Una vez creí en los cuentos de hadas, pero tarde me di cuenta de que solo eran una mentira que nos cuentan de niños para desviarnos de la maldad de este mundo en el cual por desgracia y caí y morí sabiendo que él no me amaba.
NovelToon tiene autorización de Tania Uribe para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: Eligiendo un comienzo
AYLA
Pasó menos de una semana para que se supiera que ya no sería la futura esposa de Vidar Schneider. La gente me miraba con lástima, mientras que otros me miraban con burla y algo parecido a la tranquilidad de saber que Vidar no sería sentenciado a casarse conmigo solo porque así yo lo quise desde hace tiempo. No pude evitar que algunos se hicieran ideas y teorías que iban más allá de la realidad. Solo pude seguir caminando sin mirar atrás; además, no buscaba nada más que tener una vida tranquila, pedir perdón a todos aquellos que fueron víctimas de mis actos y de mis desplantes infantiles y ridículos.
Primero debía comenzar con Mary. Hacerle ver con mis acciones que ya no era la misma persona que ella conocía desde que nací. Al despertar, me levanté antes de que Mary entrara a mi habitación. Fui a mi armario y me dispuse a elegir mi ropa: un pantalón de mezclilla, blusa negra con mangas largas y zapatillas deportivas. Me cepillé el cabello y lo até en una coleta simple. Me miré en el espejo pensando que mi aspecto era tan diferente a lo que proyectaba antes en el pasado.
Solté un largo suspiro pensando en lo que me esperaría al salir de mi habitación y bajar las escaleras, aunque era consciente de que no deseaba seguir en el mismo lugar que mis padres, que evidentemente se habían rendido conmigo en más de una forma, hasta el punto en que simplemente dejaron de ponerme la misma atención de antes. Miré las paredes, que eran de un tono cálido y suave, acogedor. Pero para mí eran paredes vacías, sin esa sensación de sentirme en casa, frías, gélidas e indiferentes. No tenía ni idea de que volver a renacer me haría ver las cosas de esa forma. Solté un suspiro dándome cuenta de que no tenía caso seguir viviendo bajo el mismo techo que mis propios padres. Todo en la casa estaba en silencio, pero no era un silencio apacible, era un silencio que pesaba, como si las paredes guardaran años de decepción.
Avancé lentamente por el pasillo, rozando con la punta de los dedos los retratos alineados. Mi infancia me devolvía a aquellos días en los que era una niña sonriente, una joven orgullosa, una mujer que pensó que el amor podía ser forzado a existir.
—Qué tonta fui...—susurré, aunque no había nadie que deseara escucharme. Había renacido. No como un milagro luminoso, sino como una segunda oportunidad cruelmente lúcida. Recordaba todo, cada palabra, cada grito que él pronunció, no en voz alta, en silencio. Cada gesto frío que yo fingía no ver. Cada noche en la que me convencía de que, si lo intentaba un poco más, él tal vez cedería un poco, solo un poco más y él terminaría amándome.
Pero eso nunca pasó.
Y mañana—mañana—comenzaría una nueva vida. Lejos de todo y de todos. Me detuve frente al gran espejo del recibidor. La mujer que miraba ya no era la misma. Tenía los mismos ojos, pero ya no estaban llenos de esperanza ciega. Ahora había algo más peligroso: claridad.
—Él no se casará conmigo en esta vida,—dije en voz alta, comprobando que la verdad era un veneno que necesitaba digerir—no estamos destinados a estar juntos.
Y, sin embargo, en mi vida pasada, había ignorado todas las señales. Había caminado de forma voluntaria hacia mi propia ruina. Cerré los ojos. El recuerdo llegó sin pedir permiso: aquella mañana del compromiso. Él distante. Su sonrisa forzada, la manera en que evitó tomar mi mano. Y luego... el susurro que escuché sin querer, escondida tras una pared:
"Nunca podré amarla, sin embargo, no tengo alternativa..."
El eco de sus palabras me habían atravesado otra vez, pero esta vez no me rompió. Me sostuve. Abrí los ojos con una nueva determinación, desconocida incluso para mí misma. Me giré y continué caminando por la casa. La biblioteca, donde mi madre había intentado enseñarme paciencia. El jardín donde mi padre me habló sobre la dignidad, el amor propio... lecciones que yo ignoré, una y otra vez, hasta que ellos dejaron de insistir. Me detuve en el umbral del salón principal. Podía verlos, en mi memoria, en el pasado, sentados frente a mí, agotados.
"No sabemos cómo ayudarte."
Y ahora lo entendía. No era que no me amara, sino que yo elegí no escucharlos. Un nudo se formó en mi garganta, pero no lloré. Ya había llorado todo lo que podía... en otra vida.
—Lo lamento...—murmuré hacia el vacío, como si mis padres pudieran oír en algún rincón de la casa lo que dije—. Pero esta vez... lo haré bien.
El reloj marcó las seis de la mañana. El día que debía comenzar a preparar todo para mi gran día se esfumó. Y yo no estaría ahí para cometer el mismo error dos veces. Menos Vidar...
Me dirigí a mi habitación con pasos silencios tratando de no despertar a nadie. Abrí mi armario y, en lugar de ver qué ropa usaría para sorprender a Vidar, en su lugar tomé algo de ropa, documentos importantes, dinero y metí todo en una maleta. Antes de salir, eché un vistazo a la habitación. A esa vida que ya no deseaba vivir. No había rastro de duda en mí. Solo una decisión firme. Crucé la puerta principal en silencio, temiendo que la casa algo o alguien me retuviera. Pero no lo hice. Me dejó ir... como siempre debí hacerlo. El aire de la mañana me recibió con un frío suave, casi reconfortante. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué vendría después.
Y por primera vez en mucho tiempo, no tenía ni idea de qué me estaba esperando. Y eso no me daba miedo. Cerré la puerta detrás de mí sin mirar atrás. Porque esta vez, no estaba huyendo de un final. Estaba eligiendo un comienzo.