Valentina Rossi sacrificó sus piernas por salvar a Sebastián Montero. A cambio, recibió un anillo de bodas y cinco años de indiferencia.
Mientras ella aprendía a caminar de nuevo, él soñaba con otra mujer. Mientras ella doblaba flores de papel rezando por su abuela enferma, otra se llevó el crédito. Mientras ella construía en silencio su plan de escape, él ni siquiera notó que ella se iba.
Pero Valentina no es una víctima. Es una bailarina que perdió el escenario pero no el fuego. Cuando por fin se va —a las cuatro de la madrugada, con su abuela y una maleta—, no mira atrás. En Europa, reconstruye su vida paso a paso: un nuevo escenario, una nueva compañía de danza, un nombre que el mundo empieza a conocer.
Sebastián no la busca por amor. La busca porque el silencio de la casa vacía le resulta insoportable. Pero cuando descubre la verdad sobre las flores de papel —quién las dobló, quién mintió, y a quién amó durante cinco años por error—, su mundo se derrumba.
Él intentará redimirse. Ella ya no lo necesita.
Y cuando una extraña enfermedad del sueño la arrastra de vuelta al pasado, Valentina descubrirá que hay destinos que ni siquiera el tiempo puede cambiar... y amores que solo se entienden cuando ya es demasiado tarde.
Una pulsera grabada con su nombre. Invisible para todos, excepto para una nieta que aún no ha nacido.
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Capítulo 9
Capítulo 9 — El pasaporte
El sábado llegó con sol y con miedo.
Valentina se despertó a las cinco y fue directamente al vestidor. Se puso un pantalón de danza negro, remera negra ajustada, zapatillas de media punta compradas con el dinero de la cartera que nunca sacó de la caja. Se vistió con la atención de alguien que se prepara para la audición más importante de su vida.
Sofía la esperaba a las ocho. El "estudio" era el living de un departamento en Villa Crespo que Sofía había vaciado para dar clases de yoga que después abandonó. Quedaba un piso de madera gastada, un espejo de pared y unos parlantes Bluetooth que funcionaban cuando querían.
—Quedó impecable —dijo Sofía abriendo la puerta en pijama, con un café en la mano y el pelo envuelto en una toalla—. Barrí dos veces. Hasta pasé el lampazo. ¿Sabés cuándo fue la última vez que pasé el lampazo? Nunca. Nunca pasé el lampazo.
Valentina sonrió. Los nervios se aflojaron un milímetro.
—¿Trajiste la música?
—En el celular. Piazzolla, "Libertango."
—Bueno. —Sofía señaló el espejo con el café—. El escenario es tuyo. Yo me pongo atrás de la cámara y no digo nada. ¿Dale?
Valentina asintió. Se sacó las zapatillas de calle, se puso las de media punta, y caminó hasta el centro del living. El piso de madera crujió bajo sus pies. En el espejo vio lo que vería Alejandro: una mujer de veintiséis años con una cicatriz que le cruzaba la pierna derecha, los hombros de bailarina, y los ojos de alguien que lleva demasiado tiempo esperando para hacer lo que sabe hacer.
Sofía conectó el parlante. Puso el Samsung de Valentina en el trípode improvisado —una pila de libros de cerámica y un clip de ropa—, encuadró, y levantó el pulgar.
—Cuando quieras.
Valentina respiró. Cerró los ojos. Los primeros compases del bandoneón entraron por los parlantes como una corriente eléctrica.
Y bailó.
No como antes. Antes era fluida, aérea, una conversación entre su cuerpo y la gravedad donde siempre ganaba ella. Ahora era otra cosa. La pierna derecha no podía hacer lo que la izquierda hacía, pero compensaba: donde antes había un salto ahora había una caída controlada, donde antes había un giro completo ahora había un medio giro que se convertía en un arco de brazos que cortaba el aire como una hoja. El cuerpo se había reorganizado alrededor de la ausencia, y lo que emergía no era una versión disminuida de lo que fue sino algo nuevo. Algo que tenía la brutalidad de lo imperfecto.
Tres minutos. Ciento ochenta segundos. Cuando los últimos acordes del bandoneón se apagaron, Valentina estaba de rodillas en el piso, con la pierna derecha estirada hacia atrás y los brazos abiertos, transpirando, temblando, viva.
Sofía detuvo la grabación. Se quedó callada tres segundos —un récord— y después dijo, con la voz un poco rota:
—Si ese tipo no te acepta después de ver esto, yo personalmente voy a Madrid y le prendo fuego al estudio.
Valentina soltó una risa húmeda. Se sentó en el piso y sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: orgullo. No el de los aplausos. Un orgullo más callado. El de haber hecho algo difícil y haberlo hecho honestamente.
Vieron el video juntas. No era perfecto. Se notaba la rigidez de la rodilla en el segundo cuarenta y tres, y en el minuto dos el equilibrio se tambaleó. Pero el resto —los brazos, el torso, la manera en que la música parecía salir de su cuerpo— era innegable.
—Mandalo —dijo Sofía—. Ahora. Antes de que te arrepientas.
Valentina abrió el correo del Samsung, adjuntó el video, y escribió tres líneas:
*Alejandro: Acá estoy. Esto es lo que puedo hacer hoy. — V.*
Enviar.
El corazón le latió tan fuerte que lo sintió en las muñecas.
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El lunes, mientras Sebastián estaba en la oficina y Carmen planchaba en el cuarto de servicio escuchando tangos, Valentina se sentó en la mesa del comedor con el sobre del pasaporte de Abuela Rosa y la fotocopia del DNI que Doña Marta —la vecina de Chascomús— le había enviado por correo certificado.
El trámite no era complicado, pero requería presencia física en el registro civil. Valentina no podía ir a Chascomús sin levantar sospechas —Sebastián no le preguntaba adónde iba, pero el chofer reportaba movimientos, y un viaje de cuatro horas a un pueblo chico era el tipo de cosa que alguien podía mencionar en la cena equivocada.
La solución fue Doña Marta. Setenta años, vecina de Rosa desde hacía cuarenta, con la discreción de una tumba y la eficiencia de un reloj suizo. Valentina la había llamado la semana anterior:
—Doña Marta, necesito que acompañe a mi abuela al registro civil a tramitar el pasaporte. Es un trámite de documentación. No le diga de qué es. Solo dígale que es para tener los papeles en orden.
—¿Su abuela sabe que se va?
—Sabe que estoy pensando en algo. No sabe los detalles.
—Mire, Valentina, yo a su abuela la quiero como a una hermana. Si me dice que hay que ir al registro civil, vamos. Pero no me pida que le mienta.
—No le pido que mienta. Le pido que no le cuente todo hasta que yo pueda ir a Chascomús y contárselo en persona.
Silencio. Después:
—Está bien. Pero apúrese, nena. Su abuela no es tonta. Ya me preguntó tres veces por qué la llama tan seguido.
El pasaporte tardaría entre dos y cuatro semanas. Valentina anotó la fecha estimada en el cuaderno negro: mediados del mes que viene. Si todo salía bien —si Alejandro aceptaba el video, si el pasaporte llegaba a tiempo, si juntaba el dinero suficiente para dos pasajes—, podían estar en Madrid antes de fin de año.
Antes de fin de año. La frase le producía vértigo y euforia al mismo tiempo, como pararse al borde de un trampolín y mirar hacia abajo.
Cerró el cuaderno. Lo guardó en el vestidor. Se puso los auriculares y abrió la lección de italiano.
*Il passaporto. I biglietti. La partenza.*
El pasaporte. Los pasajes. La partida.
A las tres de la tarde, el Samsung vibró con un mensaje de WhatsApp que no esperaba. No era Sofía. No era Doña Marta. No era Alejandro.
Era Nicolás.
Nicolás Heredia. Un compañero del conservatorio que Valentina no veía desde hacía años. Habían sido amigos en otra vida —la vida de antes del accidente, la de los ensayos hasta la medianoche y las funciones de fin de año y el café en el buffet de la facultad. Nicolás tocaba el piano y a veces acompañaba las clases de danza. Era callado, amable, con una sonrisa que aparecía despacio, como el sol detrás de una nube.
**Nicolás**: *Vale, ¿cómo estás? Vi tu perfil de WhatsApp y me acordé de vos. Estoy en Buenos Aires por unos días. ¿Tomamos un café?*
Valentina miró el mensaje. Pensó en todas las razones por las que debía decir que no: el riesgo de que alguien los viera y le contara a Sebastián, la complicación de agregar una persona más al mapa de su vida secreta, el simple hecho de que no tenía energía para fingir normalidad con alguien que la conocía de antes.
Pero también pensó en otra cosa: que llevaba cinco años sin hablar con nadie que la hubiera conocido cuando todavía podía bailar. Y que eso, de alguna manera, le hacía falta.
**Vale**: *Hola, Nico. Qué sorpresa. Dale, tomemos un café. ¿Mañana a las cinco en el bar de Armenia y Costa Rica?*
**Nicolás**: *Perfecto. Ahí estaré.*
Guardó el Samsung. Volvió al italiano. Pero la mente se le fue a otro lugar: a un estudio de danza con piso de madera, diez años atrás, donde un chico callado tocaba el piano mientras ella ensayaba, y donde la única preocupación que existía en el mundo era si el arabesque estaba lo suficientemente abierto.
Otra vida. Otro cuerpo. Otra Valentina.
Pero la de ahora —la del Samsung secreto, la del cuaderno negro, la del video de tres minutos que viajaba por internet hacia Madrid— no tenía tiempo para la nostalgia. Tenía un pasaporte que tramitar, un video que esperar, y una pierna que seguir entrenando.
Y tenía, desde hacía exactamente treinta segundos, un café pendiente con alguien del pasado que no sabía nada de su presente.
Desde la planta baja llegó el sonido de la puerta. Sebastián entrando. Pasos en el mármol. La puerta del estudio abriéndose.
Y después, como si el universo tuviera un sentido del humor particularmente cruel, el celular de Sebastián sonando. Y su voz, esa voz que ya Valentina podía predecir antes de escucharla, volviéndose más grave, más íntima, como un instrumento que solo afinaba para una audiencia:
—Hola, Cami. Sí, ya llegué. Dale, contame.
*Cami.* Ya no era Camila. Era Cami.
Valentina se puso los auriculares. Subió el volumen del italiano.
*La partenza.* La partida.
Pronto. Cada vez más pronto.