En un mundo donde la superficie de la civilización es solo una máscara para las guerras de castas entre Alfas, Betas y Omegas, la ciudad de Chicago se convirtió en el tablero de ajedrez más sangriento del siglo XXI. La obra narra la colisión de dos linajes destinados a destruirse: la Bratva Volkov, liderada por el implacable y territorial Valerius, y la dinastía Moretti, cuyo último heredero, Dante, fue entrenado como un arma de precisión conocida como "El Fénix".
Lo que comenzó como un matrimonio forzado para evitar una guerra total, se transformó en una devoción absoluta que desafió las leyes de la mafia. A través de traiciones familiares, conspiraciones científicas de la Red Zero y el acecho de padres que veían en sus hijos simples herramientas de poder, Valerius y Dante forjaron un vínculo inquebrantable que mezcló el aroma del roble quemado con vainilla negra
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Capítulo 7: El Amargo Sabor de la Sangre
El amanecer comenzaba a teñir el cielo de un tono violeta enfermizo. El frío era una presencia sólida que entumecía los dedos de Dante mientras arrastraba el cuerpo de Valerius hacia el punto de encuentro en la carretera secundaria. El Alfa estaba perdiendo demasiada sangre; su piel, usualmente oliva y vibrante, lucía ahora como el mármol de una tumba. Sin embargo, su mano seguía apretada en torno al antebrazo de Dante, un agarre posesivo que ni la inconsciencia lograba relajar.
—Ya casi estamos... —susurró Dante, aunque no sabía si se lo decía a Valerius o a sí mismo.
A lo lejos, las luces de un vehículo utilitario parpadearon tres veces. Era la señal de los Moretti. Dante sintió un alivio momentáneo que se convirtió en hielo puro cuando el vehículo se acercó. No era la camioneta blindada de Vincenzo. Era el deportivo plateado de su hermano.
Enzo Moretti bajó del coche, luciendo impecable a pesar de la hora, con un cigarrillo en los labios y una sonrisa que no auguraba nada bueno. Detrás de él, cuatro hombres armados con rifles de asalto apuntaron directamente a la pareja.
—Vaya, vaya... —Enzo soltó una bocanada de humo que se disolvió en el aire gélido—. El pequeño limpiador de la familia rescatando al gran lobo ruso. Papá se va a decepcionar mucho cuando sepa que te has vuelto la mascota de un Volkov, Dante.
Dante se detuvo, sintiendo cómo el peso de Valerius lo anclaba al suelo. El aroma a absenta y vainilla negra del Omega se volvió amargo, cargado de una hostilidad eléctrica.
—¿Qué haces aquí, Enzo? —Dante bajó la mano hacia su Glock, pero los soldados de su hermano amartillaron sus armas al unísono—. Este no es tu sector.
—Vine a recoger la basura —dijo Enzo, señalando con la barbilla a Valerius—. La Red Zero hizo un trabajo mediocre, pero me avisaron que estabas escondido en esta cabaña. Me sorprendió que no me llamaras para pedir ayuda, hermanito. Pero luego recordé lo mucho que te gusta jugar a ser el héroe... o el amante.
Dante sintió una oleada de náuseas. La Red Zero trabajaba para su propio hermano. La traición no venía del exterior; la serpiente siempre había estado en su propio nido.
—Tú los enviaste —siseó Dante—. Tú mataste a nuestros hombres en el puerto solo para deshacerte de Valerius... y de mí.
—Oh, no seas tan dramático. Solo estoy acelerando la sucesión —Enzo dio un paso adelante, su feromona de Alfa intentando aplastar la voluntad de su hermano menor—. Papá es viejo y tú eres demasiado inteligente para tu propio bien. Si Valerius muere hoy, la Bratva entrará en caos y yo me quedaré con el puerto. Y tú... bueno, tú serás el mártir que murió intentando defender el honor de los Moretti.
Valerius, que parecía estar en un limbo de dolor, abrió los ojos lentamente. Sus pupilas estaban dilatadas, pero su mirada gris se fijó en Enzo con una claridad letal. Intentó ponerse en pie, apoyándose en el hombro de Dante, sus dientes apretados en un rictus de rabia.
—Enzo... —la voz de Valerius era un susurro quebrado, pero cargado de una autoridad que hizo que los hombres de Enzo vacilaran—. Si das un paso más... te juro que ni el infierno será lo suficientemente profundo para esconderte de mí.
Enzo se rió, pero había un rastro de sudor en su frente. El poder de Valerius, incluso moribundo, era opresivo. —Cállate, cadáver. Dante, suéltalo. Apártate y déjanos terminar esto. Te daré una oportunidad porque somos sangre. Camina hacia el coche y olvida que este ruso existió.
Dante miró a Valerius. El Alfa ruso lo observaba con una intensidad devoradora, esperando la traición. Era lo lógico. Era lo que cualquier Moretti haría. Pero la marca invisible de la noche anterior ardía en su cuello, y la deuda de vida pesaba más que cualquier lealtad familiar podrida.
—Él no es solo un ruso, Enzo —dijo Dante, levantando su arma con una calma que hizo que su hermano retrocediera—. Él es mío. Y nadie toca lo que es mío.
—¿Prefieres morir por un enemigo que vivir como un Moretti? —gritó Enzo, perdiendo la compostura—. ¡Es un Omega defectuoso! ¡Fuego!
Dante no esperó. Empujó a Valerius tras la cobertura del motor del coche de Enzo justo cuando la primera ráfaga de balas rasgaba el aire. La nieve volvió a mancharse, pero esta vez, la guerra era personal. Ya no eran familias contra familias; eran dos hombres contra el mundo que intentaba separarlos.
Valerius, ignorando el desgarro en su pierna, sacó su pistola secundaria. —Dante... si morimos aquí...
—Cierra la boca, Volkov —respondió Dante, disparando desde la cobertura—. No me salvaste en el puerto para morir en una cuneta. ¡Muévete hacia el bosque!