Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.
Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.
Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.
Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.
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Capítulo 10
Ayslan sintió la mansión cambiar de ritmo incluso antes de oír el sonido del coche.
Había algo en el aire: una tensión silenciosa, demasiado conocida. Estaba en la sala cuando oyó pasos firmes acercándose. El corazón se aceleró sin que pudiera controlarlo.
Álvaro había vuelto.
Entró sin ceremonia, el traje oscuro aún impecable, la mirada dura, cargando consigo el peso del mundo que había dejado fuera. Al verla, no disminuyó el paso. Se acercó como quien no pide permiso.
—Has tardado en venir a recibirme —dijo, seco.
Ayslan tragó saliva.
—Yo… no oí el coche.
Él no respondió.
Solo la atrajo hacia sí.
El beso fue inmediato. Ardiente. Intenso. En la forma en que fue impuesto, sin espacio para reacción o elección. Ayslan sintió el cuerpo reaccionar antes que la mente, y eso la asustó más de lo que le gustaría admitir.
Cuando él se alejó, los ojos aún fijos en los de ella, vino el golpe.
—No —dijo, con desprecio contenido—. El beso de Bruna no era así.
Ayslan sintió el corazón desplomarse.
—¿Cómo… así? —preguntó, casi en un susurro.
Álvaro esbozó una media sonrisa fría.
—Aún no has aprendido —respondió—. Falta intensidad. Falta entrega. Falta… ella.
Las palabras dolieron más que cualquier gesto.
Ayslan sintió los ojos arder, pero se negó a llorar delante de él. No sabía explicar el porqué, pero aquella comparación la había afectado de un modo diferente. No era solo humillación.
Era rechazo.
Y eso dolía más de lo que estaba preparada para admitir.
Sin decir nada más, Álvaro pasó por su lado y subió las escaleras.
Mientras caminaba, sentía el conflicto crecer dentro de sí. El beso había sido bueno. Mejor de lo que esperaba. Pero eso lo irritaba. Algo en aquel momento lo había sacado de control, y no sabía cómo lidiar con ello.
Ignora, pensó. Humilla. Es más fácil.
Y, extrañamente, había una sensación casi confortable en hacer eso.
En el almuerzo, Ayslan estaba diferente.
Sentada a la mesa, mantuvo los ojos bajos, respondió solo lo necesario, apenas tocó la comida. No había error en su postura, ni descuido, solo una tristeza silenciosa que lo hacía todo más pesado.
Álvaro lo notó.
Notó el silencio prolongado.
La forma en que ella evitaba encararlo.
El modo contenido, casi apagado.
Lo sabía.
Sabía que ella estaba dolida por causa del comentario sobre el beso. Y esa conciencia le trajo algo inesperado: una satisfacción incómoda.
—¿No tienes hambre? —preguntó, casualmente.
—Sí —respondió Ayslan, sin levantar la mirada—. Solo que no tengo mucho apetito.
El silencio volvió a instalarse.
Álvaro continuó comiendo, observándola de forma discreta. Parte de él quería decir algo. Otra parte, la que siempre venció, prefirió el control.
Ayslan terminó la comida en silencio y se levantó.
—Con permiso.
Salió de la sala con pasos firmes, pero el corazón en ruinas.
En el pasillo, apoyó la mano en la pared por un instante, respirando hondo.
¿Por qué me ha dolido tanto?
¿Por qué me importa?
Ella no tenía respuestas.
Al otro lado de la mesa, Álvaro permaneció sentado por algunos segundos después de que ella saliera. El plato aún casi intacto.
Él sabía que había sobrepasado un límite.
Pero no sabía por qué…
…sentía miedo del día en que ella dejara de importarle.
La noche cayó pesada sobre la mansión.
Ayslan subió al cuarto con el cuerpo cansado y la mente aún más. El silencio del almuerzo permanecía pegado a ella como una sombra. No había llorado. No había reclamado. Solo había tragado otra comparación, otro rechazo que no entendía por qué dolía tanto.
Se cambió de ropa despacio, movimientos automáticos, como si estuviera preparándose para algo inevitable.
Álvaro aún no había aparecido.
Cuando la puerta finalmente se abrió, ella no se giró.
—¿Ya ibas a dormir? —preguntó él, la voz neutra.
—Sí —respondió bajo.
Él entró y cerró la puerta tras de sí. El clima era el mismo de siempre: distancia, frialdad, control. Álvaro se quitó el paletó, lo dejó sobre la silla y pasó por su lado sin tocarla.
—¿No dije que vendría aquí hoy? —preguntó.
Ayslan respiró hondo.
—Sí.
—Entonces prepárate —dijo él, seco.
Ella permaneció donde estaba, inmóvil, el corazón acelerado. No había cariño en aquel tono. Solo orden.
Cuando fueron a la cama, todo continuó igual.
Frío, silencioso y distante.
Álvaro se acostó a su lado sin tocarla por algunos minutos. Ayslan miraba al techo, contando sus propios latidos, preparándose mentalmente para otra noche mecánica, sin afecto, sin presencia.
Pero entonces… algo cambió.
Álvaro se giró lentamente.
La mano de él tocó el brazo de ella con cuidado: un toque diferente, vacilante, casi cariñoso.
Ayslan contuvo la respiración.
—Mírame —dijo él, en un tono que ella nunca había oído antes.
Ella giró el rostro despacio.
Los ojos de él estaban diferentes. No había dureza. Ni reproche. Había algo más profundo… confuso.
—¿Álvaro…?
Él no respondió.
Solo se acercó más, envolviéndola en un abrazo inesperadamente firme y protector. No había prisa. No había imposición. El toque era cálido, presente, casi… humano.
Ayslan quedó paralizada.
Era como si otro hombre estuviera allí.
Álvaro pasó los dedos por el cabello de ella con cuidado, apoyó la frente en la de ella, respirando hondo, como si necesitara aquel contacto.
—Quédate quieta… —murmuró—. Solo siente.
Ella sintió el pecho oprimirse.
El beso que vino después no fue tomado.
Fue ofrecido.
Lento. Profundo. Diferente de todo lo que él ya había hecho antes. No había comparación. No había corrección. Solo presencia.
Ayslan sintió los ojos llenarse de lágrimas: no de dolor, sino de confusión.
¿Por qué ahora?
¿Por qué de este modo?
Ella correspondió sin darse cuenta, el corazón latiendo descompasado. Parte de ella quería alejarse. Otra parte… quería quedarse allí para siempre.
Álvaro la envolvió con más fuerza, como si tuviera miedo de soltarla. En sus gestos había algo casi desesperado, como si intentara llenar un vacío que no sabía nombrar.
Las caricias se volvieron ardientes, y Ayslan, sin entender, se excitó.
Sí, ella quería que él continuara, que no parara.
En todas las relaciones anteriores que había tenido, Ayslan no recordaba ser tratada así, pues Álvaro usaba las manos y la boca para acariciar cada parte del cuerpo de Ayslan.
El placer se volvió muy intenso, el rencor por las palabras duras de antes desaparecieron del pensamiento de Ayslan.
La penetración fue tranquila, con Álvaro continuando acariciándola, besando su cuello, sus labios.
El ritmo solo cambió cuando realmente, los dos estaban llegando al clímax.
Álvaro soltó un gemido alto, que dio la impresión de que la mansión entera, todos los empleados, oyeron.
Cuando todo terminó, él permaneció allí.
No se levantó inmediatamente.
No se alejó.
Ayslan sentía el brazo de él alrededor de su cuerpo, el calor, la respiración próxima.
Ella no osó moverse.
—Álvaro… —llamó bajo, insegura.
Él no respondió.
Solo apretó levemente los dedos sobre el brazo de ella, como si aquel gesto fuera la única cosa que conseguía ofrecer.
Poco después, él se levantó en silencio y fue hasta el baño. Cuando volvió, ya era nuevamente el hombre de siempre: cerrado, distante, inaccesible.
—Duerme —dijo apenas.
Ayslan quedó mirando al techo una vez más.
Pero ahora… todo estaba diferente.
Llevó la mano al pecho, sintiendo el corazón acelerar.
Aquello no se parecía a él.
Pero fue real.
Y eso la asustaba más que el frío que venía antes.
Porque, en aquel instante, Ayslan percibió algo que jamás debería haber permitido:
Estaba empezando a enamorarse de un hombre que la rompía…
…y que, por algunos minutos, la hizo sentirse elegida.