Takumi, un joven de 16 años alegre, honesto y fanático de la justicia, muere en un accidente menor, pero cuando abre los ojos… se encuentra dentro de su videojuego otome favorito. Para su sorpresa, no es la heroína, sino el omega villano, condenado a un final trágico y odiado por todos los personajes. Pero lo que Takumi no esperaba era que su destino en el juego empezara a desviarse… gracias al protagonista secundario, un alfa amable y torpe que parece destinado a sufrir, pero que termina atrayéndolo de formas inesperadas y muy cómicas.
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Capítulo 9: Cuando el silencio pesa más
El campamento no volvió a dormir después del ataque.
Aunque la infiltración había sido contenida y los heridos no eran graves, el aire permanecía cargado de una tensión que no se disipaba con facilidad. Las antorchas seguían encendidas pese a la noche avanzada, los guardias se movían con pasos contenidos y el sonido del metal al ser limpiado resonaba como un eco persistente de todo lo que pudo haber salido mal.
Takumi estaba sentado junto a una camilla improvisada, con las manos apretadas sobre las rodillas.
Hikaru yacía allí, con el torso parcialmente descubierto mientras el médico militar limpiaba el corte de su costado. No era una herida profunda, pero sí lo suficiente como para haber sangrado más de lo necesario. El capitán mantenía el rostro impasible, los dientes apretados, como si el dolor fuera una molestia secundaria.
Takumi no pensaba lo mismo.
—Fue mi culpa —dijo en voz baja, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
El médico levantó la vista apenas un instante.
—No lo fue, Su Alteza. El capitán reaccionó rápido. Eso salvó vidas.
Takumi no respondió. Sus ojos permanecían fijos en la herida, en la sangre seca, en el recuerdo inmediato de cómo Hikaru se había interpuesto sin dudar.
Era mi deber, había dicho él.
Pero Takumi sabía reconocer una elección cuando la veía.
Él mismo había muerto así una vez.
Cuando el médico terminó su labor y se retiró, el silencio entre ellos se volvió más pesado, casi opresivo.
—Puedes irte —dijo Hikaru finalmente—. Ya estoy bien.
Takumi negó con la cabeza de inmediato.
—No.
La respuesta fue tan rápida que sorprendió a ambos.
Hikaru lo miró, confundido.
—Su Alteza… no es apropiado que—
—No me importa lo apropiado —interrumpió Takumi, alzando la mirada por primera vez—. Me importa que casi te hieren por protegerme.
Hikaru abrió la boca para responder… y la cerró. No encontró una respuesta clara.
—Soy un soldado —dijo al final—. Es lo que hago.
Takumi se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Yo también hice eso una vez —dijo en voz muy baja—. Proteger a alguien sin pensar en mí.
Hikaru frunció ligeramente el ceño.
—¿En el accidente? —preguntó, refiriéndose a la caída del caballo.
Takumi negó despacio.
—En otra vida —pensó.
Pero no lo dijo.
—Solo… entiendo esa decisión —continuó—. Y sé lo que cuesta después.
Hikaru lo observó en silencio. Por primera vez desde que se conocieron, no vio al príncipe, ni al símbolo, ni al rumor. Vio a un joven cansado, con miedo mal disimulado y una culpa que no le pertenecía del todo.
—No me arrepiento —dijo Hikaru finalmente—. Pero tampoco fue algo que pensé.
Eso, precisamente, era lo que lo inquietaba.
No había pensado.
Había reaccionado.
Y esa reacción no había nacido solo del deber.
Más tarde, cuando el campamento por fin comenzó a calmarse, Hikaru fue trasladado a una tienda más resguardada. Takumi insistió en acompañarlo, bajo la excusa de revisar informes pendientes. Nadie discutió.
Dentro de la tienda, la luz era tenue. El viento movía la lona suavemente y el sonido lejano de los guardias marcaba un ritmo constante.
—Deberías descansar —dijo Hikaru—. Has pasado toda la noche despierto.
—Tú también —respondió Takumi, sentándose frente a él—. Y aun así no te lo digo.
Hubo un silencio breve. No incómodo. Denso.
—Los rumores… —empezó Hikaru, sin mirarlo—. Tal vez yo debí—
—No —interrumpió Takumi—. Yo debí hablar antes. No pensé que te afectarían así.
Hikaru apretó los dedos contra la manta.
—No estoy acostumbrado a ser observado —admitió—. Menos por razones que no puedo controlar.
Takumi asintió lentamente.
—Yo tampoco.
Permanecieron en silencio unos segundos más.
—Cuando cantaste en el festival… —dijo Hikaru de pronto—. No sonabas como alguien que busca atención.
Takumi sonrió con cansancio.
—No la buscaba.
—Entonces… ¿qué buscabas?
Takumi tardó en responder.
—Redención —dijo al final—. No por mí… sino por alguien que ya no está.
Hikaru no preguntó quién.
Esa noche, Hikaru no pudo dormir.
No por el dolor.
No por la herida.
Sino porque, cada vez que cerraba los ojos, veía al príncipe arrodillado junto a él, con una expresión que no coincidía con ninguna imagen previa que tenía.
No es como dicen, pensó.
Y eso era un problema.
Porque Hikaru había construido su vida sobre certezas claras: órdenes, rangos, líneas que no se cruzan.
Y Takumi… era una variable inesperada.
Al amanecer, el ataque fue declarado contenido. El campamento se preparó para levantar marcha. Takumi recibió informes y dio instrucciones claras, sin arrogancia ni temor. Hikaru lo observó hacerlo, con una atención que no se permitía analizar.
Antes de partir, Takumi se acercó a la camilla.
—Cuando regreses a la capital —dijo—, quiero que descanses. No aceptaré objeciones.
Hikaru alzó una ceja.
—¿Eso es una orden?
—Es una petición —respondió Takumi—. De alguien que te debe una vida.
Hikaru sostuvo su mirada durante un segundo largo.
—Entonces… la aceptaré.
No se dieron la mano.
No hicieron promesas.
Pero cuando el carruaje partió, ambos supieron que algo había cambiado.
Todavía no era amor.
Pero ya no era indiferencia.
Y el destino, una vez más, había sido obligado a esperar.
Sigue así 🥰🥰🥰🥰