Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 13.
El camino de regreso a la mansión fue un desastre de sensaciones. Mis piernas temblaban, mis labios estaban hinchados y sentía el peso del sudor de Aidan secándose sobre mi piel. Íbamos en silencio, pero no era un silencio incómodo; era el silencio de dos fieras que acababan de devorarse. Al llegar al linde del jardín principal, cerca de la fuente de piedra, la silueta de Dorian apareció como un cuervo negro esperando su presa.
Estaba impecable, con un traje gris que costaba más que mi coche, fumando con una calma que me dio escalofríos. Cuando nos vio salir de entre los pinos, despeinados, con la ropa manchada de barro y las miradas encendidas, su expresión no cambió, pero sus ojos... sus ojos se volvieron dos pozos de odio puro.
Aidan dio un paso al frente, con esa arrogancia que ahora yo conocía tan bien, pero esta vez fui yo quien lo apartó con la mano. No necesitaba un guardaespaldas.
—Vaya, vaya —soltó Dorian, tirando el cigarrillo al suelo y pisándolo con la punta de su zapato italiano—. Veo que la "exploración" por el lago fue... productiva. ¿Te diviertes ensuciándote en el lodo como una colegiala, Iris?
Me detuve frente a él. Sentía la mirada de Aidan clavada en mi nuca, pero no me importó. Me enderecé, ignorando el hecho de que mi blusa estaba rota y que tenía hojas de pino en el pelo.
—No me hables así, Dorian —le solté, con una voz tan fría que hasta Aidan se quedó quieto—. Sé perfectamente lo que estás pensando. Sé lo que sientes, lo supe siempre. Vi cómo me mirabas en cada cena, en cada evento, esperando un descuido. Pero deja de actuar como si fueras el juez de mi moral.
Dorian dio un paso hacia mí, ignorando a su hermano. Su mandíbula estaba tan tensa que juré que se le romperían los dientes.
—Te di una oportunidad, Iris. Te ofrecí respeto, una posición, alguien que te tratara como la reina que eres. Y eliges revolcarte con este animal en el barro —escupió con un desprecio que me hizo hervir la sangre.
—¿Respeto? —me reí en su cara, una risa amarga que resonó en el jardín—. Me viste como un trofeo, Dorian. Una pieza más para tu colección de éxitos. Y quiero aclararte algo: no me "revolqué" con él por error. Lo hice porque quise. Porque mi cuerpo es mío y yo decido quién lo toca.
Dorian miró a Aidan con una furia asesina y luego volvió a mí.
—Ahora crees que le perteneces —siseó él—. Crees que por una tarde de pasión en el bosque, él es tu dueño.
—Te equivocas —le respondí, acercándome tanto que pude oler su perfume caro mezclado con el tabaco—. Me acosté con tu hermano porque se me antojó, porque lo deseaba hasta los huesos. Pero que te quede claro a ti y que le quede claro a él: Yo no tengo dueño. No soy una propiedad de los Lennox ni un anexo de los Colman. Soy una mujer libre. Aidan no me "reclamó" nada; nos tomamos porque ambos quisimos. No soy un territorio que ustedes puedan conquistar con contratos o con fuerza.
Aidan soltó un gruñido bajo detrás de mí, pero no intervino. Sabía que si abría la boca ahora, yo también le saltaría a la yugular.
—Te veo como un hermano, Dorian —continué, bajando un poco el tono pero manteniendo la firmeza—. Y aunque te duela, aunque te queme el orgullo, eso es lo único que vas a recibir de mí. Si no puedes soportar verme con él, es tu problema, no el mío. No voy a pedir perdón por vivir mi vida.
Dorian se quedó mudo. El golpe a su ego fue directo y brutal. Se dio la vuelta sin decir una palabra, caminando hacia la casa con los hombros rígidos. Sabía que la guerra no había terminado, pero al menos hoy, la reina había recuperado su corona en medio del barro.
La cena de despedida fue una tortura china. Me había bañado tres veces, frotándome la piel hasta que quedó roja, tratando de borrar el rastro de las manos de Aidan, aunque por dentro mi vientre seguía latiendo. Me puse un vestido negro, cerrado hasta el cuello, pero con la espalda al aire. Quería parecer intocable.
Al bajar, el comedor estaba en un silencio sepulcral. Mis padres y la madre de los Lennox hablaban de trivialidades, ajenos al incendio que acababa de ocurrir afuera. Dorian estaba sentado a la cabecera, bebiendo vino como si fuera agua, con la mirada perdida en la chimenea. Aidan estaba frente a mí, con esa media sonrisa que me decía que todavía sentía mi sabor en su boca.
—Iris, querida, estás un poco callada —dijo Rebeca, la madre de Aidan, con dulzura—. ¿Te sentó mal el aire del campo?
—Solo estoy cansada, Rebeca —mentí, pinchando un trozo de carne sin ganas—. Fue un fin de semana... intenso.
—Los negocios siempre son agotadores —intervino mi padre, Rodolfo, levantando su copa—. Pero ha valido la pena. Dorian, Aidan, quiero brindar por esta unión entre nuestras familias. El puerto será nuestro mayor legado.
Dorian levantó su copa con una lentitud exasperante. Sus ojos se clavaron en los míos sobre el borde del cristal.
—Por el legado —dijo Dorian, con una voz que goteaba veneno—. Y por las cosas que se quedan enterradas en el bosque. Esperemos que nada salga a la luz antes de tiempo.
Aidan apretó el tallo de su copa tanto que pensé que la rompería.
—Nada se queda enterrado, Dorian —replicó Aidan, con un tono desafiante—. Algunas cosas simplemente florecen con fuerza, aunque a algunos les moleste el color de las flores.
El resto de la cena fue un campo de minas. Cada vez que Dorian lanzaba una indirecta, Aidan respondía con un ataque velado. Yo me mantenía al margen, actuando como la mujer empoderada que les había gritado en el jardín. No iba a dejar que me usaran como munición en su pelea de machos alfa.
—¿Cuándo regresas a la ciudad, Aidan? —preguntó mi hermano Alejandro, tratando de aliviar la tensión.
—Mañana mismo —respondió Aidan, sin quitarme la vista de encima—. Tengo asuntos pendientes que requieren toda mi atención. Asuntos que no pienso dejar a medias.
Sentí un escalofrío. Sabía que se refería a mí. A nosotros. A esa conexión que nos había quemado en el lodo y que ahora amenazaba con incendiar la mansión entera.
Cuando terminó la cena, nos despedimos en el vestíbulo. Dorian me dio la mano con una frialdad que me caló los huesos. Aidan, en cambio, se acercó a mi oreja mientras fingía darme un beso de despedida protocolario.
—No te acostumbres a la libertad, Iris —susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo—. Porque aunque digas que no tienes dueño, sabes perfectamente quién es el único hombre que puede hacerte gritar así. Nos vemos en la ciudad, pequeña Colman. Esto apenas empieza.
Se alejó con esa caminata de depredador, dejándome allí, en medio de mi familia, sintiéndome más viva y más en peligro que nunca. Subí a mi coche y arranqué, mirando por el retrovisor cómo la mansión de piedra se quedaba atrás.
Había perdido mi inocencia en ese bosque, pero había ganado algo mucho más importante: mi voz. Y ni Dorian con sus millones, ni Aidan con su fuego, iban a volver a silenciarme.