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La Sustituta Del Don Viudo

La Sustituta Del Don Viudo

Status: Terminada
Genre:Mafia / Tú no me amas / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Edna Garcia

Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.

Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.

Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.

Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.

NovelToon tiene autorización de Edna Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Ayslan notó el cambio antes incluso de que Álvaro dijera nada.

Aquella mañana, estaba más silencioso de lo habitual. El café fue tomado en pocos minutos, sin correcciones, sin observaciones sobre postura o hábitos. Solo silencio —y eso, extrañamente, la puso en alerta.

Cuando él se levantó, acomodándose el saco, Ayslan alzó la mirada.

—¿Vas a salir?

—Sí. —respondió él. —Tengo asuntos que resolver fuera de la ciudad.

El corazón de ella se aceleró sin que supiera explicar el motivo.

—¿Por cuánto tiempo?

Álvaro dudó por un segundo antes de responder.

—Tres días. Quizás un poco más.

Ella asintió, intentando parecer indiferente, pero algo dentro de ella se contrajo. La ausencia de él debería traer alivio. Y aun así… no lo trajo.

—Mientras yo esté fuera… —él continuó, encarándola con seriedad. —No sales de la mansión.

Ayslan respiró hondo.

—No pretendía salir.

—Aun así. —Álvaro reforzó. —El mismo hombre que te acompañó al hospital será responsable de tu seguridad. Él estará aquí todo el tiempo.

—Vigilancia. —ella corrigió, sin ironía.

Álvaro no negó.

—Llámalo como quieras.

Él dio algunos pasos en dirección a la puerta, pero se detuvo. Se volvió hacia ella lentamente.

—Cuando yo vuelva… —dijo, la voz más baja. —No quiero distancia entre nosotros.

Ayslan sintió el rostro calentarse.

—Álvaro…

Él se acercó, disminuyendo el espacio entre ellos. No había agresividad en sus gestos. Había control.

—Eres mi esposa. —dijo, firme. —No olvides eso mientras yo esté fuera.

Antes de que ella pudiera responder, Álvaro la atrajo hacia sí.

El abrazo vino inesperado, fuerte, envolvente.

Demasiado prolongado para ser solo formal.

Ayslan sintió el cuerpo endurecerse en el primer instante, pero algo dentro de ella cedió. El perfume de él, la firmeza del pecho contra el suyo, la forma en que él la sostenía —todo despertaba sensaciones que ella venía intentando sofocar hacía días.

Entonces vino el beso.

No fue rápido, fue gentil, fue cariñoso, fue intenso, prolongado, cargado de una provocación silenciosa que la dejó sin aire. Álvaro no buscaba afecto. Buscaba marcar territorio.

Cuando él finalmente se alejó, mantuvo el rostro próximo al de ella.

—Prepárate. —murmuró. —Cuando yo vuelva, tendremos otra noche juntos.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos como una promesa que no pedía consentimiento.

Álvaro se alejó sin esperar respuesta.

Ayslan permaneció inmóvil por algunos segundos, el corazón disparado, los labios aún quemando.

Ella llevó la mano al propio pecho, intentando entender lo que sentía.

¿Miedo? ¿Rabia? ¿O algo mucho más peligroso?

Al verlo salir por la puerta, un pensamiento la atravesó como un golpe inesperado:

¿Por qué eso dolió… y al mismo tiempo hizo falta?

Durante los días siguientes, la mansión quedó aún más silenciosa. El hombre designado por Álvaro estaba siempre cerca —discreto, atento, presente demasiado para ser ignorado.

Ayslan pasaba horas en el jardín, intentando organizar sus propios pensamientos.

Ella recordaba el beso.

De la forma en que Álvaro la sujetara.

De la sensación contradictoria que la invadiera.

¿Él me lastima… pero solo quiero que él me vea?

Ayslan odiaba admitir, hasta para sí misma, que algo dentro de ella comenzaba a cambiar. No era amor —pero era el inicio de algo peligroso: la esperanza silenciosa de que aquel hombre pudiera, un día, ser diferente.

Y esa esperanza… sería la parte más cruel de todo.

El aire en el galpón era pesado.

Olor a metal, aceite y miedo.

Álvaro Mendes caminaba por el espacio amplio con pasos firmes, las manos en los bolsillos del abrigo oscuro. No había prisa. Hombres armados se apartaban a su paso, manteniendo la cabeza baja. Allí, nadie osaba encararlo por mucho tiempo.

En el centro del galpón, un hombre arrodillado temblaba.

—Sabes por qué estás aquí. —Álvaro dijo, finalmente, quebrando el silencio.

La voz era baja, controlada. No necesitaba gritar. Nunca necesitó.

—Yo… yo puedo explicar… —el hombre balbuceó.

Álvaro paró delante de él e inclinó levemente la cabeza, evaluándolo como quien observa algo descartable.

—Traición no se explica. —respondió. —Se paga.

Él hizo un gesto casi imperceptible con la mano.

Uno de los hombres jaló una carpeta y abrió sobre una mesa próxima. Dentro, documentos, fotos, registros bancarios.

—Desviaste dinero. —Álvaro continuó. —Hablaste de más con quien no debías. Pensaste que yo no lo notaría.

El hombre comenzó a llorar.

—Estaba desesperado… mi familia…

Álvaro lo interrumpió con una mirada.

—Todos aquí tienen familia. —dijo fríamente. —Y aun así saben el lugar que ocupan.

Él dio la espalda, caminando algunos pasos, como si el asunto ya estuviera cerrado.

—Hazlo rápido. —ordenó, sin volverse.

El sonido que se siguió fue seco.

Ninguna reacción de Álvaro. Ningún señal de arrepentimiento. Apenas otro problema resuelto.

Él caminó hasta una mesa lateral donde estaban sus hombres de confianza.

—El cargamento sigue mañana. —dijo. —Doblen la seguridad. No quiero sorpresas.

—¿Y en cuanto a los italianos? —preguntó uno de ellos.

Álvaro encendió un cigarrillo con calma.

—Ellos probaron límites. —respondió. —Ahora saben dónde termina el error.

—¿Y si insisten?

Álvaro soltó el humo lentamente.

—Entonces no insistirán por mucho tiempo.

El hotel era discreto demasiado para llamar la atención.

Localizado en un área alejada del centro, tenía el tipo de lujo silencioso que no aparecía en revistas, pero era conocido por quien necesitaba desaparecer por algunos días. Álvaro Mendes ocupaba la suite más alta, no por vanidad, sino por visión estratégica.

De allí, veía todo.

—Ellos se están moviendo rápido demasiado. —dijo Rubens, su capo, cerrando la puerta con cuidado. —Eso no es coincidencia.

Álvaro estaba de pie, observando la ciudad por la ventana. Las manos en los bolsillos del abrigo, la mirada atenta, calculadora.

—La mafia americana nunca se mueve sin probar el terreno. —respondió. —Ellos quieren más que territorio. Quieren mi caída.

Rubens asintió.

—Ya comenzamos la investigación. Silenciosa, como el señor pidió. Ninguna movilización brusca.

—Óptimo. —Álvaro respondió. —Quien habla de más, avisa al enemigo.

Durante dos días, nada sucedió a primera vista.

Negocios siguieron normalmente. Encuentros sucedieron. Mensajes fueron cambiados. Pero, por detrás de todo, Rubens y los hombres de confianza de Álvaro rastreaban cada llamada, cada transferencia sospechosa, cada conversación fuera del tono habitual.

En la tercera noche, la respuesta vino.

—Encontramos. —dijo Rubens, entrando en la suite sin esconder la tensión. —Tres nombres. Todos próximos. Todos pensando que el señor no notaría.

Álvaro se volvió lentamente.

—¿Internos?

—Sí. —Rubens confirmó. —Información pasada para los americanos. Fechas, rutas, valores.

Álvaro respiró hondo.

Traición nunca fue sorpresa. Apenas confirmación.

—Tráelos. —dijo, sin alterar el tono. —Separadamente.

El encuentro sucedió en un local cerrado, lejos de miradas curiosas. Los tres hombres estaban sentados, rígidos, intentando mantener una postura que no combinaba con el miedo evidente en sus ojos.

Álvaro no levantó la voz.

No necesitó.

—Ustedes saben por qué están aquí. —dijo, caminando lentamente delante de ellos.

Silencio.

—La mafia americana cree que puede derrumbarme usando a ustedes. —continuó. —El error de ellos fue pensar que yo no vería.

Uno de los hombres intentó hablar, pero Rubens lo silenció con un simple gesto.

Álvaro paró delante del primero.

—Yo podría mandar eliminar a ustedes ahora. —dijo calmadamente. —Sería el camino más fácil.

Los tres palidecieron.

—Pero muerte rápida no enseña. —Álvaro continuó. —Y yo quiero que esto sea un aviso.

Él hizo un gesto discreto.

—Que todos vean. Que todos entiendan.

Los hombres fueron retirados uno a uno.

Lo que sucedió después no fue narrado en gritos ni en sangre expuesta. Apenas consecuencias. Una punición clara, irreversible, imposible de esconder.

La mano derecha de cada uno de ellos fue cortada sin piedad.

Cuando todo terminó, Rubens volvió a la sala, serio.

—Está hecho.

Álvaro asintió.

—Avise a los americanos. —dijo. —Diga que esto fue apenas el comienzo.

—¿Y si continúan, y no aprenden con este gesto, veremos?

Álvaro caminó hasta la ventana nuevamente, observando las luces de la ciudad.

—Entonces ellos aprenderán de la forma difícil. —respondió. —Yo no caigo. Yo respondo.

Rubens permaneció en silencio por algunos segundos antes de preguntar:

—¿El señor quiere volver para la mansión mañana?

Álvaro pensó por un instante.

El rostro de Ayslan surgió en su mente. El silencio de ella. El beso antes de la partida. La forma como lo aguardaba sin preguntar nada.

—Sí. —respondió. —Mañana.

Cuando quedó solo, Álvaro se sirvió un vaso de whisky. No brindó. Apenas bebió.

La mafia americana había hecho su primer movimiento.

Y él había respondido con un aviso claro:

Traición no pasa impune.

Y misericordia… tiene límites.

Pero, aquella noche, por primera vez, Álvaro notó que no era la mafia que ocupaba sus pensamientos cuando el silencio llegaba.

Era la mujer que lo aguardaba en casa.

Y eso…

…era un territorio que él aún no sabía cómo dominar.

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