Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.
Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.
Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.
Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.
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Capítulo 24 — La casa de Isabell
La residencia Santoro no parecía una casa.
Parecía una advertencia con jardín.
Marian lo pensó apenas el auto cruzó la reja principal y avanzó por un camino bordeado de cipreses perfectamente alineados. Al fondo, la fachada blanca se levantaba bajo luces cálidas, con balcones de hierro negro, ventanales altos y una escalinata amplia donde dos empleados recibían a los invitados como si aquello fuera una gala pequeña y no una simple “reunión social de estudiantes”.
Claro que en Aureum nada era simple.
Mucho menos si Isabell Santoro lo organizaba.
Marian miró por la ventana del auto con las manos quietas sobre el regazo. Llevaba un vestido azul oscuro, sobrio, prestado por una tienda que Demian había enviado “sin obligación de aceptar”. Ella casi lo rechazó por orgullo. Luego vio su propio vestido negro, gastado por demasiadas lavadas, y entendió que Isabell no iba a atacar solo con palabras.
Iba a atacar con salones, telas, joyas, copas, nombres, historia.
Así que aceptó el vestido.
No la deuda.
El vestido.
Había una diferencia, aunque fuera pequeña.
Demian iba sentado a su lado, impecable en traje oscuro, con la mirada fija en la entrada de la residencia. Durante el trayecto casi no había hablado. Eso, en él, no era raro. Pero esa noche su silencio tenía una tensión distinta.
—No bajes la mirada al entrar —dijo.
Marian soltó aire por la nariz.
—Buenas noches a ti también.
Demian giró apenas el rostro.
—Buenas noches.
—Qué esfuerzo tan conmovedor.
—Intento adaptarme a tus exigencias de cortesía.
—Vas pésimo.
Sus ojos pasaron por ella un segundo.
No de la forma clínica de los primeros días.
Más lento.
Marian sintió el impulso absurdo de acomodarse un mechón, pero no lo hizo.
—El vestido funciona —dijo él.
—El vestido no tiene que funcionar. Yo tengo que sobrevivir.
—También estás funcionando.
—No soy un mecanismo.
—No quise decir eso.
Marian lo miró, sorprendida por la corrección.
Demian no añadió nada más.
El auto se detuvo frente a la escalinata. Antes de que el chofer bajara, Demian se inclinó ligeramente hacia ella.
—Voy a tomar tu mano al bajar. Habrá cámaras.
Marian miró hacia la entrada. Varios estudiantes estaban reunidos cerca de las columnas. Algunos ya tenían el celular en la mano.
Por supuesto.
Isabell había convocado público.
—Hazlo —dijo.
La puerta se abrió.
El aire nocturno olía a jazmín y perfume caro. Demian bajó primero, rodeó el auto y extendió la mano hacia ella. Marian la tomó y descendió con cuidado, sintiendo de inmediato el peso de las miradas. El vestido se movió alrededor de sus piernas con una suavidad a la que no estaba acostumbrada.
Su primer instinto fue tensarse.
No lo hizo.
Entrar como si pensara quedarse.
La frase de Demian regresó a su cabeza.
Así que caminó a su lado, ni atrás ni adelante, con la mano sujeta a la suya y la barbilla alta.
La entrada principal estaba llena de estudiantes de Aureum. Algunos conocidos de pasillo. Otros de familias cuyos apellidos Marian había visto en placas, salones y boletines de donación. Nadie parecía haber llegado por casualidad. Todos estaban perfectamente vestidos para una reunión que seguramente había sido anunciada como informal.
Informal para ellos significaba seda sin esfuerzo, relojes discretos, sonrisas entrenadas y zapatos que no hacían ruido.
Renata Larios apareció al pie de la escalinata con una copa en la mano.
—Demian —saludó—. Marian. Qué gusto que vinieran.
Su vestido verde esmeralda parecía elegido para no competir con Isabell, pero tampoco desaparecer.
Marian sonrió apenas.
—Gracias por la invitación.
—Fue idea de Isabell —dijo Renata con suavidad—. Pensó que sería bueno integrarte.
Integrarte.
Como si Marian fuera una pieza mal puesta en una vitrina.
—Qué considerada —respondió Marian.
Pilar Montenegro, a un lado de Renata, bajó la mirada a los zapatos de Marian y sonrió.
—Te ves diferente.
Marian sostuvo su expresión.
—Eso espero. Habría sido preocupante venir en uniforme.
Renata soltó una risa baja.
Demian no dijo nada, pero su mano se mantuvo firme sobre la de Marian.
Entraron.
El vestíbulo de la residencia Santoro tenía un techo alto con lámparas de cristal, paredes claras y un arreglo floral enorme sobre una mesa circular. La música era suave, instrumental, perfecta para cubrir conversaciones venenosas sin apagar ninguna. Al fondo, unas puertas abiertas daban hacia un salón con ventanales al jardín.
Allí estaban los demás.
Y allí estaba Isabell.
No necesitaba estar en el centro para ser el centro.
Llevaba un vestido color marfil, sencillo solo en apariencia. El cabello recogido en un moño bajo dejaba ver su cuello, sus pendientes de diamantes pequeños, su postura impecable. Al verlos entrar, sonrió como si Demian llegara con una invitada esperada y no con la mujer que había arruinado públicamente su lugar.
—Llegaron —dijo, acercándose.
Demian no soltó a Marian.
—Isabell.
—Demian.
Luego Isabell miró a Marian.
—Marian, estás muy bien.
La frase sonó amable.
Demasiado amable.
—Gracias.
Isabell inclinó apenas la cabeza.
—Me alegra que hayas aceptado venir. Aureum puede ser abrumador cuando una no conoce ciertas dinámicas.
Marian sintió el primer corte.
—Estoy aprendiendo.
—Se nota.
Isabell sonrió más.
Renata y Pilar se colocaron cerca, como si no quisieran perderse una sola palabra.
Demian habló entonces:
—Nos quedaríamos poco tiempo.
Isabell giró hacia él.
—Qué pena. Preparé algo íntimo. Pensé que sería una oportunidad para que todos conociéramos mejor a Marian.
Marian no pasó por alto el “todos”.
No era una bienvenida.
Era una exposición.
Demian lo entendió también. Su pulgar se movió apenas contra la mano de Marian, un gesto mínimo, probablemente involuntario.
—No necesitamos convertirla en entrevista —dijo.
—Por supuesto que no —respondió Isabell, dulce—. Solo conversación.
La conversación empezó diez minutos después en el salón principal.
Y fue una trampa perfecta.
Primero vino lo inofensivo.
Una chica llamada Camila preguntó qué carrera estudiaba Marian. Marian respondió. Otro estudiante quiso saber cómo había obtenido la beca. Marian dijo que por rendimiento académico. Un chico sonrió y comentó que eso debía ser “inspirador”. La palabra sonó como condescendencia envuelta en celofán.
Luego las preguntas cambiaron.
—¿Y tus padres a qué se dedican? —preguntó Pilar, tomando un canapé de una bandeja.
Marian sintió que Demian, a su lado, se quedaba quieto.
Ella respondió antes de que él lo hiciera.
—Mi madre trabaja. Mucho.
Algunos sonrieron.
Pilar parpadeó.
—Qué bonito. Pero me refería a si tiene alguna empresa, alguna fundación…
—No.
—Ah.
Ese “ah” fue casi perfecto.
Pequeño.
Compasivo.
Cruel.