Sinopsis:
Isabella, una joven y talentosa pianista, ve cómo su mundo se desmorona cuando su gran amor, Nicolás, sufre un trágico accidente de auto y es dado por muerto. Devastada y sola, descubre semanas después que está embarazada. Con el corazón roto pero decidida a salir adelante, se entrega a la música y comienza a trabajar como pianista en eventos y bodas, mientras cría a sus dos hijos gemelos.
Años después, recibe la oferta de tocar en una lujosa boda de alto perfil, con estrictas cláusulas de confidencialidad. Nada la prepara para lo que está a punto de vivir: el novio es Nicolás, vivo… pero sin el más mínimo recuerdo de ella.
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Capítulo 10 – El Refugio de los Acordes
El auto se detuvo frente a una casa modesta pero encantadora, con una fachada blanca adornada por enredaderas verdes y flores de colores que trepaban por las rejas. Nicolás bajó en silencio, observando cada detalle con una mezcla de asombro y respeto. Isabella abrió el portón con una llave que colgaba de un llavero en forma de nota musical.
—Bienvenido a casa —dijo, con una sonrisa tímida.
Nicolás cruzó el umbral con cautela, como si temiera romper algo sagrado. La sala era luminosa, con cortinas claras que dejaban entrar la luz del atardecer. Había estanterías llenas de libros, juguetes ordenados en cestas, y un piano vertical en una esquina, cubierto con una tela bordada a mano.
—Todo esto… ¿es tuyo? —preguntó él, sin ocultar la admiración.
—Nuestro —corrigió Isabella, mirando a los niños que corrían hacia su habitación—. Lo compré hace tres años. Con esfuerzo, con trabajo. Enseñando música, tocando en eventos. No es una mansión, pero es nuestro hogar.
Lo llevó a recorrer la casa. Tres habitaciones: una para ella, otra para los gemelos, y una tercera que usaba como estudio. Cuatro baños, cada uno decorado con detalles sencillos pero cuidados. La cocina era pequeña pero acogedora, con frascos de especias alineados como soldados y una pizarra con dibujos hechos por los niños.
—Y aquí… —dijo, abriendo la puerta trasera—, mi lugar favorito.
El patio era un pequeño paraíso. Un jardín lleno de vida, con flores, arbustos, y un limonero que daba sombra a un banco de madera. En una esquina, un espacio de juegos con columpios, una casita de plástico y una alfombra de césped artificial.
—Lo hice todo yo —dijo Isabella, con orgullo—. Cada planta, cada rincón. Quería que ellos tuvieran un lugar donde pudieran crecer libres.
Nicolás se quedó en silencio. No por falta de palabras, sino porque el nudo en su garganta no lo dejaba hablar. Había perdido tanto… y ella había construido tanto.
—Gracias por traerme —dijo finalmente—. Por dejarme ver esto.
Esa noche, después de la cena, Isabella reunió a los niños en la sala. Nicolás se sentó a su lado, nervioso. Sofía y Thiago lo miraban con curiosidad, sentados en el suelo con sus peluches en brazos.
—Hay algo importante que queremos contarles —empezó Isabella, con voz suave—. ¿Recuerdan al señor Nicolás?
—Sí —dijo Sofía—. Es el que tocó mi cabeza y me dijo que era su hija.
Nicolás sonrió, con los ojos húmedos.
—Bueno… es que es verdad. Yo soy su papá. Y también el tuyo, Thiago.
El niño lo miró en silencio, luego se volvió hacia su madre.
—¿Por qué no estaba con nosotros?
Isabella respiró hondo.
—Porque tuvo un accidente. Se lastimó muy fuerte y olvidó muchas cosas. Incluso a nosotros. Pero ahora está aquí. Y quiere conocernos. Quiere estar con ustedes.
Sofía se acercó y le tomó la mano.
—¿Vas a quedarte?
Nicolás la abrazó con fuerza.
—Si ustedes me dejan… no pienso irme nunca más.
Y en ese hogar lleno de música, por primera vez en años, la familia comenzó a sonar como una melodía completa.
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POR AMBICIOSOS Y MALDITOS