¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 9
La noche era inusualmente cerrada. Tras el asalto a la caja fuerte y la expulsión de Julián de la casa familiar, una calma tensa se había instalado en el ático de Dante. Sin embargo, era esa clase de silencio que precede a los desastres naturales; un vacío de sonido que hace que los oídos duelan.
Dante estaba en su estudio, hablando por una línea segura con Victoria sobre el procesamiento de las pruebas de extorsión. Lía, por su parte, intentaba calmar sus nervios en la cocina, preparando un té que no pensaba beber. El sobre negro con los secretos de su padre descansaba sobre la encimera, recordándole que la libertad tenía un precio amargo.
De repente, las luces del ático parpadearon y se apagaron. El zumbido constante del aire acondicionado murió, dejando paso a un silencio sepulcral.
—¿Dante? —llamó Lía, sintiendo que el vello de sus brazos se erizaba.
No hubo respuesta. Solo el sonido de sus propios pasos sobre el parqué mientras caminaba hacia el salón. El ático, bañado por la luz espectral de la luna que se filtraba por los ventanales, parecía un laberinto de sombras.
—Dante, no es gracioso. Se fue la luz.
Un ruido seco, como el de algo pesado golpeando el suelo, vino desde el pasillo de las habitaciones. Lía se detuvo en seco. Su instinto, el mismo que le avisaba en sus sueños cuando el peligro acechaba, le gritó que huyera. Pero no podía dejar a Dante.
Caminó hacia el estudio, pero antes de llegar, una figura emergió de la oscuridad del pasillo lateral. No era Dante.
—¿Buscabas a tu caballero de brillante armadura, Lía? —la voz de Julián sonó arrastrada, pastosa, cargada de un odio que el alcohol solo había intensificado.
Julián apareció bajo la luz de la luna. Tenía el rostro desencajado y sostenía un aturdidor eléctrico en una mano y una pistola en la otra. Lía ahogó un grito.
—¿Qué has hecho con él? —preguntó ella, retrocediendo hasta chocar con la mesa de centro.
—Tu abogado favorito está durmiendo una siesta en su oficina. No calculó que yo todavía tenía las llaves maestras de mantenimiento de este edificio. Fui yo quien instaló el sistema de seguridad de la constructora aquí, ¿lo recuerdas? —Julián rió, una risa seca y carente de cordura—. Me lo has quitado todo, Lía. Mi reputación, mi dinero, mi casa. Incluso Sara me ha abandonado ahora que no tengo nada que ofrecerle.
—Tú te lo quitaste solo, Julián. Fuiste tú quien robó y engañó.
—¡Cállate! —gritó él, apuntándola con el arma—. Me diste siete años de frialdad. Siete años de ser "la arquitecta perfecta" mientras yo me moría de asco a tu lado. Y de repente, llega este tipo, un muerto de hambre del pasado, ¿y te conviertes en una tigresa? No voy a permitirlo. Si yo no tengo mi vida de vuelta, tú no tendrás este cuento de hadas.
Julián se abalanzó sobre ella. Lía esquivó el primer movimiento, lanzándole un pesado jarrón de cristal que se hizo añicos contra la pared, pero él era más fuerte. La agarró del cabello y la lanzó contra el sofá, presionando el cañón del arma contra su sien.
—Vamos a terminar esto donde empezó —siseó él—. Voy a quemar este lugar contigo dentro. Así todos pensarán que fue un trágico accidente por la depresión de tu divorcio.
En ese momento, un movimiento rápido en la oscuridad hizo que Julián girara la cabeza. Dante, tambaleándose y con un hilo de sangre recorriendo su frente, apareció en el umbral del salón. El golpe del aturdidor no lo había dejado fuera de combate por completo.
—Suéltala, Julián —la voz de Dante era un rugido bajo, cargado de una furia ancestral.
—¡Atrás, Valerios! —gritó Julián, apretando el arma contra Lía—. ¡O le vuelo la cabeza ahora mismo!
Lía miró a Dante. Sus ojos se encontraron en medio de la penumbra. En esa fracción de segundo, se comunicaron más que en mil palabras. Dante sabía que no podía acercarse sin arriesgar la vida de ella, y Lía supo que tenía que ser ella quien diera el primer paso para salvarse.
Recordó las palabras de Dante: "Ya no eres la mujer invisible".
Lía dejó de forcejear. Se quedó inmóvil, dejando que Julián relajara un poco la presión por la falsa sensación de control.
—¿Sabes qué es lo más triste, Julián? —dijo Lía, su voz firme y gélida—. Que incluso con un arma, sigues siendo un hombre pequeño.
—¡Cállate!
—Sara tenía razón en algo —continuó ella, sintiendo el metal frío contra su piel—. Nunca fuiste suficiente para mí. No porque yo fuera fría, sino porque tú eras insignificante. Dante me hizo sentir en una noche lo que tú no pudiste en siete años de matrimonio.
La furia ciega nubló el juicio de Julián. El insulto a su virilidad fue la chispa definitiva. En el momento en que él levantó el arma para golpearla con la culata, Lía reaccionó. Le clavó los dedos en los ojos con una ferocidad salvaje y, usando su peso, lo empujó hacia atrás.
Dante no perdió un segundo. Se lanzó sobre Julián como un depredador. El sonido de los cuerpos chocando contra el suelo y el estruendo de un disparo que se perdió en el techo llenaron la habitación.
Lía se arrastró por el suelo, buscando refugio, pero se detuvo al ver la pelea. Dante tenía a Julián inmovilizado, golpeándolo con una rabia que amenazaba con matarlo allí mismo.
—¡Dante, para! —gritó Lía, corriendo hacia él—. ¡No vale la pena! ¡No te conviertas en un asesino por él!
Dante se detuvo, con el puño en alto. Miró a Julián, que estaba semiinconsciente y sangrando, y luego miró a Lía. Sus ojos volvieron a la realidad, recuperando la humanidad que el trauma del pasado y el peligro del presente le habían arrebatado por un instante.
Se puso de pie, respirando con dificultad, y atrajo a Lía hacia su pecho. Ella temblaba incontrolablemente, pero estaba viva.
—Se acabó —susurró él, rodeándola con sus brazos—. Se acabó de verdad.
La luz de las linternas de la policía empezó a barrer el ático desde el pasillo. Victoria había llamado a las autoridades al no poder contactar con Dante. Los oficiales entraron, redujeron a un Julián que ya no ofrecía resistencia y lo sacaron esposado.
Mientras se lo llevaban, Julián miró a Lía por última vez. Ya no había odio en sus ojos, solo un vacío patético. Había perdido la guerra.
Victoria entró poco después, revisando que ambos estuvieran bien.
—Los paramédicos están abajo. Dante, necesitas que te revisen ese golpe. Lía... estás en estado de shock.
—Estoy bien —dijo Lía, aunque sus dientes castañeaban—. Solo... quiero salir de aquí.
Dante la llevó a la terraza. La lluvia había cesado y el aire olía a asfalto mojado y a libertad. Se sentaron en el suelo, apoyados contra la pared, envueltos en una manta que uno de los oficiales les había dado.
—Tuviste valor —dijo Dante, tomando la mano de ella y besando sus nudillos—. Lo que le dijiste... sabías que lo harías perder el control.
—Era la verdad —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Nunca me sentí dueña de mi vida hasta que te encontré. O hasta que nos encontramos de nuevo.
Dante la miró con una ternura infinita.
—Julián irá a prisión por intento de asesinato, además del fraude. Y Sara... bueno, Victoria dice que hay pruebas suficientes para imputarla como cómplice. Se acabó el nido de serpientes, Lía.
Lía cerró los ojos, sintiendo el latido del corazón de Dante contra su oído. El trauma del secuestro y la pelea estaba empezando a ser reemplazado por una paz profunda.
—Dante... la foto del muelle. ¿Todavía la tienes?
Él la sacó del bolsillo de su pantalón, un poco arrugada por el forcejeo, pero intacta.
—Nunca me separaré de ella. Es el recordatorio de que algunas promesas tardan veinte años en cumplirse, pero se cumplen.
Se quedaron allí, viendo cómo el primer rayo de luz del amanecer empezaba a teñir el cielo de rosa y naranja. Ya no eran dos niños asustados en un lago, ni una esposa traicionada y un abogado con sed de venganza. Eran simplemente Lía y Dante, dos almas que habían navegado a través de las pesadillas para despertar, por fin, en el mismo sueño.
La sensualidad de la noche anterior, la adrenalina del peligro y la amargura del pasado se fundieron en un abrazo silencioso. Lía sabía que el camino hacia la recuperación sería largo; tendría que reconstruir la constructora, lidiar con el juicio y sanar las heridas de la traición de su hermana. Pero mientras tuviera a Dante a su lado, sabía que ningún plano sería demasiado difícil de trazar.