De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
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CAPÍTULO 8 EL PRECIO DE ESTAR JUNTOS
La puerta de madera crujió con fuerza al cerrarse tras ellos, y ese único sonido pareció devolverlos bruscamente a la realidad. Dentro de la cabaña reinaba un silencio pesado, roto solo por el sonido de sus propias respiraciones agitadas y el viento que empezaba a azotar las ramas contra las paredes de tablas viejas. Damián se dejó caer sobre el borde de lo que había sido una vieja mesa de madera, con las piernas temblando tanto que apenas podía sostenerse, y no apartaba la vista de Gael: de la pequeña herida en su ceja, del rasguño que le cruzaba la mejilla, de cómo su camisa estaba rasgada en el hombro y manchada de tierra. La culpa lo golpeó con tanta fuerza que le costó respirar. Todo esto, el peligro, la huida, los golpes, todo era por su culpa.
—Estás herido —susurró Damián con voz quebrada, acercándose despacio como si temiera que se desvaneciera si se movía demasiado rápido—. Todo esto te pasa por mi culpa. Si nunca me hubieras conocido, si no hubieras insistido, ahora estarías tranquilo en tu casa, sin tener que huir ni pelear por mí.
Gael negó con la cabeza de inmediato y se acercó a él, ignorando el dolor que le recorría el cuerpo al moverse. Le tomó suavemente las manos entre las suyas, apretándolas con firmeza para que sintiera que estaba allí, que no se había arrepentido de nada.
—No digas eso nunca más, Damián. Yo elegí estar aquí. Elegí buscarte, elegí ayudarte a salir, elegí quedarme contigo. Ninguna de estas cosas es tu culpa: la culpa es de quienes te encierran, de quienes te mienten, de quienes creen que pueden decidir por ti quién eres y con quién puedes estar. Yo no me arrepiento de ni un solo paso que he dado hacia ti. Ni uno solo.
Damián quiso creerle, quiso aferrarse a esas palabras como un salvavidas, pero la angustia no se iba. Con manos temblorosas buscó en un rincón donde había unas telas viejas y una jarra con agua que había quedado allí tiempo atrás, y con mucho cuidado empezó a limpiar las heridas de Gael. Cada vez que sus dedos rozaban su piel, ambos sentían un escalofrío distinto al del frío: una mezcla de ternura, miedo y deseo que intentaban contener, conscientes de que no era el momento, de que el peligro seguía acechando fuera de esas paredes. Cuando terminó, se quedaron muy cerca el uno del otro, respirando el mismo aire, sintiendo cómo sus aromas se mezclaban: el suave aroma de Omega de Damián, mezclado ahora con angustia y miedo, y el aroma fuerte, cálido y protector de Gael que intentaba envolverlo para calmarlo.
—¿Crees que nos encontrarán? —preguntó Damián en un susurro, como si el mismo bosque pudiera escucharlo y delatarlos.
—No lo sé —respondió Gael con total sinceridad, sin mentirle para darle falsas esperanzas—. Mientras estemos aquí estaremos ocultos, pero no podemos quedarnos para siempre. Tengo que buscar una forma de contactar con alguien de confianza, de averiguar qué están diciendo de nosotros, de buscar una salida definitiva. Pero por ahora… por ahora estás a salvo. Eso es lo único que importa.
Esa noche fue larga, fría y llena de pesadillas. Se sentaron juntos en el suelo, apoyados contra la pared más firme, compartiendo una sola manta que encontraron en un rincón. Damián no pudo dormir casi nada: cada crujido de la madera, cada grito de un animal nocturno, cada movimiento de las hojas le hacía dar un salto en el pecho, convencido de que ya habían llegado por él. En sus sueños volvía a estar encerrado en su habitación, escuchando los gritos de su padre, escuchando que Gael se había ido, que lo había abandonado porque al final había sido demasiado problema. Despertaba sobresaltado, empapado en sudor frío, y cada vez Gael lo abrazaba de inmediato, le hablaba bajito, le recordaba dónde estaba, que no estaba solo. Pero ni siquiera esos abrazos lograban borrar la sensación de que en cualquier momento todo se derrumbaría.
A la mañana siguiente, la luz grisácea apenas empezaba a iluminar el bosque cuando escucharon ruidos de motores muy lejanos, y luego voces que se acercaban poco a poco. Ambos se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración.
—Están rastreando la zona —susurró Gael acercando sus labios al oído de Damián—. Tengo que salir a ver por dónde vienen y despistarlos si es necesario. Tú quédate aquí, no salgas por nada del mundo, no hagas ruido, pase lo que pase espera a que yo vuelva. ¿Entendido?
Damián asintió con los ojos llenos de lágrimas, aferrándose a su manga un instante antes de dejarlo ir. Gael salió con sigilo, rodeando la cabaña, y Damián se quedó solo en la oscuridad, escuchando cómo las voces se hacían cada vez más claras, cómo llamaban su nombre con tono de amenaza. El tiempo parecía detenerse: cada minuto que pasaba era una eternidad en la que su mente inventaba los peores escenarios posibles.
Pero lo que no sabían era que mientras ellos intentaban sobrevivir escondidos, la situación se había vuelto mucho más complicada en la ciudad. El padre de Damián, furioso y humillado por la huida, no había dudado en usar todas sus influencias: había presentado una denuncia diciendo que su hijo había sido secuestrado o inducido a huir por un desconocido, había difundido una versión falsa de los hechos pintando a Gael como alguien peligroso que se había aprovechado de la inocencia de Damián, y había ofrecido una recompensa muy grande por cualquier información que llevara hasta ellos. Nadie se atrevía a dudar de su palabra, nadie se atrevía a cuestionar al poderoso señor Vera, y poco a poco la versión de la mentira se iba convirtiendo en la única verdad para casi todo el mundo.
Horas después, cuando el sol ya estaba alto, Gael volvió a entrar en la cabaña, pero su expresión era mucho más grave y preocupada que antes.
—No podemos seguir aquí —dijo nada más entrar, con voz tensa—. Han encontrado rastros de nuestro paso. Están rodeando la zona, y no solo vienen los hombres de tu padre: también hay autoridades. Si nos encuentran ahora, con la versión que han dado, es muy probable que nos separen de inmediato y que no tengamos ninguna oportunidad de explicarnos.
—¿Y qué haremos entonces? —preguntó Damián sintiendo que se le hundía el suelo bajo los pies—. ¿A dónde podemos ir si en todos lados nos buscan?
Gael se sentó a su lado y le tomó las manos, mirándolo a los ojos con una mezcla de dolor y determinación.
—Conozco a una persona que podría ayudarnos, pero está al otro lado de la región, y para llegar tenemos que cruzar zonas muy vigiladas. Y… hay algo más que tengo que decirte. Si seguimos huyendo juntos, tu padre no va a detenerse. No va a dudar en usar todas las armas que tenga para atacarme a mí, para atacar a mi familia, para hacer la vida imposible a cualquiera que se ponga de nuestro lado.
—¿Me estás diciendo que… que deberíamos separarnos? —la voz de Damián se quebró al decirlo, y sintió como si le arrancaran una parte del alma solo de pensar en ello.
—No lo sé —admitió Gael con sinceridad, con los ojos también húmedos—. No quiero separarme de ti ni un segundo. Pero tampoco quiero que te hagan más daño, ni que por mi culpa termines perdiendo todo lo que tienes, o que te culpen de cosas que no has hecho. Estamos en una encrucijada muy difícil, Damián, y cualquier decisión que tomemos tendrá consecuencias terribles. No hay una salida fácil, no hay una solución mágica que nos permita estar juntos y felices de la noche a la mañana.
Esa tarde la lluvia empezó a caer con fuerza, golpeando contra el techo de chapa como mil pequeños golpes. Estaban sentados el uno junto al otro, pero había una distancia invisible entre ellos, la sombra de la duda y de la amenaza que no se iba. Damián pensaba en todo lo que había dejado atrás, en su madre que estaría preocupada, en cómo su vida entera se había desmoronado en tan poco tiempo. Gael pensaba en la responsabilidad que sentía sobre él, en el miedo a no ser suficiente para protegerlo, en que quizás todo esto se estaba volviendo demasiado grande para los dos.
De repente, escucharon unos golpes fuertes en la puerta de la cabaña. Ambos se quedaron helados.
—¡Sabemos que están ahí dentro! —gritó una voz desde afuera—. ¡Salgan pacíficamente o tendremos que entrar por la fuerza!
Damián miró a Gael con desesperación. Esta vez no había escapatoria fácil. La puerta cedió ante los empujones poco después, y varios hombres entraron, seguidos muy de cerca por el padre de Damián, que lo miró con una mezcla de ira y alivio frío.
—Te dije que no podrías escapar para siempre —le dijo a Damián con voz cortante—. Y tú —añadió mirando a Gael con desprecio— vas a responder por todo lo que has hecho.
Intentaron separarlos de inmediato. Damián luchó, gritó, se aferró a Gael con todas sus fuerzas, pero eran demasiados contra ellos.
—¡No! ¡Suéltenlo! —gritaba Damián con lágrimas que corrían sin parar—. ¡Él no ha hecho nada malo! ¡Yo me fui con él por mi propia voluntad!
Nadie le escuchaba. Nadie quería escuchar. Gael fue retenido por dos hombres mientras otros agarraban a Damián con firmeza. Se miraron a los ojos en ese último instante antes de ser alejados el uno del otro, y en esa mirada había promesas rotas, miedo, pero también una pequeña chispa que no se apagaba: *no me olvides, no te rindas*.
Damián fue empujado hacia uno de los vehículos, y antes de que se cerrara la puerta vio cómo se llevaban a Gael en dirección opuesta. La separación fue física, dolorosa, violenta, pero lo que más le dolió fue la sensación de derrota, de que todo lo que habían luchado hasta ahora se había desvanecido en un instante. En el asiento trasero del auto, rodeado de extraños que lo miraban con lástima o desaprobación, Damián sintió que se quedaba vacío por dentro. Pensó en la nota que había tenido que escribir, en la huida, en los momentos que habían compartido en la cabaña, y ahora esto: separados de nuevo, pero esta vez con una distancia mucho más grande y peligrosa entre ellos.
Mientras el auto se alejaba a toda velocidad hacia la ciudad, Damián se prometió a sí mismo que no se rendiría, que no dejaría que todo hubiera sido en vano. Pero al mismo tiempo sabía que el camino que venía era mucho más duro de lo que había imaginado, que las mentiras seguían ganando terreno y que la felicidad que tanto anhelaban parecía estar cada vez más lejos, oculta detrás de montañas de obstáculos que no dejaban de crecer. No había final feliz, no había descanso, solo la certeza de que la pelea apenas comenzaba y que ahora tendrían que luchar incluso estando separados.