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Lo Que El Silencio Esconde

Lo Que El Silencio Esconde

Status: Terminada
Genre:Apocalipsis / Aventura / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:495
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Lo que el silencio esconde

Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.

Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.

Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.

Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.

Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: La llamada desde la cabina

Horas antes de que Lucía encontrara la puerta entreabierta y la mano ensangrentada en el picaporte, Daniel caminaba hacia la biblioteca.

Pero no iba directo.

Se detuvo en una cabina telefónica a dos cuadras. De esas que ya casi nadie usa, con los vidrios rayados y el olor a orín. Metió una moneda, marcó un número de memoria y esperó.

El auricular vibraba en su mano. No de la línea. De sus propios nervios.

—Dime —respondió una voz grave al otro lado.

Daniel tragó saliva. Miró a un lado y otro antes de hablar.

—Ya está hecho. El libro está en su sitio. Ella lo encontrará.

—¿Y el mensaje?

—Escrito. Con su letra. Tal como pediste.

Hubo un silencio. Luego, un suspiro que sonó más a amenaza que a alivio.

—¿Crees que Lucía sospeche algo?

Daniel cerró los ojos. La pregunta llevaba días rondándole la cabeza. Desde que aceptó participar en aquel juego sucio. Desde que traicionó la confianza de la única persona que lo veía como un amigo.

—No lo sé —respondió con honestidad—. Es más lista de lo que parece. Y últimamente… la noto diferente. Como si algo dentro de ella estuviera despertando.

—¿Despertando? —la voz grave se burló—. ¿O recordando?

Daniel no respondió. No hacía falta.

—Escúchame bien, Daniel —continuó el hombre—. Tú solo haz lo que te dije. Abre la puerta. Déjalo todo preparado. Y luego desapárece. No quiero que estés allí cuando ella llegue.

—¿Y si viene antes de tiempo?

—Por eso te pago, Daniel. Para que calcules bien los tiempos. Ella vendrá después de las diez. Lo sé. La conozco mejor que tú.

Daniel apretó el auricular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—No me dijiste que habría sangre —susurró, y su voz tembló al decirlo.

—¿Te asusta la sangre, Daniel? Para un hombre de tu edad…

—No me asusta. Me asusta lo que representa. Esto ya no es solo asustarla. Esto es… esto es otra cosa.

El silencio al otro lado fue breve pero denso.

—Hace catorce años que espero esto —dijo el hombre, y su voz perdió toda burla—. Catorce años. Tú no sabes lo que es cargar con algo así. Yo sí. Y ella también, aunque no lo recuerde. La sangre es necesaria. Para que despierte. Para que deje de esconderse.

—¿Y si no despierta? ¿Y si se rompe del todo?

—Entonces habré perdido catorce años. Pero no creo que pase. Lucía es más fuerte de lo que ella misma cree.

Daniel quiso decir algo más. Quiso preguntar quién era realmente aquel hombre. Quiso saber por qué ella. Por qué él. Por qué todo.

Pero no lo hizo.

Colgó el auricular con mano temblorosa y salió de la cabina. El aire de la mañana le dio en la cara, pero no logró refrescarle la conciencia.

Caminó hacia la biblioteca con paso lento, arrastrando los pies como quien va al matadero. Abrió la puerta con su llave. Entró. Cerró detrás de él.

Dentro, todo estaba en orden. El silencio de los libros. La luz tibia. Su rincón favorito. Pero aquella mañana, aquel lugar que siempre fue su refugio, le pareció una trampa.

Fue a la trastienda. Abrió un cajón cerrado con llave. Sacó un pequeño frasco de vidrio. Líquido rojo. Demasiado real para ser falso.

—Perdóname, Lucía —susurró al vacío—. No sé cómo voy a vivir con esto.

Vertió un poco sobre su propia mano. Luego, con los dedos manchados, agarró el picaporte.

El rojo quedó marcado. Brillante. Acusador.

Daniel se limpió la mano con un trapo y guardó el frasco. Miró el reloj. Faltaba media hora para que Lucía llegara.

Salió por la puerta trasera, la que daba a un callejón oscuro. No miró atrás. No se atrevió.

Mientras caminaba hacia ninguna parte, una pregunta le mordía la conciencia:

¿Y si ella descubre la verdad? ¿Y si descubre que fui yo quien puso el libro? ¿Quien escribió el mensaje? ¿Quien manchó el picaporte de algo que ni siquiera es sangre?

Pero lo peor no era eso.

Lo peor era que él mismo ya no sabía si aquel líquido rojo era falso o no.

Porque el hombre de la voz grave le había dicho: "Confía en mí. Es solo teatro."

Pero Daniel llevaba demasiados años en este mundo para seguir confiando en nadie.

Y menos en él.

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