En el juego de cupido no hay reglas hasta el más frío puede terminar enamorándose.
Alexander Davis no es la excepción, el también caéra en las garras del amor aunque parezca muy díficil.
FRÍO.
ARROGANTE.
EGOCÉNTRICO.
Eso es lo que describe a Alex Davis.
Y Lily Walker es la única que puede controlarlo y dominarlo.
Primer libro de la biología ( EL QUE SE ENAMORE PRIMERO PIERDE)
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9...
Pensé que todo era broma. En serio, lo pensé, pero los últimos días han sido una tortura.
Alexander Davis se ha vuelto mi perseguidor. Justo ahora, me encuentro caminando despacio, analizando con cautela los alrededores, evitando encontrarme con él.
“Cásate conmigo… cásate conmigo…” —puedo escucharlo como un casete en mi oído.
Me senté en mi escritorio. Llevaba dos horas sin verlo salir de la oficina; estaría preocupada si no conociera su costumbre de sumergirse en un buen proyecto, concentrándose únicamente en eso.
Y no voy a mentir: sí, me preocupaba por él, pero jamás se lo diría. Estoy segura de que ya lo sabía.
—¡Hola! —me saludó la flamante mujer que acababa de entrar. Su vestido rojo ajustado acentuaba sus curvas; le lucía de maravilla.
—¡Hola, Aisha! —la saludé.
Ella me sonrió con carisma, siempre dándome consejos para verme “bonita”, aunque yo prefería mantenerme lo más oculta posible.
—Solo llámame Aisha —me corrigió—. Alexander, ¿está en su despacho?
Asentí.
—Sí, pase, ella lo espera.
—Gracias, cariño —me extendió una funda de papel cuadrada—. Este es un pequeño obsequio para ti, espero que te guste.
Abrí la funda y descubrí una caja de perfume.
—¡Muchas gracias! —le guiñé un ojo.
—De nada —dijo ella y se dirigió a la oficina, contoneando las caderas.
Si, esas serían al menos dos horas de jadeos y gemidos traspasando la puerta de ese despacho, y yo tenía que soportarlos. Escucharlos aparearse como animales salvajes…
Solté un largo suspiro y me dispuse a trabajar en los informes, cuando Theo apareció de nuevo, interrumpiéndome.
—¡Hola, hola, hola! —dijo con emoción y se sentó sobre mi escritorio.
—Theo, el señor Davis no puede atenderte ahora…
—Lo sé —sonrió travieso—. Está con Aisha, así que tenemos tiempo suficiente para almorzar.
Mi paladar se hizo agua: “¡Hi Burger!”, mi lugar favorito de hamburguesas.
—No puedo, estoy trabajando…
—¡Sabía que dirías eso! —dijo mientras abría la funda y sacaba las hamburguesas—. Pero aquí están para ti.
El olor inundó mis fosas nasales; un jadeo de placer se me escapó sin querer, y tuve que controlar mi entusiasmo. Theo me miraba con una sonrisa pícara.
—Eres tan hermosa, exquisita con tu propio estilo —me dijo.
—¿Tan urgente estás de una cogida, Theo? —respondí, tomando un sorbo de la gaseosa—. Pierdes tu tiempo…
—No es solo eso —dijo serio—. Quiero algo bonito contigo, Lily.
—¿Pero por qué conmigo?
—Porque eres exquisita, guapa, inteligente, amable, capaz, valiente… intimidante. Eres todo lo que necesito, y verás, serás mía.
—Primero muerto —musité con firmeza, atragantándome un poco con la hamburguesa. Theo se atragantó también, pero con su bebida.
En ese instante, Alexander apareció. Todo él emanaba enojo, y el ambiente cambió por completo.
—Qué bonito ambiente tan tranquilo y relajado… ¿algo más que quieran? ¿Desean café? —dijo, alternando la mirada entre su amigo y yo.
—Ah, no gracias —le enfrenté, levantando el vaso con inocencia—. Ya tenemos gaseosas.
Alexander me lanzó una mirada dura, de tipo “¿En serio?”.
—¿Esta es su manera de trabajar? —increpó.
—Amigo, solo estamos almorzando —le respondí con calma.
—¡Almorzando! —su ironía era evidente—. Basta, sé lo que intentas y no será posible. Métetelo en la cabeza.
Theo intentó replicar:
—No puedes controlarlo todo; si ella y yo queremos…
—¡Negado! —articuló con fuerza—. No lo repetiré. Nada harán. Vuelve a tu despacho y deja a mi secretaria en paz.
Theo suspiró y obedeció.
—Y usted, Lily, quiero que me entregue todos los informes del mes antes de irse hoy —dijo Alexander.
Abrí los ojos con asombro; era prácticamente imposible.
—Señor Davis, eso es…
—Tiene tiempo para sonreír y sentarse a conversar —interrumpió—. También tendrá tiempo para presentármelos. Cuento con su diligencia; si cree que no puede, mejor busque otro empleo.
El enojo me invadió. Quería sacarme de mis casillas, pero no se lo permitiría.
—Tendrás esos informes hoy mismo —dije firme.
—Bien, eso espero —se marchó a su despacho.
Escuché que gritó a Aisha:
—¡Lárgate! No tengo humor para nada.
La puerta se cerró con estruendo, y suspiré:
—Maldito temperamento de mierda —susurré.
Yo me desinflé en el sillón, soltando toda la tensión. Aisha me dijo:
—No entiendo su humor cambiante.
—Lily, él te quiere mucho. Con suma sinceridad, se preocupa por ti. No quiere que te rompan el corazón.
—Se la pasa burlándose de que no tengo a nadie; cuando intento salir con alguien, toma esta actitud.
—Solo quiere cuidarte —me aclaró—. Conoce a su amigo y sabe que no es bueno para ti.
—Es un maldito idiota —resoplé.
—Exacto, un idiota conoce a otro idiota —dijo mientras se despedía—. Nos vemos, cuídate mucho.
Eran las 2:00 a. m., y aún seguía tecleando en el computador. Algunas veces me tambaleaba por el sueño, pero me obligaba a seguir. El señor Davis no había salido de su despacho y me había enviado un mensaje: “Tienes hasta las 3 para entregarme todo.”
Mi cabeza empezó a caer hacia un lado. Intenté espabilarme, pero no lo logré a tiempo y casi chocó contra el escritorio. Una mano me sostuvo suavemente.
—Uy, cuidado…
—Señor Davis… —susurré.
Su sonrisa ladina me hizo estremecer.
—Durmiendo ya —miró el computador—. Aun no me entrega los informes…
—Ya casi los termino —me senté nuevamente, tratando de escribir, pero la mente me había dejado.
Él cerró el computador:
—Vaya a casa, descanse.
—No, necesito entregárselo hoy…
—Lily, no lo repetiré: tome sus cosas y váyase a casa —ordenó con firmeza.
—¡Me cansé de su maldita actitud posesiva! —lo señalé con el dedo índice.
Sus ojos se abrieron como platos ante mi rebeldía.
—Lily… —intentó hablar, pero le puse el dedo en los labios.
—Shhh… escúcheme bien, señor Davis. Deje de meterse en mi vida personal. Deje de actuar como un maldito idiota, o renuncio mañana mismo.
Su rostro se contrajo, pero él solo dijo:
—Basta, estás muy cansada. Te llevaré a casa —tomó mi muñeca suavemente.
—No iré a ningún lado con usted —esquivé su agarre—, no mientras siga portándose como un idiota.
—Lily… —su voz era casi una súplica—. Vamos, te llevaré a casa.
—¿Qué quiere de mí, señor Davis? —inquirí.
—Quiero… —sus dedos rozaron mi piel con cuidado—. Quiero que seas mi esposa…
No estaba segura si lo escuché bien, o si era una ilusión. El sueño me envolvía y me dejé llevar…
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