NovelToon NovelToon
ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:67
Nilai: 5
nombre de autor: FOAR

ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️‍🔥

Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.

Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.

Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.

NovelToon tiene autorización de FOAR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA CITA CON EL PASADO

Nunca había mentido tan mal.

Sebastián me observaba desde el otro lado de la habitación mientras yo fingía estar interesada en una taza de café que llevaba varios minutos fría.

—Estás muy callada —comentó.

—Estoy cansada.

—Llevas diez minutos mirando esa taza como si fuera a confesarte un crimen.

Levanté la cabeza.

—¿Siempre tienes que hacer comentarios sobre todo?

—Solo cuando mi novia se comporta de forma sospechosa.

La palabra novia me hizo sonreír a pesar de mis nervios.

—¿Tu novia?

Sebastián dejó su taza sobre la mesa y se acercó.

—¿Prefieres que te llame de otra manera?

—Podrías empezar por preguntármelo oficialmente.

Él arqueó una ceja.

—¿Me estás pidiendo que te pida que seas mi novia?

—No. Te estoy dando una oportunidad para que demuestres que, además de conducir como un demente, tienes algo de romanticismo.

Sebastián fingió pensarlo.

Después se arrodilló frente a mí, me tomó las manos y adoptó una expresión exageradamente solemne.

—Valentina Ríos, mujer que amenaza con arruinarme la vida cada vez que abro la boca, ¿me harías el honor de aceptar ser mi novia?

Solté una carcajada.

—¡Eres un idiota!

—Eso no responde a mi pregunta.

Le rodeé el cuello con los brazos y lo besé.

—Sí, Sebastián. Sí quiero.

Su sonrisa fue tan auténtica que sentí una punzada de culpa.

Porque mientras él celebraba que finalmente nos habíamos elegido, yo seguía ocultándole el mensaje de mi madre.

—Ahora tengo derecho a pedirte una cosa —dijo, acariciándome la mejilla.

—¿Qué cosa?

—Que no vuelvas a desaparecer sin decirme dónde estás.

El corazón me dio un vuelco.

—Claro.

Sebastián me estudió unos segundos.

—Prométemelo.

Tragué saliva.

—Te lo prometo.

Él me besó otra vez, sin imaginar que acababa de dar mi palabra sobre algo que estaba a punto de incumplir.

---

Esperé hasta que Sebastián se quedó dormido en el sofá.

Había pasado la última hora hablando con su madre por teléfono. Su voz sonaba distinta, más tranquila. Incluso había reído cuando Mariana le contó una anécdota de su infancia.

No quise interrumpir aquel momento.

Tomé mi chaqueta, guardé el teléfono y salí por la puerta trasera.

La dirección que me había enviado mi madre correspondía a una antigua estación de servicio a las afueras de la ciudad.

Durante el trayecto, intenté convencerme de que estaba haciendo lo correcto.

Solo quería conocer a mi padre.

Solo quería saber por qué había desaparecido, qué relación tenía con la familia Montenegro y por qué tantas personas parecían dispuestas a matarme para mantenerlo oculto.

No podía seguir viviendo con preguntas.

Cuando llegué, encontré un automóvil gris estacionado junto a una construcción abandonada.

Un hombre estaba apoyado contra el capó.

Tenía el cabello oscuro, algunas canas en las sienes y una cicatriz pequeña cerca de la ceja izquierda. Parecía mayor de lo que recordaba en mis escasos recuerdos de infancia.

Pero cuando levantó la mirada, reconocí algo en sus ojos.

Algo que había visto en fotografías guardadas por mi madre.

—Valentina —dijo.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

Durante años había imaginado cómo sería volver a verlo. En mis fantasías, corría hacia mí, me abrazaba y me explicaba que nunca había querido abandonarme.

En la realidad, ninguno de los dos supo qué hacer.

—¿Eres tú? —pregunté.

Él asintió.

—Soy tu padre.

Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.

—¿Por qué me dejaste?

La pregunta salió más dura de lo que había planeado.

Mi padre bajó la mirada.

—Porque cometí errores que pusieron tu vida en peligro.

—¿Y por eso desapareciste durante años? ¿Por eso dejaste que creyera que estabas muerto?

—No fue tan sencillo.

—¡Para mí sí lo fue! —exclamé—. Yo era una niña. Te esperaba en mi cumpleaños. Mi madre me decía que estabas en un lugar mejor, y yo no entendía por qué ese lugar era tan importante como para que no pudieras volver a verme.

Él recibió mis palabras sin defenderse.

Eso me enfureció todavía más.

—No tienes derecho a aparecer ahora y esperar que te perdone.

—No espero que me perdones, hija. Solo quiero que escuches la verdad antes de que sea demasiado tarde.

Abrió la puerta del automóvil y sacó una carpeta.

—La madre de Sebastián está viva, pero no es la única persona que he estado intentando encontrar.

—¿A quién más buscas?

Mi padre me miró directamente.

—A Mateo Salazar.

El nombre me provocó un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque fue él quien organizó el atentado que casi te cuesta la vida cuando eras pequeña.

Me quedé sin palabras.

—¿Qué atentado?

Mi padre abrió la carpeta y sacó una fotografía.

Era una imagen de un automóvil destrozado junto a una carretera. El parabrisas estaba roto y había marcas de neumáticos sobre el asfalto.

—Tenías ocho años. Tu madre y tú viajaban conmigo cuando otro vehículo nos sacó de la carretera. Conseguí sacarte del automóvil antes de que se incendiara. Tu madre sufrió heridas, pero sobrevivió.

Miré la fotografía, sintiendo que el estómago se me revolvía.

—Nunca me contaron eso.

—Porque después del accidente recibí amenazas. Me dijeron que, si intentaba denunciar lo sucedido, volverían a por ti. Decidí desaparecer para alejarte del peligro.

—¿Y no pensaste que podías llevarme contigo?

Sus ojos se llenaron de dolor.

—Pensé en hacerlo todos los días.

No supe qué responder.

Quería odiarlo por haberse marchado. Quería abrazarlo porque, a pesar de todo, seguía siendo mi padre.

Pero todavía no podía hacer ninguna de las dos cosas.

—¿Qué tiene que ver Sebastián con esto?

Mi padre guardó silencio antes de contestar.

—Su madre descubrió que Mateo estaba detrás del accidente. También descubrió que alguien de la familia Montenegro había financiado la operación.

—¿Alejandro Montenegro?

—No estoy seguro.

—¿Entonces por qué todos parecen convencidos de que él es el culpable?

—Porque alguien ha pasado años construyendo esa historia. Y Mateo necesita que Sebastián odie a su padre lo suficiente como para no buscar las pruebas que lo exculpan.

Sentí que una pieza del rompecabezas acababa de encajar.

—¿Y tú tienes esas pruebas?

Mi padre asintió.

—Una parte. La otra está en manos de alguien en quien confiaba.

—¿Quién?

Antes de que respondiera, escuchamos el ruido de un motor.

Mi padre me agarró del brazo y me llevó detrás del automóvil.

—No hagas ruido.

Dos vehículos negros entraron en el estacionamiento.

De uno de ellos bajaron tres hombres.

Uno llevaba un arma en la mano.

—¡Sabemos que estás aquí, Ferrer! —gritó—. Entréganos los documentos y la muchacha podrá marcharse.

Mi padre me miró.

—Escúchame con atención. Cuando te diga que corras, ve hacia la carretera y no mires atrás.

—No voy a dejarte.

—Valentina, por favor.

—¡Acabo de encontrarte después de años! No pienso volver a perderte.

Me apretó las manos.

—Y yo no pienso permitir que te hagan daño otra vez.

Entonces se levantó y salió de nuestro escondite.

—¡Estoy aquí! —gritó—. ¡Déjenla fuera de esto!

Los hombres avanzaron.

Uno de ellos levantó el arma.

Y, en ese instante, escuché un segundo motor acercándose a toda velocidad.

Un deportivo negro derrapó frente a la estación.

La puerta del conductor se abrió.

Sebastián salió del automóvil con una expresión que jamás había visto en él.

No parecía enfadado.

Parecía aterrorizado.

—¡Valentina!

Corrí hacia él, pero se detuvo antes de que pudiera abrazarlo.

Su mirada pasó de mí a mi padre.

Después volvió a mí.

—¿Qué estás haciendo aquí?

No supe qué decir.

Sebastián soltó una risa amarga.

—Me prometiste que no volverías a desaparecer sin decirme dónde estabas.

—Sebastián, yo…

—¡Me desperté y no estabas! Te llamé veinte veces. Revisé la casa. Pensé que te habían secuestrado.

Su voz se quebró.

—Pensé que te había perdido.

Sentí que las lágrimas me resbalaban por las mejillas.

—Lo siento.

—¿Lo sientes?

Se pasó una mano por el rostro.

—¿Y él? —preguntó, señalando a mi padre—. ¿También lo sentías cuando decidiste ocultarme que venías a encontrarte con él?

—No quería ponerte en peligro.

Sebastián me miró con una tristeza que me dolió más que su rabia.

—Eso mismo te he dicho yo cientos de veces, Valentina. Y tú siempre me has pedido que deje de decidir por ti.

No tenía cómo defenderme.

Porque tenía razón.

Un disparo resonó en el estacionamiento.

Sebastián me agarró de la cintura y me empujó al suelo. Mi padre se lanzó detrás de una columna mientras los hombres comenzaban a disparar contra nosotros.

—¡Al coche! —gritó Sebastián.

Corrimos agachados hasta el deportivo. Mi padre llegó detrás de nosotros, con la carpeta apretada contra el pecho.

Sebastián arrancó antes de que termináramos de cerrar las puertas.

Los disparos quedaron atrás, pero ninguno se atrevió a respirar tranquilo.

Yo miraba a Sebastián, que conducía con los nudillos blancos y la mandíbula apretada.

—Por favor, dime algo —susurré.

Él no apartó los ojos de la carretera.

—Ahora no.

Aquellas dos palabras me hicieron más daño que cualquier grito.

Porque Sebastián podía enfadarse conmigo. Podía reprocharme la mentira, y yo lo merecía.

Pero nunca antes había sentido que estuviera tan lejos de mí.

---

Nos refugiamos en una casa que mi padre utilizaba para esconder documentos.

Cuando cerramos las puertas, Sebastián se apartó de mí y caminó hasta la ventana.

—Necesito aire.

—Sebastián…

—Dame un minuto, Valentina. Solo uno.

Lo dejé marcharse al patio.

Mi padre colocó la carpeta sobre la mesa.

—Lo siento —dijo.

Lo miré, agotada.

—No necesito más disculpas. Necesito respuestas.

Asintió y abrió la carpeta.

Dentro había fotografías, copias de transferencias bancarias y una memoria USB.

—Estos documentos demuestran que Mateo pagó a varias personas para ocultar lo ocurrido con mi accidente. También demuestran que alguien de la familia Montenegro recibió dinero.

—¿Quién?

Mi padre sacó una hoja.

El nombre estaba escrito en la parte superior.

ALEJANDRO FERRER.

Sentí que el corazón se me detenía.

—No puede ser…

—No sé qué papel desempeñó exactamente. Pero su firma aparece en una transferencia realizada dos días antes de que desapareciera la madre de Sebastián.

Me llevé una mano a la boca.

Alejandro Ferrer nos había acompañado en la búsqueda de la verdad. Había arriesgado su vida por nosotros. Sin embargo, llevaba demasiado tiempo ocultando información.

—¿Y si él fue quien entregó a la madre de Sebastián?

Mi padre cerró la carpeta.

—Entonces necesitamos averiguarlo antes de que Mateo lo descubra.

En ese momento, Sebastián entró en la habitación.

Tenía el rostro más tranquilo, pero sus ojos seguían llenos de dolor.

Miró los documentos.

—¿Qué es eso?

No quise volver a mentirle.

—Pruebas relacionadas con el accidente de mi infancia. Y hay una transferencia bancaria a nombre de Alejandro Ferrer.

Sebastián se quedó inmóvil.

—¿Alejandro?

Asentí.

Mi padre se acercó a nosotros.

—No sabemos si es culpable. Solo sabemos que su firma aparece en los documentos.

Sebastián tomó la hoja y la leyó.

Después levantó la mirada hacia mí.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?

Negué con la cabeza.

—Que ya no sé si puedo confiar en alguien. Ni siquiera en las personas que amo.

Me acerqué a él, con lágrimas en los ojos.

—No quiero que esto nos destruya.

Sebastián me miró durante unos segundos.

Finalmente, me acarició la mejilla.

—Yo tampoco.

Me besó la frente, pero no me abrazó.

Y comprendí que, aunque todavía me quería, algo entre nosotros había cambiado.

Entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla.

«Tu padre te ha mentido otra vez. Pregúntale quién conducía el automóvil la noche del accidente. Y pregúntale por qué Sebastián estaba allí, aunque ninguno de los dos debería haber sobrevivido».

Levanté la mirada hacia mi padre.

Él había leído el mensaje por encima de mi hombro.

Y por primera vez desde que lo había encontrado, vi auténtico terror en sus ojos.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Mi padre retrocedió lentamente.

—Valentina… hay algo sobre aquella noche que nunca te conté.

Sebastián se volvió hacia él.

—Más te vale que esta vez digas la verdad.

Mi padre bajó la cabeza.

—El automóvil que nos sacó de la carretera no iba conducido por un desconocido.

Hizo una pausa.

Y después pronunció un nombre que ninguno de nosotros esperaba.

—Era el automóvil de Sebastián.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play