Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
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Capítulo 10: El Problema de Tener un Esposo Intimidante
Descubrí algo importante esa semana.
No era el consejo.
No era Ivar.
No era el sabotaje elegante disfrazado de auditoría.
El verdadero problema era que mi esposo intimidaba demasiado bien.
—¿Por qué lo miraste así? —preguntó Cassian.
—¿Cómo?
—Así.
Parpadeé.
Estábamos en el despacho, revisando informes. O intentando hacerlo. Porque desde la reunión con el consejo, Cassian parecía especialmente… atento.
—Miré a Ivar porque estaba hablando —respondí con paciencia.
—Lo miraste durante cinco segundos.
—Eso es lo que dura una frase.
Silencio.
—Fueron seis.
Lo miré lentamente.
—¿Estás cronometrándome?
—Estoy observando.
—Eso suena peor.
Cassian no parecía avergonzado.
—No confío en él.
—Yo tampoco.
—Entonces no le sostengas la mirada tanto tiempo.
Ah.
Sonreí lentamente.
—¿Eso es una orden política… o marital?
Silencio.
Sus ojos descendieron apenas.
—Ambas.
Tuve que contener la risa.
—Cassian, si cada vez que alguien me mira vas a fruncir el ceño, el imperio va a asumir que soy propiedad estatal.
—Eres mi esposo.
—Eso no significa que debas parecer a punto de declarar guerra cada vez que alguien me sonríe.
Un segundo.
Luego, muy serio:
—Depende de la sonrisa.
Lo observé.
Con atención.
—Estás celoso.
—Estoy evaluando riesgos.
—Claro.
Me levanté y caminé alrededor del escritorio.
—¿Quieres que deje de hablar con él?
—No.
—¿Que no lo mire?
—No.
—¿Entonces?
Se puso de pie también.
—Quiero que recuerde que no está interactuando con alguien vulnerable.
—¿Y cómo propones que haga eso?
Silencio.
Su mirada cambió.
Esa mirada.
La que significaba que iba a hacer algo dramático.
Se acercó.
Me tomó suavemente del mentón.
No brusco.
Pero claramente visible si alguien entraba.
—Así.
Mi pulso dio un pequeño salto.
—Eso es innecesario.
—Es eficiente.
—Es intimidante.
—Exactamente.
No pude evitar reír.
—El problema no es Ivar, Cassian.
—¿Ah no?
—El problema es que tú te vuelves territorial cuando sospechas algo.
Sus pupilas se dilataron apenas.
—No soy territorial.
—Ayer ordenaste que cambiaran la disposición de asientos porque él estaba demasiado cerca.
—Era logística.
—Claro.
Silencio.
Luego añadió, con completa seriedad:
—No me gustó cómo inclinó el cuerpo hacia ti.
Me crucé de brazos.
—Eso se llama conversación.
—Eso se llama invasión de espacio personal.
Sonreí suavemente.
—Me gusta que te importe.
El aire cambió.
Un segundo antes era discusión ligera.
Ahora era algo más íntimo.
—No es solo eso —dijo en voz más baja.
—¿Entonces qué es?
Silencio.
—No quiero que te utilicen para desestabilizarme.
Ah.
Ahí estaba el núcleo real.
No era celos simples.
Era estrategia emocional.
Me acerqué un paso.
—Entonces no lo permitas.
—No siempre puedo intervenir.
—No necesitas hacerlo.
Lo miré directamente.
—No soy ingenuo.
Sus ojos me recorrieron con una intensidad distinta.
No evaluadora.
Reconociendo.
—Lo sé.
Silencio.
—Eso es lo que me preocupa.
Parpadeé.
—¿Por qué?
—Porque cuando eres consciente del juego… puedes decidir jugarlo.
Sonreí lentamente.
—¿Y si ya lo estoy haciendo?
Ah.
Eso sí lo tomó por sorpresa.
Un leve cambio en su expresión.
Sutil.
Pero real.
—Explícate.
Me senté en el borde del escritorio.
—Si Ivar cree que puede analizarme, que lo haga. Si cree que puede provocar una reacción, que lo intente.
—Eso es arriesgado.
—Lo es.
Silencio.
—Pero si detecta que tú reaccionas primero, entenderá que la grieta no está en mí.
Cassian no respondió de inmediato.
Pensó.
Siempre pensaba.
Luego:
—Quieres que crea que tiene espacio.
—Quiero que crea que puede acercarse lo suficiente para equivocarse.
El silencio se volvió más denso.
Y por primera vez desde que llegó Ivar…
Cassian sonrió.
Apenas.
—Eso es imprudente.
—Eso es divertido.
—No estamos jugando.
—Siempre estamos jugando.
Un segundo.
Luego se acercó de nuevo.
Demasiado cerca.
—No confundas diversión con descuido.
—No confundas protección con asfixia.
Silencio.
Sus dedos rozaron mi muñeca.
—No te estoy asfixiando.
—Aún no.
Eso provocó algo distinto.
Un brillo leve en su mirada.
—¿Eso fue una advertencia?
—Fue un recordatorio.
Se inclinó ligeramente.
—Ten cuidado con lo que provocas.
Mi corazón latía un poco más rápido.
Pero no por miedo.
Por anticipación.
—Siempre lo hago.
En ese momento, golpes suaves en la puerta.
Ambos nos separamos apenas.
Ivar entró.
Perfectamente sereno.
—Duque. Señor Elian.
Sus ojos recorrieron la distancia entre nosotros.
Calculando.
Interesante.
—Los documentos de auditoría preliminar están listos —anunció.
Cassian tomó los papeles sin mirarlo demasiado.
—Déjelos.
Ivar asintió.
Pero antes de retirarse, me dirigió una mirada sutil.
—Confío en que su reciente intervención en el consejo fue… espontánea.
Sonreí con suavidad.
—Siempre digo lo que pienso.
—Eso puede ser peligroso.
—Solo si alguien teme escucharlo.
Silencio.
Cassian no intervino.
Y eso fue intencional.
Ivar inclinó la cabeza y se retiró.
Cuando la puerta se cerró, exhalé.
—Está tanteando.
—Sí.
—Y quiere provocar una reacción emocional.
—Sí.
Lo miré.
—No se la des.
Silencio.
Sus ojos descendieron hacia mí.
—No planeo hacerlo.
—Bien.
Me giré para volver al escritorio.
Pero antes de dar un paso, su mano me detuvo.
—Elian.
Me giré.
Su expresión era distinta.
Menos política.
Más personal.
—No confundas mi control con indiferencia.
Mi pulso se alteró apenas.
—No lo hago.
—Y no confundas mis celos con debilidad.
Oh.
Eso sí era interesante.
—¿Celos? —repetí suavemente.
Un segundo.
Dos.
—Sí.
La honestidad fue directa.
Sin teatralidad.
Sin orgullo.
Solo verdad.
Sonreí lentamente.
—Eso no me molesta.
—No debería agradarte demasiado.
—Un poco sí.
Silencio.
Su pulgar rozó mi muñeca.
—Eres problemático.
—Lo sé.
—Y disfrutas empujar límites.
—Contigo.
Sus pupilas se dilataron apenas.
—Eso también es peligroso.
—Para ti.
Un segundo de tensión suspendida.
Luego, casi en un murmullo:
—Tal vez me guste el peligro.
Y ahí estaba.
No solo política.
No solo estrategia.
No solo supervivencia.
Había algo creciendo entre nosotros que no estaba en ningún informe.
Ni en ninguna auditoría.
Ni en ningún consejo.
Y eso…
Eso sí era verdaderamente impredecible.
Porque un villano estratégico puede anticipar traiciones.
Pero cuando empieza a disfrutar que alguien desafíe su control…
El juego cambia.
Y yo estaba empezando a sospechar que el verdadero problema no era el consejo.
Ni Ivar.
Ni el capítulo 23.
El verdadero problema era que mi esposo intimidante…
Estaba empezando a enamorarse.
Y yo no tenía ninguna intención de detenerlo. 😏🔥