Otto Bonanno no conoce límites. Don de la Cosa Nostra, él es la ley y la sentencia, un hombre formado para mandar con la fuerza, el miedo y la sangre. Para él, nada es más importante que el poder… hasta ver a Aurora.
Ella no es más que una nueva bailarina contratada para el club. Un rostro delicado, un cuerpo que se mueve en perfecta sincronía con la música —y una luz que no debería desear. Pero Otto no es hombre de resistirse. Es hombre de tomar.
Aurora buscaba un nuevo comienzo, lejos de las marcas del pasado, pero acabó cayendo directamente en las garras del depredador más peligroso de la ciudad. Ahora, cada paso, cada suspiro y cada mirada suya le pertenecen.
Entre el placer prohibido y la prisión de un amor obsesivo, ella tendrá que elegir: rendirse al Don o luchar contra un enemigo imposible de derrotar.
Porque Otto Bonanno no se enamora.
Él domina.
NovelToon tiene autorización de Jessilane Santos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
Aurora
El sonido de los tacones resonaba por los largos pasillos de la mansión Bonanno, acompañando el compás acelerado de mi corazón. Cada paso era un intento de alejarme de él — y, aún así, el maldito eco parecía repetir el nombre de Otto a cada latido.
Fui tonta al pensar que podría jugar con él y salir ilesa.
"Mi Futura Esposa"
Sus palabras aún danzaban en mi cabeza, quemándome por dentro. El Don no solo me había desafiado delante de sus hombres — me reivindicaba. Sin permiso. Sin siquiera mirarme antes de sellar la sentencia con la voz firme y fría que hacía que hasta los más peligrosos bajaran la mirada.
Pero yo no era una subordinada.
Yo nunca lo sería.
Crucé el salón vacío, las luces reflejando el brillo de mi vestido. Cada curva, cada doblez del tejido parecía recordarme a mí misma el error que cometí. El negro. Lo elegí para provocarlo — y lo conseguí. Su mirada, cuando me vio entrando al salón, fue una mezcla de rabia, deseo y posesión. Aquel tipo de mirada que promete el paraíso y el infierno en el mismo toque.
Y, por un segundo, juro que deseé los dos.
Subí las escaleras despacio, intentando respirar hondo, pero el perfume de él aún estaba pegado a mi piel. Whisky, humo y peligro. Otto Bonanno era el tipo de hombre que el mundo temía, y yo… yo lo desafiaba como si tuviera el poder de vencerlo.
Tal vez fuera eso lo que más lo irritaba.
O lo que más lo fascinaba.
Abrí la puerta de la habitación, y la cerré tras de mí, apoyando la espalda en la madera fría. Por un instante, me quedé allí, en silencio, dejando que el cuerpo se relajara. El vino aún quemaba en la garganta, el corazón aún latía rápido, y las palabras de él continuaban persiguiéndome.
"Ya es un hecho."
Insolente. Arrogante. Maldito Don.
Tiré los tacones al suelo, me quité los pendientes, y caminé hasta el closet, paré frente al espejo. La mujer que me miró de vuelta era una mezcla peligrosa de orgullo y vulnerabilidad. El pintalabios rojo estaba intacto, pero la mirada… la mirada denunciaba todo lo que yo intentaba esconder.
Rabia. Deseo. Y Miedo.
Sí, miedo.
Porque Otto me veía como nadie jamás me vio. Él veía a través de mis defensas, de las provocaciones, de las ironías. Era como si supiera exactamente dónde tocar, qué decir, qué callar — y eso me desarmaba más que cualquier amenaza.
Yo debía odiarlo.
Pero cada vez que él se acercaba, mi cuerpo olvidaba lo que mi mente gritaba.
Suspiré, dándole la espalda al espejo, y fue entonces que oí los pasos. Firmes. Pesados. Lentamente acercándose.
Mi estómago se contrajo.
La puerta del closet se abrió antes de que pensara en cerrarla con llave.
Otto entró sin pedir permiso — claro que no pediría — paró en medio del closet. El traje negro aún perfecto, la mirada oscura, peligrosa, y aquella aura sofocante que parecía dominar el aire.
Aurora- Se toca antes de entrar, Don Bonanno.
Murmuré, sin girarme completamente.
Otto- No cuando la puerta lleva hasta algo que me pertenece.
Respondió él, con la voz baja, ronca, cargada de autoridad.
Rodé los ojos y reí, sin humor.
Aurora- "¿Pertenece"? Usted confunde deseo con posesión, Don. Y me encanta verlo engañarse.
Él se acercó un paso. Después otro. El sonido de sus botas contra el mármol parecía un aviso.
Otto- Y tú tienes manía de provocarme solo para ver hasta dónde puedo llegar, Aurora.
Dijo, parando detrás de mí.
Otto- ¿De verdad crees que no me doy cuenta?
Aurora- Se da cuenta, sí.
Susurré, sintiendo el calor de él detrás de mí.
Aurora- Y le encanta.
El silencio que vino después fue denso, eléctrico. Yo podía sentir la respiración de él rozando mi cuello, el olor de su perfume mezclado al humo de cigarro.
Aurora- Usted debería odiarme, Otto. Porque nunca voy a dar aquello que usted tanto quiere.
Hablé, casi sin voz.
Otto- Te quiero, sí.
Él confesó, la voz grave, cálida.
Otto- Y no lo niego. Pero lo que me enfurece… es que tú me quieres del mismo modo y finges que no.
Me giré, enfrentándolo.
La mirada de él me alcanzó como una corriente. Había deseo, sí, pero también algo más profundo, algo que me asustaba. Él no me miraba como un hombre mira a una mujer. Miraba como un predador encara a su presa y, al mismo tiempo, como alguien que teme lo que va a hacer cuando la alcance.
Aurora- Usted no sabe nada sobre lo que yo quiero.
Mentí, intentando sonar firme.
La comisura de la boca de él se curvó, una sonrisa lenta, casi cruel.
Otto- Sé lo suficiente para percibir cuando una mujer está temblando y no es de miedo.
El aire pareció enrarecerse.
Aurora- Usted es insoportable. Pero, mire… eso me excita más de lo que debería.
Murmuré, el corazón martilleando en el pecho.
Otto- Y tú eres un tormento.
Él respondió, apoyando la frente en la mía.
Otto- Pero si sigues desafiándome así, dolcezza… un día no voy a parar.
Por un segundo, pensé que él iba a besarme. Quise que me besara. Y me odié a mí misma por eso.
Pero él se alejó, los ojos aún clavados en los míos, la respiración pesada.
Otto- Vete a dormir, Aurora.
Dijo por fin, con la voz cargada de amenaza y deseo.
Otto- Porque si me quedo aquí un minuto más, juro que esta casa entera va a oír lo mucho que me provocas.
Y salió.
La puerta se cerró tras de él, y el silencio volvió.
Pero el cuerpo… el cuerpo aún ardía.
Y yo sabía — con la misma claridad con que sentía la sangre pulsar en las venas — que, por más que yo luchara contra eso, Otto Bonanno ya estaba dentro de mí.
No como dueño.
Sino como maldición.