México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 8 — Las cláusulas
Tres días después de la fiesta, la música parecía un recuerdo lejano.
El campamento había recuperado su ritmo habitual.
Caballos que entraban y salían.
Hombres revisando armas.
Mujeres cocinando alrededor de las fogatas.
Rafael discutiendo con Mariel por alguna tontería.
Amalia quejándose de algo.
Y Sombra evitando, con extraordinaria habilidad, cualquier pregunta relacionada con su pasado.
Aquella mañana Amalia estaba sentada junto a Nicolás intentando enseñarle a escribir correctamente su apellido cuando escuchó el sonido de dos caballos acercándose.
No era extraño.
Lo extraño fue la reacción de Sombra.
Estaba hablando con Rafael cuando levantó la cabeza.
Un hombre mayor apareció por el sendero.
Tendría más de sesenta años. Su rostro estaba curtido por el sol y llevaba un sombrero viejo, ropa polvorienta y un morral cruzado sobre el pecho.
A su lado cabalgaba un muchacho de unos trece años.
Delgado.
Moreno por el sol.
Demasiado joven para cargar la expresión seria que llevaba.
Sombra caminó inmediatamente hacia ellos.
—Don Hilario.
El anciano desmontó con cierta dificultad.
—Sombra.
El muchacho hizo lo mismo.
—¿Trae noticias?
Don Hilario miró alrededor.
Después hacia Amalia.
Ella fingió inmediatamente estar concentradísima en el papel de Nicolás.
—La niña está escuchando —murmuró Rafael.
—No estoy escuchando —protestó Amalia.
Nicolás la miró.
—Sí está escuchando.
Amalia lo fulminó.
—Continúa escribiendo.
El muchacho bajó obedientemente la cabeza.
Don Hilario entregó las riendas al adolescente que lo acompañaba.
—Llegó.
Sombra quedó inmóvil.
Una sola palabra.
Pero Rafael dejó de sonreír.
Amalia levantó discretamente la mirada.
—¿Cuándo? —preguntó Sombra.
—Ayer por la tarde.
—¿Solo?
—No.
El anciano negó con la cabeza.
—Llegó con hombres.
Sombra apretó la mandíbula.
—¿Cuántos?
—Bastantes. Y desde entonces han llegado más.
Rafael intercambió una mirada con Sombra.
—¿Dónde?
Don Hilario lo miró.
—En la hacienda de los De la Vega.
La pluma de Amalia se detuvo.
Esta vez ni siquiera intentó fingir.
Se puso de pie.
—¿Quién llegó a mi casa?
Nadie respondió.
Amalia caminó hacia ellos.
—Pregunté quién llegó a mi casa.
Sombra la miró.
Había algo extraño en sus ojos.
Algo que ella no había visto desde hacía días.
La frialdad había regresado.
No la que utilizaba para irritarla.
Otra.
Más antigua.
—No es asunto suyo.
Amalia abrió la boca, incrédula.
—¡Es mi casa!
—Precisamente.
—Entonces es completamente asunto mío.
Sombra se volvió hacia Don Hilario.
—Continúe.
Amalia dio otro paso.
—No me ignore.
Rafael intervino.
—Amalia…
—¡No! Si alguien llegó a la hacienda de mi padre, quiero saber quién.
Sombra la miró otra vez.
Durante un segundo pareció considerar decírselo.
Pero no lo hizo.
—Rafael.
Fue suficiente.
Rafael entendió.
—Ven, Amalia.
—No voy a ninguna parte.
—Por una vez, no discutas.
Ella lo miró sorprendida.
Rafael rara vez utilizaba aquel tono con ella.
Mariel apareció detrás.
—Amalia.
La tomó suavemente del brazo.
—Ven conmigo.
—Pero…
—Déjalos hablar.
Amalia apretó los labios.
Antes de alejarse miró a Sombra.
—Voy a averiguarlo.
Él sostuvo su mirada.
—Eso me temo.
---
En cuanto Amalia estuvo suficientemente lejos, Don Hilario bajó la voz.
—No parece una visita cualquiera.
—No lo es —respondió Sombra.
El adolescente sacó un pequeño papel doblado de su bolsillo.
—Conté los hombres que vi.
Sombra lo tomó.
Rafael se inclinó para leer.
—¿Tú hiciste esto?
El muchacho asintió.
—Desde la loma se alcanza a ver parte del patio.
Rafael silbó.
—Buen trabajo.
Sombra leyó en silencio.
La hacienda había aumentado considerablemente su protección.
Hombres armados en las entradas.
Vigilancia en los caminos principales.
Guardias en puntos elevados.
Jinetes patrullando los límites.
Y entre aquellos hombres había algunos que claramente no pertenecían a don Esteban.
Sombra dobló el papel.
—¿Lo viste?
Don Hilario asintió.
—Con mis propios ojos.
Sombra bajó la mirada.
Rafael lo conocía demasiado bien.
—No hagas una estupidez.
Sombra levantó los ojos.
—Todavía no he hecho nada.
—Precisamente por eso te lo digo ahora.
El silencio entre ambos fue suficiente para que Don Hilario comprendiera que aquella conversación no le pertenecía.
Tomó al adolescente por el hombro.
—Vamos a comer algo.
Cuando se alejaron, Rafael cruzó los brazos.
—¿Qué estás pensando?
—Ir.
—Eso ya lo sé.
—Entonces ¿para qué preguntas?
—Porque quiero saber qué piensas hacer cuando lleguemos.
Sombra comenzó a caminar hacia la mesa donde guardaban los mapas.
Rafael lo siguió.
—Sombra.
Él extendió un mapa.
Marcó la hacienda.
—Entramos por el sur.
—No.
Sombra levantó la cabeza.
—¿No?
—Don Hilario acaba de decirte que la propiedad está llena de hombres armados.
—No sabemos cuántos.
—Exactamente.
Sombra apoyó ambas manos sobre la mesa.
Rafael lo estudió.
—Esto no es solamente por Amalia.
No hubo respuesta.
—Nunca lo fue —continuó Rafael.
Los ojos de Sombra se endurecieron.
—Necesitamos recursos.
—Sí.
—Dinero.
—Sí.
—Caballos. Armas. Alimentos.
—También.
Rafael esperó.
—Y quieres a ese hombre.
Sombra levantó lentamente la mirada.
Esta vez no lo negó.
—Quiero su cabeza.
Rafael suspiró.
Ahí estaba.
Aquello que llevaba años enterrado.
—Venganza y estrategia son malas compañeras.
—No necesito una lección.
—No. Necesitas a alguien que te recuerde que no eres invencible.
Sombra enrolló el mapa.
—Prepara los caballos.
Rafael soltó una maldición.
—Eres un hijo de…
—Los caballos, Rafael.
—Sí, sí.
Se alejó refunfuñando.
---
Amalia vio los preparativos.
Naturalmente.
—¿Adónde van?
Rafael ajustó la montura.
—A dar un paseo.
—Con rifles.
—Hay coyotes muy agresivos.
Amalia cruzó los brazos.
—¿Me cree estúpida?
—No. Desgraciadamente.
—Rafael.
Él continuó ajustando una correa.
Amalia miró hacia Sombra.
Vestía completamente de negro y revisaba su arma.
—Tiene que ver con mi casa.
Ninguno respondió.
—Van hacia la hacienda.
Sombra levantó los ojos.
Amalia sintió que su sospecha acababa de confirmarse.
—¿Qué van a hacer?
—Nada que deba preocuparle.
—¡Mi familia está ahí!
—No vamos por su familia.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Amalia se quedó quieta.
—Entonces ¿por quién?
Silencio.
—¿Quién llegó?
Sombra guardó el arma.
—Quédese con Mariel.
—No me dé órdenes.
—Hoy no estoy pidiéndoselo.
Aquello la enfureció.
—¡Sombra!
Él montó.
Rafael hizo lo mismo.
Amalia se acercó al caballo negro.
—Si le hace daño a mi padre…
Sombra bajó la mirada hacia ella.
—No voy por su padre.
—Entonces dígame por quién.
Los ojos ámbar se encontraron con los azules.
—No.
Sombra hizo avanzar el caballo.
Amalia permaneció mirando cómo el grupo abandonaba el campamento.
Mariel apareció a su lado.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que vas a hacer algo estúpido.
Amalia la miró.
—Estoy pensando.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
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Horas después, desde una elevación distante, Sombra observaba la hacienda de los De la Vega.
Había estado allí antes.
No dentro.
Pero conocía sus caminos.
Esta vez todo era distinto.
Rafael estaba tumbado entre las rocas, observando con un catalejo.
—Dos junto al portón.
Movió lentamente el instrumento.
—Tres más cerca del establo.
Sombra no respondió.
—Otros cuatro en el costado.
Bajó el catalejo.
—Y ésos son solamente los que veo.
Sombra extendió la mano.
Rafael le entregó el instrumento.
La hacienda apareció ampliada.
El patio.
Los corredores.
Los hombres.
Después…
Lo vio.
Un hombre cruzó uno de los corredores acompañado por don Esteban.
Sombra quedó completamente inmóvil.
Rafael no necesitó preguntar.
—¿Es él?
Sombra bajó lentamente el catalejo.
—Sí.
Una sola palabra.
Pero Rafael reconoció el odio.
—Entonces Don Hilario tenía razón.
Sombra volvió a mirar.
El hombre parecía completamente cómodo dentro de la propiedad.
Aquello provocó algo oscuro en él.
Durante años había imaginado un momento distinto.
Una oportunidad limpia.
Una distancia corta.
Una sola bala.
Pero ahora había demasiados hombres.
Demasiadas armas.
Y una mala decisión podía costarle la vida a media docena de los suyos.
—Podemos intentarlo de noche —dijo uno de los hombres.
Rafael negó.
—No.
Sombra continuó observando.
—Por el norte hay menos vigilancia.
—Porque probablemente esperan que alguien piense exactamente eso.
Silencio.
Rafael se sentó.
—Si entramos, perdemos hombres.
Sombra no respondió.
—Y quizá ni siquiera lleguemos hasta él.
Nada.
—Sombra.
Finalmente bajó el catalejo.
La decisión le resultaba insoportable.
Pero Rafael tenía razón.
—Nos retiramos.
Los demás se miraron.
Rafael asintió.
—Buena decisión.
Sombra lo fulminó.
—No la arruines.
—Ya me callo.
Antes de marcharse, Sombra volvió la cabeza hacia la hacienda.
No había renunciado.
Sólo había cambiado de estrategia.
---
Regresaron al campamento después del anochecer.
Amalia fue la primera en acercarse.
—¿Qué pasó?
Sombra desmontó.
—Nada.
—¿Nada?
—Nada.
—Se fueron durante horas.
—Y regresamos.
—Esa capacidad suya para responder sin decir absolutamente nada debería considerarse una enfermedad.
Rafael rio.
—Yo llevo años diciéndolo.
Sombra le entregó las riendas.
—Necesito papel.
Amalia frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Una carta.
—¿A quién?
Sombra la miró.
—A su padre.
Ella quedó inmóvil.
—¿Qué?
---
Una hora después, Sombra estaba sentado frente a una mesa.
Rafael permanecía a su lado.
Amalia había sido obligada a mantenerse a cierta distancia.
Naturalmente, encontró un lugar desde donde podía intentar escuchar.
Mariel la descubrió.
—Eso es espiar.
—Estoy paseando.
—Agachada detrás de una carreta.
—Me cansé.
Mariel negó con la cabeza.
En la mesa, Sombra comenzó a escribir.
No era una petición.
Era un acuerdo.
Y tenía cláusulas.
La primera establecía que Amalia permanecería ilesa mientras se respetaran las condiciones.
La segunda exigía una suma considerable de dinero.
La tercera exigía provisiones: alimentos, medicinas, municiones y caballos.
La cuarta establecía un punto de entrega lejos de la hacienda.
La quinta prohibía que soldados, guardias o cualquier hombre armado acompañara los recursos.
Y la última era la más importante.
Don Esteban debía responder personalmente.
Sin intermediarios.
Rafael leyó.
—Falta algo.
Sombra sabía exactamente a qué se refería.
El hombre que había llegado desde la Ciudad de México.
Su nombre.
Su vida.
Su cabeza.
Pero Sombra no escribió nada de aquello.
Todavía no.
—No —dijo—. Eso es otra cosa.
Rafael lo observó.
—¿Seguro?
—Sí.
Sombra dobló la carta.
Aquella venganza no formaría parte del trato.
Era personal.
Amalia apareció entonces frente a la mesa.
Sombra levantó los ojos.
—¿Qué hace aquí?
—Quiero leerla.
—No.
—¡La carta habla de mí!
—Precisamente.
—Sombra.
—Amalia.
Ella puso ambas manos sobre la mesa.
—Si pretende utilizarme para quitarle dinero a mi padre, por lo menos tengo derecho a saber cuánto vale mi cabeza.
Rafael tosió para esconder una risa.
Sombra la observó.
—Créame, su padre puede pagarlo.
Amalia entrecerró los ojos.
—Eso no respondió mi pregunta.
—Ya debería estar acostumbrada.
Ella intentó agarrar la carta.
Sombra la retiró antes.
—¡Déme eso!
—No.
—¡Sombra!
Él se puso de pie.
Amalia quedó frente a él.
—Algún día voy a odiarlo de verdad.
Sombra guardó la carta dentro de su chaqueta.
—Procure hacerlo antes de que todo esto termine.
La frase hizo desaparecer la indignación de Amalia.
—¿Qué significa eso?
Sombra tampoco respondió aquella vez.
Se alejó.
Amalia permaneció mirándolo.
No sabía quién había llegado a su hacienda.
No sabía por qué la noticia había cambiado a Sombra.
No sabía por qué había visto un odio tan profundo en sus ojos.
Y, sobre todo, no sabía que mientras ella había permanecido en aquel campamento intentando descifrar al hombre del sombrero negro, su supuesto prometido había llegado finalmente a Coahuila.
Sombra sí lo sabía.
Y por primera vez desde que Amalia había entrado en su vida, los dos hombres estaban lo suficientemente cerca como para que sus caminos volvieran a cruzarse.
Pero antes habría una carta.
Un acuerdo.
Y una decisión que don Esteban de la Vega tendría que tomar.