Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 15
La habitación se sentía como una jaula de cristal que empezaba a resquebrajarse. La foto de mi padre, golpeado y retenido en algún almacén olvidado por Dios, quemaba mis dedos. Me encerré en el baño de mi habitación, apoyando la espalda contra la puerta fría, tratando de que el aire llegara a mis pulmones. La traición de Azkarion no era una simple mentira corporativa; era una estructura arquitectónica de crueldad diseñada para tenerme exactamente donde él quería: de rodillas.
Él sabía que el "refugio seguro" donde había enviado a mi padre era una trampa. O peor aún, él había permitido que Julian Vane lo encontrara para forzar este momento crítico.
Escuché sus pasos pesados acercándose a la puerta. No eran pasos de disculpa, eran pasos de mando. Golpeó una sola vez, una vibración seca que recorrió mi columna.
—Alexa, abre la puerta. Tenemos que trazar el plan de rescate. No hay tiempo para tu drama personal.
—¿Mi drama? —grité, abriendo la puerta de golpe. Él todavía sostenía el sobre manchado. Tenía la mandíbula tan tensa que parecía que sus huesos iban a estallar—. ¡Has usado la vida de mi padre como moneda de cambio! ¡Dijiste que estaría a salvo! ¡Me mentiste mientras me tocabas en ese yate!
Azkarion entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Su presencia llenó el espacio de una electricidad violenta. No había rastro del hombre vulnerable que vi anoche junto a la chimenea; frente a mí estaba el tiburón que no dudaba en sacrificar peones para ganar la reina.
—No te mentí sobre su seguridad inicial —dijo, su voz bajando a un susurro peligroso—. Pero Julian Vane tiene espías en mi propio equipo de seguridad. El traslado fue interceptado. Si quieres salvarlo, tienes que dejar de mirarme como si fuera el villano por un maldito segundo y empezar a actuar como mi esposa. Necesito que firmes el anexo del contrato para la transferencia de las acciones de los Miller. Es la única forma de que nos dejen entrar en ese almacén.
—¿Quieres que firme más papeles? ¿Crees que esto es un maldito negocio de oficinas? —Me acerqué a él, golpeando su pecho con mis puños—. ¡Es mi padre, Azkarion! ¡Es el único hombre que me ha querido de verdad!
Él me atrapó las muñecas con una fuerza repentina, inmovilizándome contra su cuerpo. El calor que emanaba de él era asfixiante, una mezcla de rabia y algo mucho más oscuro que me hizo estremecer. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, fijos en los míos con una intensidad que casi me quema.
—¿Crees que yo no quiero salvarlo? —siseó—. Si él muere, mi venganza muere con él. Si él muere, tú me dejarás y quemarás este mundo. Y no voy a permitir que ninguna de las dos cosas pase. Porque, aunque me odies por ello, Alexa, eres lo único real que he tenido en veinte años.
Sus manos se aflojaron, pero no me soltó. Sus dedos subieron por mis antebrazos hasta mis hombros, apretándome contra él. La tensión sexual en la habitación se volvió espesa, una neblina que nublaba mi juicio. Odiaba cómo mi cuerpo respondía a su cercanía incluso en medio del terror. Sentí su respiración errática contra mi frente, y por un momento, la máscara de hierro se agrietó de nuevo.
—Firma el documento —pidió, y esta vez no fue una orden, sino una súplica ronca—. Después de esto, si quieres irte, si quieres denunciarme, hazlo. Pero ayúdame a sacarlo de ahí.
Caminé hacia el escritorio de la habitación donde el documento ya esperaba, como si él hubiera previsto este desenlace exacto. Mi firma tembló sobre el papel, un trazo de tinta que sellaba mi destino definitivo junto al hombre que me estaba destruyendo para salvarme. En cuanto terminé, Azkarion me arrebató el papel.
—Prepárate. No llevaremos escolta oficial para no alertar a la policía de Vane. Iremos tú y yo. Eres la única persona en la que puedo confiar que no tiene un precio.
El trayecto hacia los muelles industriales de Jersey fue un descenso a los infiernos. Azkarion conducía el deportivo negro a una velocidad suicida, sorteando el tráfico de la tarde con una precisión quirúrgica. Yo miraba por la ventana, viendo cómo los edificios de cristal de Manhattan se convertían en naves industriales oxidadas y depósitos de chatarra.
—Si algo sale mal... —empecé a decir, pero él me interrumpió.
—Nada saldrá mal. He instalado un rastreador en el sobre que me entregaron. Los Vane son arrogantes, creen que me tienen acorralado. No saben que yo inventé el rincón donde están escondidos.
Llegamos a un callejón sin salida flanqueado por almacenes de techos altos. El aire olía a salitre, aceite quemado y decadencia. Azkarion detuvo el coche y sacó una pistola de la guantera, revisando el cargador con una frialdad que me hizo darme cuenta de que el hombre con el que dormía era mucho más peligroso de lo que mi imaginación podía alcanzar.
—Quédate en el coche —ordenó.
—Ni hablar. Es mi padre. Si entras tú solo, no sabrán que tienes el documento firmado. Me necesitan como prueba.
Él me miró de arriba abajo, sus ojos deteniéndose en mi traje blanco, ahora arrugado y manchado. Una chispa de admiración reticente cruzó su rostro.
—Está bien. Pero si te digo que corras, corres. Si te digo que te agaches, te agachas. Si mueres hoy, Alexa, juro que no quedará piedra sobre piedra en esta ciudad.
Entramos por una puerta lateral oxidada. El interior del almacén era un laberinto de contenedores de carga y maquinaria pesada. La oscuridad solo estaba rota por unos pocos focos industriales que colgaban del techo, balanceándose con la brisa que entraba por las grietas.
—¡DArgent! —La voz de Julian Vane resonó en el espacio vacío, distorsionada por el eco—. Sabía que no podrías resistirte a jugar al héroe. ¿Has traído el papelito o vienes a que te ponga un agujero entre los ojos?
Caminamos hacia el centro del almacén. Allí, bajo un foco amarillento, estaba mi padre. Se veía tan pequeño, tan frágil. Tenía los ojos vendados y la camisa desgarrada. Julian Vane estaba de pie junto a él, sosteniendo un revólver con una elegancia perezosa. Detrás de él, tres hombres armados nos apuntaban desde las sombras.
—Aquí tienes lo que quieres, Julian —dijo Azkarion, levantando el documento—. La transferencia total de las acciones de los Miller. A nombre de tu empresa pantalla, "Luz de Luna". No te escondas más.
—¡Papá! —grité, intentando correr hacia él, pero Azkarion me retuvo del brazo, sus dedos clavándose en mi piel como una advertencia silenciosa.
—Shhh, Alexa. Deja que los hombres de negocios hablen —Julian sonrió, una mueca cruel que me revolvió el estómago—. Sabes, Azkarion, siempre te envidié. Tenías esa frialdad que yo no lograba alcanzar. Pero entonces vi cómo mirabas a esta chica en el yate. Vi cómo la protegías. Y supe que habías encontrado tu talón de Aquiles. No son las acciones lo que quiero. Quiero verte perder lo único que te importa.
—Las acciones son tuyas si sueltas al viejo ahora mismo —dijo Azkarion, ignorando la provocación. Su voz era firme, pero noté que su mano libre buscaba la culata de su arma oculta.
—Tira el documento y el arma al suelo —ordenó Julian—. Y haz que la chica venga aquí. Quiero que sea ella quien firme el acta de defunción de la empresa de su padre antes de que los soltemos.
Azkarion dudó. Sentí su tensión, una cuerda a punto de romperse. Me miró por una fracción de segundo, y en ese breve contacto visual, hubo una comunicación muda. "Confía en mí".
Hizo lo que Julian pidió. Tiró el arma y el papel. Yo caminé hacia adelante con las piernas temblando. Cada paso se sentía como si caminara sobre cristales rotos. Cuando estuve a un par de metros de mi padre, Julian me agarró del brazo con una brusquedad que me hizo soltar un grito.
—Míralo, Alexa —susurró Julian al oído, el cañón del arma rozando mi sien—. Mira al hombre que te vendió a un monstruo por un puñado de dólares.
—Él no me vendió —dije, mi voz ganando una fuerza que no sabía que tenía—. Él fue víctima de personas como tú.
En ese momento, las luces del almacén se apagaron de golpe. Un estruendo de cristales rompiéndose resonó desde el techo. Azkarion no había venido solo; su equipo táctico, el que supuestamente no había traído, estaba descendiendo por las vigas superiores.
—¡Maldito seas! —gritó Julian.