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La Frecuencia Del Barro

La Frecuencia Del Barro

Status: En proceso
Genre:Apoyo mutuo / Mundo de fantasía / Polos opuestos enfrentados / Sci-Fi
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Ji-Hoon Kang, un genio de la acústica de Seúl, vive atrapado en una corporación que produce buen sonido. Se cansa del mundo frío y artificial de León, Nicaragua, y vive en un universo diferente que está vivo, es imperfecto y está lleno de recuerdos de estos lugares y de cada uno de ellos. Allí Xiomara Aguilar, arquitecta que lidia con su memoria emocional de los espacios, y tanto ella como Ji-Hoon lo ayudan a reconstruir el Teatro de la Merced, un lugar donde el barro y la madera forman un sonido fantástico. Pero su antigua corporación quiere usar esa esencia para comercializarla. Entre los viejos túneles y el poder de la tierra, Ji-Hoon debe decidir qué camino elegir: regresar a lo artificial o quedarse como el "Ingeniero de Barro" y proteger una frecuencia que puede cambiar la forma en que el mundo escucha la vida.

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CAPÍTULO 11: El Amparo del Alba y el Veredicto del Adobe

La tensión en la calle frente al Teatro de la Merced era un arco tensado al límite, una cuerda de violín a punto de estallar. Los oficiales de policía intercambiaban miradas nerviosas, sus dedos rozando las fundas de sus armas, mientras la multitud de vecinos crecía, formando un muro humano de camisetas gastadas y rostros curtidos. Min-Seok, de pie junto a la camioneta negra, apretaba el mandíbula con tal fuerza que los tendones de su cuello resaltaban como cables.

—¡Suficiente teatro, Ji-Hoon! —gritó Min-Seok, perdiendo por primera vez su compostura glacial—. ¡Oficiales, procedan! Arresten al ciudadano coreano por violación de los términos de su visa y desacato a la propiedad corporativa. ¡Ahora!

Los policías dieron un paso adelante. Xiomara se interpuso entre Ji-Hoon y los uniformes, con los puños cerrados. El zumbido del teatro, esa nota baja y vibrante que Ji-Hoon había activado, pareció rugir en respuesta, haciendo que el suelo bajo los pies de todos temblara levemente.

—¡Deténganse! ¡Alto en nombre de la Ley de la República! —una voz estentórea, cargada de la autoridad que solo dan décadas de juicios y café fuerte, cortó el aire.

El Escudo de PapelPor el callejón lateral, aparecieron el Licenciado Montoya y el Director del Instituto de Cultura de León. Montoya corría —un espectáculo raro en él— agitando un fajo de papeles con sellos notariales rojos que brillaban bajo la luz del sol naciente.

—¡Oficial, detenga ese procedimiento inmediatamente! —exclamó Montoya, recuperando el aliento frente al jefe de la patrulla—. Aquí traigo un Amparo de Protección de Patrimonio Inmaterial y Recurso de Exhibición Personal debidamente ejecutoriado por el Tribunal de Apelaciones.

Min-Seok se acercó, sus ojos inyectados en sangre. —¿Qué ridiculez es esta? Tenemos una denuncia internacional de la corporación Kang.

—Usted tendrá el dinero, señor Min-Seok, pero nosotros tenemos la soberanía —replicó Montoya con una sonrisa de victoria—. El Estado de Nicaragua, a través de este decreto de urgencia, ha declarado que el sistema acústico instalado en este teatro no es "propiedad intelectual robada", sino un Bien de Interés Público. Y como tal, el ingeniero Ji-Hoon Kang ha sido nombrado oficialmente Custodio Técnico y Consultor Ad Honorem de la Nación.

Ji-Hoon sintió que una presión inmensa se levantaba de sus hombros. Miró a Xiomara, quien soltó un grito de júbilo que fue secundado por los vecinos.

—Eso significa —continuó Montoya, acercándose a Min-Seok hasta quedar a centímetros de su cara— que si usted toca al ingeniero, está interfiriendo con un funcionario en funciones de preservación del patrimonio nacional. Y si intenta confiscar ese equipo, lo acusaremos de saqueo de bienes culturales. ¿Le gustaría pasar unas vacaciones en la cárcel de La Modelo mientras aclaramos esto con su embajada?

La Retirada de la SombraMin-Seok miró el documento. Vio los sellos, la firma del magistrado y el escudo nacional. Miró a Ji-Hoon, quien lo observaba desde la escalinata del teatro, rodeado de gente que lo miraba con orgullo. Por primera vez en su carrera, el "solucionador" de los Kang se dio cuenta de que había perdido contra algo que no podía cuantificar en una hoja de Excel: el arraigo.

—Esto no ha terminado, Ji-Hoon-ah —siseó Min-Seok en coreano, bajando la voz—. Tu padre borrará tu nombre del registro familiar. Serás un fantasma para siempre.

—Ya era un fantasma en Seúl, Min-Seok —respondió Ji-Hoon en su lengua materna, con una paz absoluta—. Aquí, al menos, la gente sabe cómo se llama mi sombra. Vete. Dile a mi padre que el Teatro de la Merced ya tiene voz propia.

Min-Seok subió a la camioneta sin decir una palabra más. El vehículo arrancó con un chirrido de llantas, alejándose por la calle empedrada mientras la multitud abucheaba y reía. Los policías, visiblemente aliviados de no tener que arrestar a nadie, saludaron con la cabeza y se retiraron.

El Silencio de la VictoriaCuando el ruido de los motores se desvaneció, un silencio sagrado cayó sobre la plaza. Xiomara se giró hacia Ji-Hoon. Tenía el rostro manchado de polvo y las ojeras de una noche sin dormir, pero para Ji-Hoon, era la visión más hermosa que había tenido en su vida.

—Lo logramos, chele... —susurró ella, su voz quebrándose de la emoción—. Sos un "Custodio de la Nación". ¡Qué clase de nombre te pusieron!

Ji-Hoon la tomó por la cintura y la levantó en vilo, dando una vuelta mientras los vecinos aplaudían.

—No fui yo, Xiomara. Fue el teatro. Fue la resonancia de toda esta gente la que hizo que los papeles de Montoya funcionaran.

Se sentaron en las gradas de la entrada, viendo cómo la ciudad de León terminaba de despertar. El sol ya calentaba las cúpulas de la Catedral y el aire olía a pan recién horneado.

—¿Y ahora qué sigue, ingeniero? —preguntó ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Ya no tenés jefe, ni cuentas de banco, ni pasaje de regreso.

Ji-Hoon miró sus manos. Las cicatrices de la cal y el trabajo manual estaban ahí, como un mapa de su nueva identidad.

—Ahora sigue el trabajo de verdad —dijo él—. Tenemos doce mil dólares de la colecta y un nombramiento oficial. Mañana instalaremos los paneles de absorción de fibra de coco que diseñamos. Y luego... bueno, luego tenemos que ensayar. Porque este teatro se va a inaugurar con la mejor acústica de Centroamérica.

La Promesa del SonidoXiomara sacó de su bolsillo un pequeño objeto envuelto en un pañuelo. Era un trozo de ámbar nicaragüense, una resina fósil de color miel profunda.

—Tomá —dijo ella, poniéndolo en la palma de su mano—. Mi abuelo decía que el ámbar guarda el sol de hace millones de años. Quiero que este sea el centro del último resonador. Para que cuando la música suene, también suene el sol que nos salvó hoy.

Ji-Hoon cerró la mano sobre la piedra cálida. En ese momento, entendió que su vida ya no se medía en decibelios ni en frecuencias de muestreo, sino en momentos de conexión humana.

—Xiomara-ssi —dijo él, usando el honorífico con una sonrisa pícara—, creo que voy a necesitar que me enseñes a bailar esa cumbia que pusieron tus vecinos. Un Custodio de la Nación no puede ser tan rígido.

—¡Ideay! Eso va a estar más difícil que arreglar el techo —rio ella, abrazándolo con fuerza—. Pero tenemos toda la vida para aprender, Ji-Hoon. Toda la vida.

Esa noche, Ji-Hoon escribió en su cuaderno la última entrada de esa etapa:

"Día 18: El cristal se ha roto y el adobe permanece. He descubierto que la ley más fuerte no se escribe en los tribunales, sino en la memoria de las vigas de madera. Mi padre cree que me ha dejado pobre, pero hoy he heredado una ciudad entera. El sonido de León es ahora mi silencio favorito."

A lo lejos, el volcán Momotombo lanzaba una fumarola blanca hacia el cielo estrellado, como si él también quisiera ser parte de la nueva acústica de León.

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