Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
NovelToon tiene autorización de Maicol Castañeda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LAS SOMBRAS SE MUEVEN
En las profundidades de la tierra, donde la luz jamás había penetrado y el silencio no era paz sino amenaza, una presencia oscura y elegante se alzaba entre columnas de roca ennegrecida. El aire se volvía pesado a su alrededor, como si la misma creación retrocediera ante su existencia. Era Baal, el Maligno. Su aura completamente negra no solo absorbía la luz: la deformaba, la consumía, la hacía gemir. Las sombras se inclinaban ante él.
Con voz grave, profunda como el eco de una tumba antigua, habló sin alzar el tono, pero su sentencia retumbó como un decreto eterno.
—Es hora de conquistar este mundo.
A su lado, Belgor permanecía arrodillado. Corpulento, de músculos tensos como cadenas vivas, cuernos retorcidos y garras manchadas por antiguas batallas, inclinó la cabeza con reverencia. Su respiración era áspera, bestial, como si apenas contuviera la violencia que ardía
dentro de él.
—Con gusto, mi señor —respondió, y en su voz no había duda, solo hambre.
Belgor se levantó lentamente y giró hacia la oscuridad que se extendía tras él. Sus ojos brillaron con un destello rojo enfermizo mientras
alzaba una de sus garras.
—Titanes del Abismo… ha llegado la hora. Tomen la tierra. Destruyan todo a su paso. No dejen piedra sobre piedra, ni carne sobre hueso.
Un rugido colectivo estremeció las cavernas. Diez colosos emergieron de la negrura: piel rasgada, bocas múltiples que se abrían en ángulos imposibles, ojos ardiendo como brasas. Ocho eran pura brutalidad descontrolada, pero dos avanzaban con algo más en la mirada. Seirah, alto y grotesco, con piel de lava cuarteada y ojos afilados como cuchillas. Karnaz, más estilizado, con una presencia fría, calculadora, cadenas oscuras enrolladas en sus brazos como
extensiones vivas de su voluntad.
Seirah giró su arma —una hoja negra dentada— y sonrió mostrando colmillos irregulares.
—Que el cielo nos escuche rugir —escupió con desprecio.
Karnaz inclinó levemente la cabeza, sus ojos fijos hacia la superficie.
—Y que aprendan lo que es temer a la oscuridad —murmuró con una calma inquietante.
Las sombras comenzaron a moverse.
Y el mundo, sin saberlo, estaba a punto de cambiar para siempre.
El sol brillaba sobre Monte Alto. La brisa recorría los campos verdes, las copas de los árboles danzaban suavemente y el murmullo de los cánticos se elevaba desde los templos como incienso invisible. Niños corrían por las calles empedradas, riendo sin miedo; ancianos conversaban sentados frente a sus hogares; madres llamaban a sus hijos desde las puertas abiertas. Monte Alto era una aldea viva, sagrada, fértil en fe.
Entonces el cielo crujió.
Un estruendo rompió la armonía como un martillo contra cristal.
PUM.
La tierra tembló con violencia. Las ventanas estallaron. Las aves huyeron en bandadas desordenadas. Y del suelo, desgarrando roca y raíces, emergieron los Titanes del Abismo.
El primero cayó sobre un templo. Las columnas se partieron como huesos frágiles y la estructura entera se desplomó con un rugido de piedra. Gritos desgarraron el aire. Una madre abrazaba a su hijo mientras corría entre polvo y fuego.
—¡Corran! ¡Corran hacia el río! —gritaba alguien desesperado.
Un anciano quedó atrapado bajo una viga caída.
—¡Ayuda! ¡Por favor… ayuda!
Un titán lo aplastó sin siquiera mirarlo. El sonido
fue seco. Final.
Las casas ardían. Niños lloraban buscando a sus padres. Hombres intentaban levantar escombros con manos ensangrentadas. Una mujer gritaba el nombre de su hija entre humo y ceniza.
Monte Alto se convirtió en fuego, sangre y súplicas.
Muy lejos de allí, Albiel se encontraba orando cuando un viento atravesó la estancia. No fue un viento común; fue un mensaje.
—Albiel… Monte Alto cae. Los hijos deben volar.
Sus ojos se abrieron de inmediato. No hubo duda. No hubo miedo.
—¡Jael! ¡Dervian! ¡Gahiel! ¡Maion! —su voz retumbó firme—. ¡El llamado es ahora!
Los cuatro se elevaron al instante. Como cometas encendidos cruzaron los cielos, dejando estelas de luz tras de sí. Desde las alturas divisaron el humo.
Jael fue el primero en hablar, con voz firme y clara, proyectándose sobre el viento.
—Escuchen bien. Protejan a los civiles primero. Gahiel, contención frontal. Maion, movilidad y rescate. Dervian, cubre los flancos y evita que escapen. No dejaremos que caiga nadie más.
—Al fin algo de acción —respondió Gahiel con una sonrisa tensa—. Esos feos no saben dónde se metieron.
Maion giró sobre sí mismo en el aire, ligero.
—Solo intenten no romper media aldea mientras yo hago el trabajo fino.
Dervian cerró los ojos un segundo, sintiendo la gravedad espiritual del momento.
—Que nuestra luz no se contamine con odio… pero que tampoco tiemble.
Descendieron.
El impacto de su llegada levantó una onda de aire que dispersó humo y ceniza. Los aldeanos alzaron la vista, temblando, y por un momento el miedo cedió ante la esperanza.
Un titán se abalanzó hacia un grupo de niños escondidos tras una carreta destrozada. Dervian apareció frente a ellos como un muro sereno de luz. Extendió su mano y una energía azul envolvió a la bestia, desintegrándola con un estallido limpio.
Se inclinó hacia los pequeños.
—Ya pasó. Corran hacia el bosque y no miren atrás.
Gahiel se lanzó contra otro titán sin esperar orden. Lo recibió con un golpe directo al rostro que resonó como trueno.
—¡Vamos, grandote! ¡Pégame más duro!
El titán respondió con un zarpazo que lo lanzó contra una pared. Gahiel escupió sangre… y sonrió.
—Eso sí me gustó.
Maion se movía como viento entre ruinas, sacando heridos de debajo de escombros, cortando extremidades monstruosas con precisión quirúrgica. Cuando vio a un hombre atrapado bajo una viga ardiente, la levantó con rapidez inesperada.
—Respira. Mientras yo esté aquí, respira —le dijo con suavidad antes de desaparecer otra vez en combate.
Uno a uno, los ocho titanes menores fueron cayendo.
Entonces Seirah rugió.
Su cuerpo de lava ardiente avanzó entre los restos de sus hermanos caídos. Sus ojos se clavaron en los elegidos con odio profundo.
—¿Creen que esto es victoria? —su voz era como roca quebrándose—. Apenas están probando el dolor.
Se lanzó directo hacia Gahiel. El impacto hizo temblar el suelo. Gahiel sostuvo el embate con fuerza brutal, sus pies hundiéndose en la tierra.
—¡Jael! ¡Este sí pesa!
Maion apareció por el costado, cortando una grieta luminosa en el torso del titán. Seirah rugió y lanzó una onda de fuego que arrasó lo que quedaba en pie.
Jael ascendió al cielo, su figura envuelta en llamas doradas. Desde lo alto observó la devastación, los cuerpos, el humo, los gritos que aún resonaban.
Su voz descendió firme.
—Por Monte Alto… por cada inocente que no pudo correr.
Se precipitó como un fénix ardiente. Su puño atravesó el pecho de Seirah y una explosión de luz cubrió la aldea. Cuando el resplandor se disipó, solo quedaban cenizas ardientes flotando en el aire, Silencio, Pero no paz.
Entre los escombros, cadenas oscuras se dispararon como serpientes. Atravesaron muros y se enredaron alrededor de un grupo de sobrevivientes.
—¡No! ¡Suelten a mi hijo! —gritó una madre mientras las cadenas tiraban de ella.
Karnaz emergió con una sonrisa fría.
—La esperanza… es lo que más disfruto romper.
Dervian apareció frente a él.
—No tocarás a nadie más.
Karnaz inclinó la cabeza.
—Tú eres distinto… lo siento. Hay ira dentro de ti.
Los ojos de Dervian brillaron apenas.
—La ira no me gobierna.
La batalla fue silenciosa pero intensa. Ilusiones, sombras, reflejos falsos. Karnaz intentaba confundirlo, hacerlo dudar. Pero Dervian avanzaba con paso firme, como guiado por una luz interna inquebrantable.
Finalmente, un rayo azul atravesó las cadenas y derribó al titán.
Dervian posó su palma encendida sobre el pecho de Karnaz.
—Podría acabar contigo.
Karnaz no mostró miedo. Solo una sonrisa torcida.
—Entonces hazlo.
La luz titiló… pero no descendió.
—No vine a destruir. Vine a ser luz. Tu derrota será vivir sabiendo que ni siquiera fuiste digno de justicia.
Karnaz escupió sangre, sus ojos llenos de odio contenido, y desapareció entre sombras.
En el abismo, Karnaz cayó de rodillas ante Belgor.
—Mi señor… son demasiado fuertes…
Belgor no respondió de inmediato. Se levantó lentamente del trono de huesos. Cada paso suyo resonaba como sentencia.
—¿Demasiado fuertes? —repitió con voz baja.
Se inclinó hacia él, y sin aviso, su garra atravesó el pecho del titán. El cuerpo de Karnaz se deshizo como ceniza dispersada por viento oscuro.
—Muchos años planeando… y vuelves llorando.
Sus ojos ardieron con furia pura.
—Ahora voy yo.
La tierra tembló incluso en la superficie cuando su rugido atravesó dimensiones.
—¡Que tiemble el mundo! ¡Belgor desciende!
Y por primera vez… incluso las sombras parecieron apartarse para dejarlo pasar.