Liz tiene veintidós años, un hijo de siete y un infierno del que no puede escapar.
Atrapada en una casa de la que no puede salir, sometida a la violencia de un hombre que dice ser su dueño, su única razón para seguir respirando es Dedé, su pequeño, que cada noche la mira con esos ojos tristes que lo saben todo.
Pero una madrugada, Dedé hace lo que ella nunca pudo: huir.
Y su camino lo lleva hasta Cobra, el dueño del cerro, el hombre más temido de la comunidad. Un narcotraficante despiadado con sus enemigos... y con un corazón que ni él mismo sabía que tenía.
Lo que empieza como un rescate se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba. Gael —porque así se llama cuando baja la guardia— descubre que la mujer rota que cargó en brazos aquella noche le despertó algo que no tiene nombre. Y Liz descubre que el amor no siempre llega vestido de príncipe: a veces llega con un fusil en la espalda, tatuajes en los brazos y un imperio de pólvora y lealtad.
Pero la felicidad en el cerro tiene precio. Enemigos del pasado vienen a cobrar deudas con sangre. Secretos familiares enterrados durante décadas salen a la luz. Y Liz tendrá que decidir si la mujer que fue puede convertirse en la mujer que merece ser.
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CASA
LIZ
Llegamos a la casa de los papás de Gael. El escolta nos ayudó a bajar todas las bolsas; era mucha cosa, muchísima.
Gael estaba en el área de la alberca fumando junto con su papá.
Nos unimos a ellos.
— Abuelito João, la abuelita compró el centro comercial entero, un montón de juguetes para mí. Yo nunca tuve un juguete nuevo.
— ¿Ah, sí? Ahora siempre que quieras un juguete nuevo solo pídele al abuelito, ¿va? —Abrazó a mi hijo.
¿Sabes cuando parece que ya conoces a esas personas de hace mucho tiempo? ¿Que te sientes bien, como en casa? Así era como me estaba sintiendo.
Noté que Gael me observaba todo el tiempo, poniéndome un poco incómoda. No sé por qué mi corazón se acelera tanto cuando él me mira.
💭 ¿Será que él...? Ni de chiste un hombre así se va a interesar por una mujer pobre, sin gracia y con un hijo a cuestas. Y encima toda destrozada por los golpes. Jamás.
Nos quedamos un rato con Dedé mostrándonos todos los regalos. Hasta que Gael se levantó.
— Ahora vámonos, que ya es tarde. —No entendí muy bien. Me dio pena.
— La verdad ya es tarde, pero no tengo a dónde ir...
— Sí tienes, y vamos para allá.
Dedé se despidió de los papás de Gael y recogimos todas las bolsas.
— No vamos en carro, la casa está aquí al lado.
Y de verdad estaba al lado, pared con pared. Una casa tan grande como la otra. Guardias en la puerta, varios carros y motos en el garaje, y por dentro todo de lo más moderno.
— ¿De quién es esta casa?
— Esta casa es mía. Quiero que te quedes aquí con Dedé.
— Pero Gael... No... No puedo. Tu libertad, tus cosas... Tú no tienes ninguna obligación y...
Dedé ya había salido corriendo y regresó emocionado.
— ¡Mamá, la alberca de aquí es todavía más grande! ¿Vamos a vivir aquí? ¡Me encantó! Gracias, Diosito.
— ¿Ves? Tu hijo quiere quedarse. —Soltó una sonrisa triunfante.
— Ven, te quiero enseñar algo.
Me tomó de la mano y el cuerpo se me erizó por completo. Él lo notó, claro que sí.
Subimos las escaleras y me mostró un cuarto.
Tenía una cama matrimonial y una infantil con varios juguetes, decorado con astronautas.
— Lo mandé armar hoy a las carreras para ustedes. Si quieres cambiar algo, solo avísame.
— Gael... me quedé sin palabras...
Dedé miraba todo con los ojitos brillantes.
— No sé qué hacer para agradecerte.
Él se acercó hasta el punto en que pude sentir su aliento caliente cerca de mí.
— Agradéceme siendo feliz. —Respondió con la boca cerca de la mía. Por una milésima de segundo, nuestros labios casi se tocaron.
Se apartó sacudiendo la cabeza en negación, con la respiración descompasada.
— Los voy a dejar descansar. Si quieren comer, siéntanse en su casa. La casa es de ustedes.
— Gracias.
— Tío Gael...
— ¿Qué onda, campeón?
Dedé le dio un abrazo y un beso a Gael.
— Buenas noches.
Él salió y yo empecé a acomodar las cosas en el clóset y en el baño. El cuarto es enorme, con balcón y completamente equipado con televisión, aire acondicionado y hasta frigobar. En el baño hasta hay jacuzzi.
Acomodamos todo. Me bañé y le di un baño a Dedé; le puse una pijamita nueva de las que compramos hoy en el centro comercial.
— Te voy a preparar un vaso de leche.
Bajé a la cocina, busqué las cosas y le subí un vaso de leche caliente a Dedé, que se lo tomó y se durmió enseguida. Yo, aunque estaba agotada, tardé en quedarme dormida.