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Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:677
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.

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Capítulo 01

«La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo».

El sol de la mañana no era un aliado en las Tierras del Polvo; era un verdugo. Helios Voran lo sentía sobre su nuca como el filo de una hacha calentada al rojo vivo, una sensación que le recordaba, segundo a segundo, que seguía vivo. Habían pasado diez años desde que fue arrastrado fuera de la capital, encadenado y cubierto de la sangre de sus hermanos, mientras las llamas devoraban el estandarte del sol de su familia. Diez años de respirar arena, de dormir con un ojo abierto y de convertir su rabia en un metal tan templado que nada podía quebrarlo.

Ahora, frente a él, las torres doradas de Solis se alzaban en el horizonte como agujas que perforaban el cielo azul. La capital del imperio no había cambiado, pero él sí. Ya no era el príncipe de rizos dorados y sonrisa fácil que las damas de la corte adoraban. Sus hombros eran ahora más anchos, su piel estaba curtida por las cicatrices de mil escaramuzas en la frontera y sus ojos, de un ámbar líquido que parecía contener fuego real, habían perdido cualquier rastro de piedad.

—Príncipe... estamos a menos de una legua —dijo una voz ronca a su lado.

Helios giró levemente la cabeza. Caius, su lugarteniente y el hombre que lo había seguido al exilio cuando no era más que un soldado raso, mantenía su caballo a la par. Detrás de ellos, otros doce hombres —los restos de su guardia de élite, todos marcados por el desierto y la guerra— cabalgaban en silencio. No necesitaban estandartes para ser imponentes. La sola presencia de Helios, envuelto en una capa de cuero desgastado y con la empuñadura de su mandoble asomando sobre el hombro, irradiaba una amenaza que hacía que las aves de rapiña se alejaran de su camino.

—Ya no soy un príncipe, Caius —respondió Helios. Su voz era un barítono profundo, con una aspereza que recordaba al roce de las piedras—. Un príncipe espera permiso. Yo he venido a tomar lo que es mío.

—La ciudad ha oído los rumores —continuó Caius, ignorando la corrección—. Dicen que el "León de Voran" ha vuelto de entre los muertos. Los mercaderes en los puestos de avanzada hablan de cómo masacraste a los bandidos de la Cicatriz Roja tú solo. La gente tiene miedo, pero también tienen esperanza. El Consejo ha dejado que la ciudad se pudra en la corrupción mientras tú no estabas.

Helios apretó las riendas con fuerza. Sus guanteletes de cuero crujieron.

—Que tengan miedo. El miedo mantiene a los hombres alerta. La esperanza, en cambio, es una enfermedad que te hace bajar la guardia.

Se detuvieron en una pequeña loma que dominaba el camino principal hacia las Puertas del Este. El flujo de carretas y viajeros era constante, un hormiguero humano que ignoraba que el heredero de la dinastía solar estaba observándolos desde las sombras de las rocas. Helios desmontó con una gracia felina, sintiendo la tierra caliente bajo sus botas. Se acercó al borde del risco y observó el Gran Templo del Sol, cuyo domo de oro reflejaba la luz con una intensidad cegadora.

—Diez años —susurró para sí mismo—. Diez años para que el veneno de la traición terminara de recorrer las venas de esta ciudad.

Recordó el rostro de su tío, el hombre que había orquestado el golpe, sonriendo mientras su padre caía de rodillas con un puñal en la espalda. Recordó los gritos de sus hermanas. El fuego interno que Helios poseía —una herencia de la sangre Voran que le permitía manipular el calor y la luz a su voluntad— comenzó a agitarse bajo su piel. El aire a su alrededor empezó a vibrar, distorsionándose por un aumento súbito de la temperatura.

—Caius, ¿están listos los contactos? —preguntó Helios, sin apartar la vista de la ciudad.

—Los mercaderes de telas en el Barrio Bajo han recibido los mensajes. Saben que el pago será en oro y en protección. No harán preguntas mientras vean que el León tiene garras —respondió el soldado, bajando también de su montura.

—Bien. No entraremos como una procesión real. Entraremos como el castigo que Solis ha estado evitando. Dividid al grupo. De dos en dos. Nos reuniremos en la Posada del Escorpión antes de que la tercera luna alcance el cenit.

Helios se ajustó la capucha de su capa, ocultando parcialmente su rostro. Sin embargo, no podía ocultar la autoridad que emanaba de cada uno de sus gestos. Era un hombre nacido para mandar, moldeado por el sufrimiento para destruir.

Mientras sus hombres comenzaban a dispersarse siguiendo sus órdenes, un pequeño convoy de suministros que subía por el camino se detuvo bruscamente. Un guardia de la ciudad, vestido con la armadura ligera de los actuales regentes —un diseño que a Helios le pareció un insulto a la tradición—, se acercó al grupo que aún quedaba con el príncipe.

—¡Eh, vosotros! —gritó el guardia, poniendo la mano en el pomo de su espada—. Este camino está reservado para el comercio oficial. Identificaos o dad la vuelta.

Caius hizo amago de sacar su daga, pero Helios puso una mano sobre su brazo, deteniéndolo. El príncipe dio un paso adelante, saliendo de la sombra de la roca. La luz del sol golpeó de lleno su rostro, revelando la cicatriz que cruzaba su pómulo izquierdo y la intensidad abrasadora de sus ojos.

El guardia retrocedió un paso, instintivamente. Había algo en aquel extraño, algo en la forma en que el aire parecía pesar más a su alrededor, que le heló la sangre a pesar del calor del mediodía.

—¿Quién eres? —preguntó el guardia, esta vez con la voz quebrada por un hilo de temor.

Helios no respondió de inmediato. Caminó hacia el hombre con una lentitud depredadora. Cuando estuvo a apenas unos centímetros, el guardia pudo oler el aroma a ozono y ceniza que siempre acompañaba a un Voran con el poder despierto.

—Soy el amanecer que no viste venir —susurró Helios.

De repente, extendió la mano y sujetó al guardia por el cuello de la armadura. No usó una fuerza bruta excesiva, pero sus dedos irradiaban un calor tan intenso que el metal de la hombrera comenzó a humear. El guardia soltó un alarido de dolor y sorpresa.

—Ve con tus superiores —continuó Helios, su mirada clavada en la del hombre como si quisiera incinerarle el alma—. Diles que el heredero del Sol ha regresado. Diles que preparen sus cuellos, porque no aceptaré arrepentimientos, solo deudas pagadas con sangre.

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Mariela Serrano
Estoy algo perdida, Acaso Selene no estaba casada con Varron, o esto pasó antes de eso?
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