Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 10. Pacto entre cielo y mundo
Ghian mira al cielo, había venido a buscar a los responsables de los ataques en la parte norte de Susumira, pero se estaba enfrentando a situaciones completamente inesperadas, él que guardaba en su corazón lo ocurrido con los Senmorta, a él los recuerdos no le fueron arrebatados, aunque tuviera que simular que sí, creyó que era la forma de proteger a sus seres amados, pero siente que Kiara corre verdadero peligro y debe de actuar; debe buscar respuestas, pero para eso debe regresar a sus soldados, solo que una cosa era lo que él quisiera y otra muy diferente lo que tendría que afrontar.
Dos de los veinte soldados despertaron sin recordar su nombre. Otro juró haber visto a su madre muerta sentada junto al fuego. Ghian ordenó detener la marcha cuando uno de ellos intentó arrojarse al vacío sin explicación alguna.
No había enemigo visible, pero algo estaba deshaciendo a quienes no tenían sangre divina; así que el príncipe Ghian los dejó atrás con provisiones y sellos de protección, en base de magia a cargo del general Modig y continuó solo hacia las tierras de los Senmorta en busca de respuestas.
En el camino encontró un cráter no estaba allí antes. Las montañas de Susumira no se abrían así. El suelo parecía arrancado desde dentro, como si la tierra hubiera cedido por cansancio. El resplandor verde seguía latiendo, estable, contenido; en el portal que abre paso a las tierras de los Senmorta, que tenía entendido lucían muy diferentes.
Ghian dio un paso más y entonces el aire cambió.
Aquello no se sentía como una amenaza, por extraño que parezca, lo que sentía era una presencia conocida.
Tres luces descendieron desde el cielo abierto, lentas, ordenadas, luces que no cegaban, ni quemaban, solo estaban ahí, una vez más, las auroras Beatriz, Eliana y Rocío.
Ghian se tensó, pero no desenvainó la espada. Se suponía que las auroras nunca aparecían en lugares corrompidos, así que si estaban allí,tomando una vez más forma humana reconocible, significaba que aún había equilibrio posible, al menos eso pensó Ghian.
- “No deberían estar aquí”, dijo el príncipe Ghian.
No hubo respuesta inmediata, ellas lo miraban, como si quisieran conectar con algo, que alguien más protegía.
- “Este lugar ya no pertenece solo a la oscuridad”, dijo Rocío, con una mirada que no podía revelar nada.
Ghian dio un paso hacia adelante.
- “Entonces ayúdenme a detenerla, esa diosa no puede lastimar a Kiara”, expresó Ghian.
- “No hemos venido a intervenir”, comentó Beatriz ladeando el rostro, con una mirada curiosa, tratando de no mostrar sus intenciones. “Hemos venido a asegurar el curso”.
La frase no encajó. Ghian lo sintió en el pecho antes de entenderlo.
- “¿El curso de quién?”, preguntó el príncipe de Susumira.
- “Del Cielo”, respondió Eliana, paciente como siempre, con el tono melodioso en la voz, como si fuera la única que no hubiese cambiado.
- “Los errores se corrigen, antes de que sean indestructibles. La gloria no es para todos”, agregó Beatriz, y Eliana miró a otro lado, como quien está obligada a estar presente sin querer estarlo.
De pronto, hubo un silencio incómodo, frío como la nieve. Ghian comprendió demasiado tarde.
- “Kiara no es un error”, dijo Ghian con firmeza. “Lo que Odio está haciendo rompe el equilibrio. Ustedes lo saben”.
- “El equilibrio no siempre coincide con la justicia”, advirtió Rocío, bajando la mirada.
La luz cambió, las auroras no lo atacaron, ni lo hirieron, pero cerraron el tiempo, clausuraron la entrada, impidieron el avance.
El cráter se selló con un velo de energía blanca que anuló el resplandor verde, pero también cualquier vínculo posible. Ghian sintió el tirón en el pecho, como si algo hubiera sido arrancado sin violencia.
En ese momento, Kiara dejó de sentirse, no porque estuviera muerta, o perdida; sino porque se había vuelto inalcanzable para cualquier mortal.
- “¿Qué han hecho…?”, susurró el príncipe de Susumira.
Beatriz lo miró por última vez, y por primera vez no había curiosidad en su rostro.
- “Si sigues adelante ahora, romperás más de lo que puedes salvar”, dijo Beatriz, mirándolo fijamente, era el desafío siendo visible.
- “Entonces déjenme elegir”, respondió Ghian. “Siempre he elegido”.
Eliana negó con suavidad.
- “No esta vez, lo siento”, dijo Eliana, era unaorden
Las auroras comenzaron a elevarse.
Ghian dio un paso, furioso, impotente.
- “¡Ella no es el problema!”, gritó Ghian. “¡Ustedes saben lo que Odio quiere!”
Rocío se detuvo un instante en el aire.
- “Precisamente por eso”, dijo Rocío. “Los cielos no permitirán que un hijo de dos linajes decida el final.
Y ellas desaparecieron. El silencio cayó de golpe.
El cráter permanecía sellado. El resplandor verde, contenido. Odio no había ganado, pero Ghian tampoco.
El príncipe Ghian cayó de rodillas, no por debilidad, sino porque había comprendido algo que se negaba a aceptar.
- “Así que es así”, murmuró. “No me temen por lo que soy, sino por lo que podría elegir”.
Había una forma de que un semidiós se convierta en un dios, y esa era robar la divinidad de un dios que tenga dos esencias divinas.
El príncipe Ghian apretó la tierra entre los dedos, no miró al cielo buscando respuestas, miró al mundo. Y tomó una decisión que ningún dios había previsto.
Ghian atravesó senderos que ni los mapas del reino reconocían. El sello de las auroras seguía intacto detrás de él, suspendido en la montaña como una herida cauterizada por manos divinas.
No intentó romperlo, no todavía. Porque si para salvar a la mujer que amaba, tenía que desafiar a los cielos, entonces tenía que ser un dios, y debía encontrar la manera de lograrlo.
Lo primero que hizo fue buscar a los viejos. En la aldea de Keruvita, los ancianos lo reconocieron apenas lo vieron cruzar la plaza. No por su rostro, sino por el peso que llevaba encima. Se inclinaron sin que él lo pidiera.
- “No vengo como príncipe”, dijo Ghian. “Vengo como hijo de esta tierra, que busca el favor de los oráculos”.
Eso bastó. Esa noche, escuchó historias que nunca llegaron a los archivos de Susumira. Relatos de épocas en que las auroras descendían no para proteger, sino para corregir. De reyes que olvidaron a sus hijos porque el Cielo decidió que no debían amar. De sanadores que dejaron morir a quienes podían salvar, porque así se mantenía el equilibrio.
- “Los dioses no mienten”, le dijo una anciana. “Pero tampoco dicen toda la verdad”.
Ghian entendió entonces cuál era su verdadero pecado. No era su linaje. Era su capacidad de elegir incluso cuando el Cielo no lo autorizaba.
Al amanecer, se internó en el santuario antiguo, aquel que precedía a los templos celestiales. No había estatuas de Sabiduría ni de Perdón. Solo piedra desnuda y símbolos tallados por manos humanas.
Ghian colocó su espada en el centro, no para ofrecerla, para clavarla, como señal de desafío.
La sangre divina respondió de inmediato. El aire vibró. La luz blanca de la sanidad se encendió en su pecho, seguida por una oleada más profunda, más peligrosa, el perdón absoluto, aquel que no juzga ni siquiera a los dioses.
El cielo se oscureció. Las auroras aparecieron otra vez. Esta vez no descendieron con suavidad.
- “Detente”, ordenó Eliana, por primera vez sin paciencia. “Estás cruzando un umbral que no podrás desandar”.
Ghian no levantó la voz.
- “Ustedes ya lo cruzaron antes que yo”, advirtió Ghian.
Beatriz avanzó un paso.
- “Si continúas, romperás el pacto entre cielo y mundo”, confrontó Beatriz.
Ghian la miró, firme.
- “Ese pacto nunca fue consentido. Decidiré si soy Armonía o soy Muerte, no sé lo que prefieran, pero él empezó esto, sí jugó con todos como piezas de un juego para recuperar a su amor, por qué no puedo hacerlo yo”, rugió Ghian.
El suelo se abrió bajo la espada. No con violencia, sino como si la tierra reconociera la decisión. Una grieta de luz se extendió hacia el norte y hacia el sur.
Hasta Reviere, como si una espada invisible atravesara a Josag, bajo la señal que divide a dos divinidades en un solo ser.
Hasta Pallango, como si un látigo golpeara la espalda de Khwan y la señal de que el Guardián de la Muerte, que puede abrir el infierno, ardiera dentro de él.
- “Si haces esto, Odio también se moverá. Y tiene aliados”, habló Rocío con voz grave.
- “Que lo haga”, respondió Ghian. “Prefiero enfrentarla y a los mismos cielos, que permitir que ustedes decidan a quién puedo amar”.
El silencio fue absoluto. Las auroras retrocedieron, no estaban seguras de que esa fuera la intención de quien las envió.
Ghian tomó su espada. Ya no brillaba solo con luz divina. Había algo más adherido a ella, voluntad humana, tan imperfecta e impredecible, que puede ser letal.
- “No voy contra el cielo para destruirlo”, dijo Ghian. “Solo voy por la mujer que amo, al precio que sea”.
Muy lejos de allí, Kiara abrió los ojos en la oscuridad. Las cadenas seguían en su lugar, pero el dolor había cambiado; ya no era opresión, era respuesta.
- “No te necesitaba, solo necesitaba que él decidiera enfrentar a los cielos, cuando vaya por las esencias, no podrá con Muerte, pero Armonía tendrá que sacrificarse para que Amor viva, y entonces Muerte volverá al trono, cuando ya no la ame, tendremos el control total”, confesó Odio, con una sonrisa maliciosa.
Entonces Kiara supo que ella solo era una pieza que su madre estaba dispuesta a sacrificar, para tener al único ser que le ha importado en toda su existencia, al dios de la Muerte.