo. Se sentó en el borde del escritorio, cruzando los brazos.
—Vaya cara de funeral, Axel. ¿No me digas que el contrato se cayó? —preguntó Stefan, intentando aligerar el ambiente.
—No, al contrario. El viejo Dumont ya firmó. Tenemos el acuerdo —respondió Axel, señalando la pantalla con un gesto seco—. Pero ella no ha dicho ni una palabra. Ha dejado que su padre se encargue de todo. Supongo que mi desplante en Madrid fue suficiente para que no quiera volver a dirigirme la palabra en su vida.
Stefan soltó una carcajada corta, pero sus ojos denotaban lealtad.
—Hombre, admítelo, te portaste como un idiota. Saliste corriendo como si hubieras visto a un fantasma. Pero me extraña de ella, ¿sabes? Por lo que vi en Madrid, esa chica no es de las que se esconde detrás de papá. Es una guerrera. Quizás solo está dándote una lección de humildad, que buena falta te hace.
Axel suspiró, dejando que sus hombros cayeran un poco. Ya no era el CEO calculador; era un hombre sintiéndose genuinamente mal por haber herido a alguien.
—Tal vez tengas razón. Pero me duele este silencio, Stefan. Siento que rompí algo que ni siquiera habíamos empezado a construir.
Mientras tanto, al otro lado del océano, en una suite de hotel en Nueva York, Chloe Vane caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Eran las tres de la mañana para ella, pero el sueño era lo último en su lista de prioridades. Había llamado a Molly cincuenta veces. Cincuenta.
—No me jodas, Molly... tú no eres así —murmuró Chloe, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Sin pensarlo dos veces, decidió marcar el número directo de Julien Dumont. Sabía que era tarde en Suiza, pero el instinto de mejor amiga le gritaba que algo estaba terriblemente mal. Al tercer tono, la voz de Julien respondió, pero no era la voz firme del magnate que ella conocía.
—¿Julien? Soy Chloe... —comenzó ella, pero se detuvo al escuchar un sollozo ahogado del otro lado.
—Chloe... hija mía... —la voz de Julien se rompió por completo. Entre lágrimas y frases entrecortadas, le confesó el horror del accidente, el estado de coma de Molly y la soledad de ese pasillo de hospital—. Tienes que escucharme bien, Chloe. Nadie, absolutamente nadie puede saber esto. La empresa está en peligro, y ella... ella está más vulnerable que nunca. He blindado el hospital.
Chloe sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies. Sus rodillas fallaron y se dejó caer sobre la alfombra, con las lágrimas desbordándose. Su hermana de vida, su otra mitad, estaba luchando por respirar.
—Voy para allá, Julien. Tomaré el primer vuelo. No la dejes sola, por favor... dile que ya voy.
Colgó el teléfono y, con manos temblorosas, empezó a meter ropa en una maleta de forma errática. No le importaba el trabajo, no le importaba Nueva York. Molly la necesitaba.
En el hospital de Zúrich, el olor a desinfectante y el pitido rítmico de los monitores creaban una atmósfera de suspensión temporal. El Dr. Lukas Weber se acercó a Julien, quien no se había movido de la silla frente a la unidad de cuidados intensivos.
—Julien, puedes pasar —dijo el médico con suavidad—. Pero solo unos minutos. Necesita estabilidad.
Julien entró en la habitación con pasos vacilantes. Ver a su hija, siempre tan llena de fuego y vida, ahora reducida a una figura frágil envuelta en tubos y vendas, fue como recibir un golpe directo al alma. Se acercó a la cama y tomó su mano pálida y fría, cubriéndola con las suyas, que temblaban sin descanso.
—Perdóname, mi vida —susurró Julien, inclinándose sobre ella—. Perdóname por no haber estado ahí.
Sus ojos se volvieron oscuros mientras miraba las heridas de Molly. Su instinto de padre y de hombre de poder se fusionaron en una promesa silenciosa.
—Te lo juro, Molly... si esto fue una agresión directa, si alguien se atrevió a tocarte a propósito para llegar a mí... voy a encontrar al culpable. Y deseará no haber nacido. No descansaré hasta que paguen por cada gota de sangre que has perdido.
El sol ya se estaba ocultando tras las montañas suizas cuando Chloe llegó al hospital. Había volado en una nube de pánico y cafeína, sorteando la seguridad que Julien había impuesto con una sola palabra clave. Al llegar al pasillo de la UCI, vio a Julien y se lanzó a sus brazos en un abrazo compartido de pura agonía.
—¿Dónde está? —preguntó Chloe con la voz ronca de tanto llorar.
Julien señaló la puerta de cristal. Chloe se acercó lentamente. Al ver a Molly, su amiga, la persona con la que había saltado en la cama de Madrid hace apenas unas horas, se desarmó por completo. Se apoyó contra el vidrio, deslizándose hasta el suelo mientras sollozaba sin consuelo.
—No, Molls... no tú —gemía Chloe, tapándose la boca para no gritar—. Despierta, por favor. Tenemos tantos planes... no me dejes sola en esto.
Al mismo tiempo, en el centro de la ciudad, Axel terminaba su jornada. Se puso su abrigo largo y caminó hacia el ascensor junto a Hans. El silencio entre ellos era pesado.
—Hans —dijo Axel de repente, deteniéndose antes de entrar al coche—. Mañana a primera hora, búscame un ramo de peonías blancas. Y programa una visita a su oficina. No me importa que esté enfadada conmigo; voy a disculparme en persona. Necesito verla a los ojos y saber que está bien.
Hans asintió, pero en su interior sentía una extraña inquietud que no sabía explicar.
—Lo haré, señor Brunner.
Axel subió al coche y miró por la ventana hacia las luces de la ciudad, sin sospechar que, mientras él planeaba una reconciliación romántica, a solo unos kilómetros de distancia, la mujer que lo ignoraba estaba sumergida en una oscuridad profunda, y su mejor amiga lloraba sobre un suelo de hospital jurando venganza.
Axel cerro los ojos en el coche, murmurando:
—Mañana te encontraré, Molly. Mañana lo arreglamos todo.