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La Frecuencia Del Barro

La Frecuencia Del Barro

Status: En proceso
Genre:Apoyo mutuo / Mundo de fantasía / Polos opuestos enfrentados / Sci-Fi
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Ji-Hoon Kang, un genio de la acústica de Seúl, vive atrapado en una corporación que produce buen sonido. Se cansa del mundo frío y artificial de León, Nicaragua, y vive en un universo diferente que está vivo, es imperfecto y está lleno de recuerdos de estos lugares y de cada uno de ellos. Allí Xiomara Aguilar, arquitecta que lidia con su memoria emocional de los espacios, y tanto ella como Ji-Hoon lo ayudan a reconstruir el Teatro de la Merced, un lugar donde el barro y la madera forman un sonido fantástico. Pero su antigua corporación quiere usar esa esencia para comercializarla. Entre los viejos túneles y el poder de la tierra, Ji-Hoon debe decidir qué camino elegir: regresar a lo artificial o quedarse como el "Ingeniero de Barro" y proteger una frecuencia que puede cambiar la forma en que el mundo escucha la vida.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 13: El Eco de las Ausencias y el Invitado de Piedra

La resaca de la gloria es un silencio extraño. Tres días después de la gran inauguración, el Teatro de la Merced no estaba lleno de aplausos, sino de un vacío vibrante. Ji-Hoon caminaba por el pasillo central, escuchando cómo el crujido de sus botas era devuelto por las paredes con una fidelidad asombrosa.

Había pasado de ser un fugitivo a ser una celebridad local, pero el peso de la carta de su madre y el cheque de su padre —ese "soborno" disfrazado de inversión— le quemaba en el bolsillo de la guayabera.

—¿Otra vez analizando el aire, chele? —la voz de Xiomara llegó desde el escenario. Estaba sentada en el suelo, rodeada de planos nuevos, con un lápiz tras la oreja y una mancha de pintura roja en la mejilla.

—No es el aire, Xiomara —respondió Ji-Hoon, subiendo al escenario—. Es la inercia. Durante seis meses mi única meta fue que este lugar no se cayera y que sonara bien. Ahora que lo logramos... me siento como un sensor sin señal.

Xiomara soltó una carcajada y le lanzó un borrador de migajón que Ji-Hoon atrapó en el aire.

—Eso se llama "aterrizar", ingeniero. Bienvenido a la vida normal. Ahora el problema no es que el techo se caiga, sino cómo vamos a pagar la luz el mes que viene y quién va a limpiar las butacas después de que los niños de la escuela vengan a la función de títeres.

El Dilema del Dinero ManchadoJi-Hoon se sentó a su lado y sacó el cheque de Kang Solutions. El papel, de un azul pálido y con caracteres coreanos elegantes, parecía un objeto alienígena sobre la madera vieja del teatro.

—Es el dinero de mi padre —dijo él—. Mi madre dice que es una "inversión técnica". Son cincuenta mil dólares, Xiomara. Con esto podríamos terminar el conservatorio en el segundo piso, comprar instrumentos reales para la orquesta municipal... y asegurar tu salario por los próximos cinco años.

Xiomara dejó de escribir. Miró el cheque y luego miró a Ji-Hoon. Sus ojos, que solían ser una fuente de alegría inagotable, se volvieron serios, casi duros.

—Ese dinero tiene un precio, Ji-Hoon. Vos lo sabés mejor que nadie. En el momento en que deposités ese papel en el banco, el Director Kang vuelve a ser el dueño de un pedacito de este lugar. Y vos volvés a ser su empleado, aunque sea a diez mil kilómetros de distancia.

—Lo sé —susurró él—. Pero mira a tu alrededor. Los instrumentos de los muchachos están pegados con cinta adhesiva. El techo del camerino sigue filtrando agua cuando llueve fuerte. ¿Es orgullo o es pragmatismo?

—Es dignidad —replicó ella, levantándose—. Si aceptamos ese dinero para "comprar" la paz, le estamos diciendo que su forma de hacer las cosas ganó. Que al final, todo tiene un precio, incluso tu libertad. Guardá ese papel, Ji-Hoon. O quemalo. Nosotros vamos a levantar este conservatorio con las uñas, como hicimos con el resto.

La Sombra en el HotelEsa tarde, Ji-Hoon regresó al Hotel El Convento. Ya no tenía que esconderse, pero mantenía la costumbre de entrar por la puerta lateral. Al llegar a la recepción, el recepcionista le entregó una llave que no era la de su habitación.

—Un caballero dejó esto para usted, Ingeniero Kang. Dijo que lo esperaría en la terraza del tercer piso. Dijo que era... un viejo amigo de la familia.

Ji-Hoon sintió un escalofrío. Subió las escaleras, con el corazón marcando un ritmo de advertencia. Al llegar a la terraza, que dominaba la vista de las cúpulas de la Catedral y los tejados rojos de León, no encontró a Min-Seok.

Encontró a un hombre mayor, vestido con un traje de seda gris perla, bebiendo un café negro con una parsimonia que dictaba el orden del universo. No era su padre. Era el Tío Park, el hermano menor de su madre y el único hombre que el Director Kang respetaba.

—Ji-Hoon-ah —dijo el hombre, sin darse la vuelta—. Tienes el bronceado de un campesino y las manos de un obrero. Tu madre lloraría si te viera, pero yo... yo creo que por fin te pareces a tu abuelo, el que construía barcos en Busan.

—Tío Park —dijo Ji-Hoon, inclinándose por instinto—. ¿Qué haces aquí? Mi padre no envía a su mejor consejero solo para ver mi bronceado.

—Tu padre está furioso, sí —asintió Park, señalando la silla frente a él—. Pero también está asustado. El "Efecto León" ha llegado a la junta directiva en Seúl. Los accionistas jóvenes están preguntando por qué el diseño acústico más innovador de la década se hizo en un teatro de adobe en Centroamérica y no en el nuevo complejo de Daegu.

Park dejó la taza sobre la mesa con un clic metálico.

—Vengo con una oferta, Ji-Hoon. No es una orden. Es una salida. La empresa quiere comprar la patente del "Sistema de Resonancia de Ámbar" que inventaste. Te ofrecen un contrato de consultoría externa. Puedes quedarte aquí, vivir en esta ciudad, pero la tecnología será de Kang Solutions. A cambio, te devolverán tu herencia y dejarán de presionar legalmente a la familia de la arquitecta.

El Laberinto de la LealtadJi-Hoon miró hacia el horizonte. Podía ver el Teatro de la Merced desde allí. Parecía tan pequeño y frágil frente al poder de un imperio transnacional.

—¿Y si me niego? —preguntó Ji-Hoon.

—Si te niegas, tu padre usará el cheque que te envió —Park sonrió con tristeza—. Si lo cobras, es aceptación tácita de financiamiento corporativo. Si no lo cobras, él demandará al Estado nicaragüense por "apropiación de tecnología privada", alegando que los sensores fueron desarrollados con recursos de la empresa antes de tu renuncia. El amparo de Montoya es fuerte, pero una demanda internacional de patentes puede congelar el teatro por años. Nadie podrá tocar un instrumento ahí hasta que el juicio termine.

Ji-Hoon sintió que el suelo se abría. Era la jugada maestra. Su padre no quería llevarlo de vuelta; quería ser el dueño de su genio, o destruirlo para que nadie más pudiera tenerlo.

La Noche de las DecisionesEsa noche, Ji-Hoon no fue a la casa de Xiomara. Se quedó en el teatro, a oscuras, sentado en el centro del escenario. Activó el sistema de sonido y dejó que el ruido del viento exterior llenara la sala.

¿Qué valía más? ¿La pureza del proyecto o la supervivencia del mismo? Si vendía la patente, el teatro se salvaba, pero él se convertía en el esclavo dorado de su padre otra vez. Si peleaba, el teatro cerraría sus puertas por tiempo indefinido, silenciando la voz que tanto le había costado encontrar a Xiomara.

Sacó su tableta y empezó a escribir un código. No era un código de mejora. Era un código de destrucción.

A las tres de la mañana, Xiomara entró al teatro. Lo encontró iluminado solo por el resplandor de la pantalla.

—El Tío Park está aquí, ¿verdad? —preguntó ella, su voz suave pero cargada de una intuición afilada—. Vi el coche de lujo en el hotel.

—Vienen por el alma del teatro, Xiomara —dijo Ji-Hoon, mostrándole los planos digitales del sistema de ámbar—. Quieren la patente. Quieren volver esto un producto de lujo para auditorios de cristal en Dubái y Londres.

Xiomara se acercó y le puso una mano en el hombro.

—¿Y qué vas a hacer, chele?

—Voy a hacer lo que cualquier ingeniero que ha aprendido de Nicaragua haría —dijo Ji-Hoon con una sonrisa sombría—. Voy a darles lo que quieren. Pero no va a funcionar sin nosotros.

—No entiendo —dijo ella.

—La patente describe la posición de los sensores y la composición de la resina —explicó Ji-Hoon—. Pero el sistema se calibra basándose en la porosidad del adobe y la humedad específica de León. Si intentan instalar esto en un edificio de concreto en Seúl, sonará como una lata de conservas. El secreto no es la tecnología, Xiomara. El secreto es el lugar.

El Pacto del DiabloA la mañana siguiente, Ji-Hoon se reunió con el Tío Park en el lobby del hotel. Llevaba una memoria USB y un contrato firmado.

—Aquí está todo, Tío. Los algoritmos, los planos de los sensores y la fórmula química de los resonadores.

Park tomó la memoria, sorprendido por la rapidez de la rendición.

—Has tomado la decisión correcta, Ji-Hoon-ah. Tu padre estará... satisfecho.

—Dile que el dinero del cheque ya ha sido transferido a la cuenta de la orquesta infantil de León —dijo Ji-Hoon, levantándose—. Y dile que espero que disfrute del "Sonido de León" en sus oficinas de mármol. Pero que no se olvide de una cosa: el sonido necesita aire para viajar. Y en Seúl, el aire está demasiado comprimido por el ego.

Park se fue, y Ji-Hoon regresó al teatro. Xiomara lo esperaba en la entrada, con una escoba en la mano y una mirada de duda.

—¿Ya somos ricos y traidores? —preguntó ella.

—Somos libres, Xiomara —respondió él, abrazándola—. He vendido un cascarón vacío. Ahora, tenemos que empezar a diseñar la Fase 2. Algo que no use sensores electrónicos. Algo que use solo arquitectura y física natural. Algo que nadie pueda robarnos porque estará construido en los cimientos mismos de la tierra.

Xiomara sonrió y le dio un beso que sabía a victoria y a conspiración.

—Entonces, ingeniero, dejá de hablar y agarrá esa pala. Tenemos que empezar a cavar el foso de resonancia bajo el escenario. Y esta vez, no vamos a usar ni un solo cable.

En Seúl, meses después, los ingenieros de Kang Solutions se volverían locos intentando replicar el sistema, sin entender por qué en sus edificios perfectos el sonido seguía saliendo muerto. Mientras tanto, en León, un teatro de barro empezaba a vibrar con una potencia que desafiaba a la ciencia, movido solo por el viento, la madera y el secreto de dos amantes que habían aprendido que la tecnología más avanzada es, simplemente, saber escuchar.

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