Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
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Capítulo 9: El beso y la verdad
📖 Capítulo 9: El beso y la verdad
💬 Verónica — Primera persona
Me despido de mis padres con un abrazo cálido y les deseo una buena noche. Rafael camina hacia la salida a mi lado, pero avanza con paso decidido, como si no estuviera seguro de si debe esperarme o marcharse ya. Al llegar al umbral de las puertas del hotel, se detiene de golpe, se gira y me mira con esa intensidad que ya empiezo a reconocer.
—¿No vienes? —me pregunta, con una mezcla de impaciencia y esperanza en su voz.
Lo miro profundamente, sintiendo un nudo en la garganta que no esperaba encontrar ahí.
—Iré en mi propio coche. Puedes irte ya, gracias por acompañarme. Que te vaya bien —le digo, y sueno más distante de lo que realmente soy. Pero me duele. Me duele sentir que para él soy solo alguien a quien "acompañar" cuando le conviene.
Da un paso hacia mí y me toma del brazo con suavidad pero firmeza.
—¿Qué? ¿Qué demonios te pasa ahora? —me pregunta, y noto la frustración en su tono—. Todo iba bien hasta que salimos. ¿Qué dije o hice mal?
—No me pasa nada —le respondo, intentando mantener la calma aunque por dentro sienta que todo se está desmoronando—. Solo creo que es mejor que cada quien se vaya por su lado.
Frunce el ceño por completo, confundido.
—¿Por qué hablas así? Como si no te importara en absoluto. Estás actuando raro desde que entramos a ese lugar. ¿Fue algo que dijeron tus padres? ¿Algo que yo hice?
Solo lo observo un instante y suspiro, rindiéndome ante la necesidad de decirle lo que llevo guardado en el pecho desde que llegamos.
—Me gustas, Rafael. Y sé que para ti no soy nadie especial, solo alguien a quien conociste de la nada. No quiero ponerme en una posición donde no me necesitas. Con permiso, me voy.
Intento soltarme, pero me sostiene con más firmeza, sin lastimarme pero sin dejarme ir.
—¿Que no eres nadie para mí? —repite, como si mis palabras lo hubieran golpeado físicamente—. Mírame a los ojos, Verónica. Ahora mismo.
Lo hago. Y entonces me dice con voz temblorosa pero decidida:
—Eres importante para mí, idiota. Muy importante.
Y ahí, con esa palabra brusca, se rompe todo lo bonito que acabábamos de construir.
—Se nota lo mucho que me importo cada vez que me llamas así —le digo, sintiendo cómo se me llenan los ojos de lágrimas que no quiero dejar caer—. Si eso es importante para ti, prefiero saber qué es ser alguien que no te importa.
Me jala hacia él de golpe. Su respiración está agitada, sus ojos oscuros recorren mi rostro como si estuviera luchando consigo mismo por encontrar las palabras correctas.
—Te hablo así porque… porque no sé cómo decirte que me importas sin parecer un completo idiota —confiesa, y su voz se quiebra de una forma que me parte el corazón—. No aprendí a decir lo que siento. Nadie me enseñó. Y tengo miedo de decir algo equivocado y que te alejes de mí para siempre.
—Solo dilo así, tal cual —le digo suavemente, poniendo mis manos sobre su pecho—. Decir lo que sientes no te hace débil, Rafael. Te hace humano. Y eso está bien.
Estamos parados en la escalinata de entrada del hotel. Y entonces lo noto: destellos de luz aparecen a nuestro alrededor, intermitentes y rápidos. Los flashes. Los reporteros siguen ahí, escondidos entre las sombras, capturando cada instante. Pero en ese momento, lo único que veo es él. Su respiración, sus ojos, su mano sosteniéndome la cintura como si temiera que me desvanezca.
Me mira intensamente, y susurra:
—Vámonos de aquí. Ahora. Antes de que diga algo que no debemos.
Lo miro a los labios y lo digo con el corazón en la mano:
—Bésame. Por favor. No me importa quién nos vea. Solo bésame.
Se queda congelado un segundo, como si no creyera lo que acaba de escuchar. Y entonces, maldice entre dientes, se acerca bruscamente y me besa. No es un beso suave ni tímido. Es un beso desesperado, intenso, como si estuviera sellando una promesa que no sabe cómo expresar con palabras. Sus manos me sostienen con firmeza, las mías se entrelazan detrás de su cuello, sintiendo su cabello entre mis dedos. El mundo desaparece. Los flashes, los murmullos, todo se apaga. Solo existe él, el latido acelerado de su corazón contra el mío, y esa sensación de pertenecer que jamás creí encontrar.
Cuando nos separamos para respirar, ambos estamos sin aire. Me limpia suavemente una lágrima que se me escapó sin darme cuenta.
—Vámonos de aquí ahora mismo —repite con voz ronca.
Le sonrío, con los labios aún temblando por el beso.
—Mañana seremos la portada de todas las revistas del país. ¿Estás listo para eso?
Se pasa una mano por el cabello, aún recuperando el aliento, y una media sonrisa aparece en sus labios.
—Que digan lo que quieran. No me escondo de nada… y mucho menos de ti. Toma mi mano. No la sueltes.
Me toma de la mano con firmeza y caminamos hacia su auto, sin mirar atrás, sin importarnos quién nos esté observando.
—¿A dónde vamos? —le pregunto cuando arranca.
Conduce con una mano en el volante y busca la mía con la otra, entrelazando nuestros dedos sobre la consola.
—A mi departamento. Necesito hablar contigo sin cámaras, sin gente, sin expectativas ajenas. Solo nosotros.
—¿Qué necesitas hablar conmigo? —pregunto suavemente.
Aprieta el volante con la mano libre, visiblemente frustrado consigo mismo.
—De nosotros, maldita sea. De lo que nos está pasando. De lo que significas para mí aunque me cueste vida admitirlo.
—Y deja de decir groserías por favor, no me gusta —le digo con una pequeña mueca de fingido enojo.
Me mira de reojo, su mandíbula tensa, pero asiente.
—Lo siento. Estoy intentando cambiar mis costumbres, es solo que… no sé cómo manejar esto. Todo esto que siento por ti es nuevo para mí. Y me asusta. Mucho.
El resto del camino transcurre en un silencio tranquilo, cómodo. No necesitamos hablar todo el tiempo para saber que estamos ahí el uno para el otro. Cuando el auto se detiene frente a un edificio imponente de cristal y acero que se eleva sobre la ciudad, abro los ojos con sorpresa.
—¿Aquí vives? Jamás te pregunté dónde estabas cuando no estabas conmigo. Creo que no sé mucho sobre ti, ¿verdad?
—No —responde con sencillez—. Pero te iré contando poco a poco si quieres saber. Solo pregúntame.
Apaga el motor, baja y abre mi puerta.
—Baja. Sígueme.
Entramos al vestíbulo amplio y silencioso del edificio. El elevador es de vidrio y sube rápido, dejando ver las luces de la ciudad esparcidas abajo. Presiona el botón del último piso.
—¿El penthouse? —repito con una sonrisa divertida—. Claro, cómo no. El chico misterioso viviendo en lo más alto de la ciudad. Muy cliché, ¿no crees?
Me mira con fingida molestia.
—Cállate, Verónica.
—No quiero callarme —le digo con una sonrisa traviesa, y empiezo a cantar bajito esa canción que tanto le molesta, solo para verlo sonreír— 🎶 La, la, la, la… no me callo, no me callo… 🎶
Saca las llaves de su puerta, pero antes de entrar, me mira con esa mezcla de exasperación y ternura que ya empiezo a adorar.
—Eres insoportable —dice, pero sus ojos brillan con alegría.
—Y tú eres un amargado que me necesita para ser feliz —le susurro, y esta vez, es él quien me besa antes de que pueda decir una palabra más.