Tras morir en su mundo anterior, Ariel despierta en el cuerpo de un omega marcado como villano en una sociedad omegaverse brutal y jerárquica. Todos aseguran que este omega traicionó, manipuló y causó la muerte de varios alfas importantes.
Pero Ariel no recuerda haber hecho nada de eso.
Condenado a un matrimonio arreglado con un alfa violento —un enlace que, en realidad, es una sentencia de muerte encubierta—, Ariel intenta sobrevivir en silencio… hasta que aparece Kael, un delta poderoso, temido por muchos y leal a nadie… excepto a él.
Kael no solo lo ayuda a escapar.
Lo protege.
Lo reconoce.
Lo ama.
Y Ariel pronto descubrirá que:
Ya se conocieron en otra vida
En esta misma vida, Kael lo conoció cuando ambos eran niños
Kael lo ha buscado en cada existencia
Y que la historia del “omega villano” es una mentira cuidadosamente construida
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CAPÍTULO 9 – ESTOY EMBARAZADO
El amanecer entró tímido por la ventana, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera. Ariel llevaba rato despierto, aunque su cuerpo se negaba a moverse. Sentía una presión extraña en el pecho, una mezcla de nerviosismo y algo más… algo nuevo, silencioso, pero insistente.
Habían pasado semanas desde la huida. Semanas de refugios cambiantes, de noches tranquilas que aún le parecían irreales, de Kael siempre cerca, demasiado atento, demasiado presente como para ignorarlo. Y, aun así, Ariel había intentado convencerse de que esa sensación persistente era solo miedo residual.
Pero no lo era.
Se llevó una mano al vientre, apenas un gesto inconsciente. No había dolor, ni mareos extremos, solo una certeza suave, creciente, que lo había acompañado desde hacía días. Su cuerpo —ese cuerpo que durante tanto tiempo había sido controlado por otros— ahora le hablaba con claridad.
—No puede ser… —susurró.
Kael aún dormía, apoyado contra la pared, con la espada al alcance de la mano incluso en sueños. Ariel lo observó en silencio. El delta parecía imponente incluso en reposo, pero había algo vulnerable en la forma en que su respiración se acompasaba, como si por fin se permitiera bajar la guardia.
Ariel tragó saliva.
No quería despertar ese momento con una verdad que podía cambiarlo todo.
Sin embargo, cuando Kael abrió los ojos, fue como si ya lo supiera.
—¿Te duele algo? —preguntó de inmediato, incorporándose.
Ariel negó con la cabeza, pero no retiró la mano de su vientre.
El silencio se volvió denso.
Kael siguió la mirada, comprendiendo antes de escuchar las palabras. Sus cejas se fruncieron, no con rechazo, sino con una mezcla de sorpresa y algo más profundo… temor, quizá.
—Ariel… —dijo con cuidado—. Háblame.
El omega respiró hondo. Había enfrentado consejos, acusaciones y amenazas de muerte. Pero nunca algo tan frágil como ese instante.
—Creo que… —su voz tembló— estoy embarazado.
El mundo pareció detenerse.
Kael no reaccionó de inmediato. No se levantó, no habló, no mostró alegría ni alarma. Solo se quedó allí, mirándolo como si necesitara asegurarse de que Ariel era real.
—¿Estás seguro? —preguntó al fin, con una suavidad casi dolorosa.
Ariel asintió.
—Lo siento —añadió de inmediato, como si fuera su culpa—. No lo planeé. Yo… no sabía si era posible, con todo lo que pasó antes, con el estrés, con—
Kael se movió entonces, cerrando la distancia entre ambos de un solo paso. Se arrodilló frente a él, rompiendo una vez más cualquier jerarquía implícita entre omega y delta.
—No te disculpes —dijo con firmeza—. Jamás.
Tomó con cuidado la mano de Ariel y la apoyó sobre su propio pecho, donde el corazón latía con fuerza.
—¿Tienes miedo?
Ariel dudó. Luego asintió de nuevo.
—Sí. No por mí… sino por lo que esto significa. Si nos encuentran, si el consejo lo descubre… este hijo sería una herramienta, un arma, una condena.
Kael apoyó su frente contra la de él.
—Entonces no los dejaremos acercarse —respondió—. Ni a ti, ni a nuestro hijo.
La palabra nuestro se deslizó entre ellos como una promesa.
Ariel cerró los ojos. Una lágrima escapó sin que pudiera detenerla. Kael la limpió con el pulgar, con un gesto tan delicado que le dolió el pecho.
—Yo no quería atarte —susurró Ariel—. No quería convertirme en otra carga.
Kael soltó una risa baja, incrédula.
—Si supieras cuántas vidas he esperado este momento… —murmuró—. No eres una carga. Eres el motivo.
El delta se inclinó y besó su frente. No fue un beso apasionado, sino reverente, como si marcara un juramento silencioso. Ariel sintió el aroma de Kael envolverlo, no como dominio, sino como refugio.
—¿Puedo? —preguntó Kael, señalando su vientre.
Ariel asintió.
La mano grande se apoyó con cuidado, como si temiera hacerle daño a algo tan pequeño que aún no existía del todo. El contacto fue sencillo, pero Ariel sintió un nudo en la garganta.
—Es real —susurró Kael—. Lo siento… aunque todavía no esté aquí.
Ariel sonrió entre lágrimas.
—Yo también.
Durante un rato no dijeron nada. Afuera, el mundo seguía igual de peligroso, pero dentro de esa habitación improvisada había nacido algo imposible de destruir con decretos o rumores.
—Tenemos que ser cuidadosos —dijo Ariel finalmente—. Cambiar planes. Evitar ciudades grandes. Mi cuerpo… va a cambiar.
Kael asintió.
—Ya lo sabía —respondió—. Desde el principio supe que nuestra historia no sería sencilla.
Se inclinó un poco más cerca, sin tocarlo esta vez.
—Pero también sé esto: no permitiré que nadie vuelva a decidir por ti. Ni siquiera el destino, si intenta imponerse.
Ariel soltó una pequeña risa nerviosa.
—Hablas como si pudieras pelear contra el destino.
Kael sonrió, una sonrisa peligrosa y dulce a la vez.
—Ya lo he hecho antes. Por ti.
El omega apoyó la cabeza en su hombro. Por primera vez desde que despertó en ese cuerpo odiado por todos, no sintió que el futuro fuera una amenaza. Era incierto, sí, pero también estaba lleno de posibilidades.
Y, entre ellas, una vida nueva que crecería protegida no por títulos ni leyes, sino por amor elegido.
Ariel cerró los ojos, aferrándose a esa certeza.
No importaba cuántas veces el mundo intentara llamarlo villano.
Ese hijo sería la prueba de que incluso las historias manchadas podían dar origen a algo puro.