Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 8
Elara se puso el traje que le habían proporcionado y notó cómo todas las miradas en la sala se clavaban en ella. Las cuidadoras, los pacientes, incluso el hombre que gemía de dolor, la observaban con una mezcla de sorpresa y desconcierto. Una joven noble, con un delantal sobre su vestido y el cabello recogido a toda prisa, no era exactamente lo que esperaban ver en un quirófano improvisado.
—¿Seguro que sabes lo que haces, señorita? —preguntó la mujer de cabello gris con evidente duda.
Elara levantó una ceja mientras se ajustaba las mangas.
—Si no lo supiera, estaría tomando té en el jardín en lugar de estar aquí.
La mujer cerró la boca.
Trasladaron al paciente a una sala más limpia que habían preparado apresuradamente. No era un quirófano como los que Elara recordaba, pero servía. Las ventanas estaban abiertas, la luz entraba con claridad, y sobre una mesa auxiliar descansaban los instrumentos que habían podido reunir.
El hombre, todavía tembloroso por el dolor, fue colocado boca abajo sobre la camilla. Elara se acercó y tomó su mano un momento.
—Vamos a empezar. Voy a aplicarte algo para que no sientas dolor, pero necesito que estés quieto.
El hombre asintió con dificultad.
Elara aplicó la anestesia con manos firmes. Mientras esperaba a que hiciera efecto, se inclinó ligeramente hacia él y bajó la voz.
—¿Sabes qué? He hecho esto cientos de veces. Bueno, quizás no cientos, pero sí bastantes. Y en todas ellas, el paciente terminó mejor de lo que empezó. Así que confía en mí, ¿de acuerdo?
El hombre la miró, y por primera vez desde que llegó, algo de calma apareció en sus ojos. Asintió débilmente.
—En sus manos estoy, señorita.
Elara sonrió.
—Bien. Ahora cierra los ojos y piensa en algo bonito. Un campo de flores, un pastel enorme, lo que prefieras.
El hombre soltó una risa débil que se convirtió en un suspiro cuando el sueño comenzó a apoderarse de él.
Elara se volvió hacia las cuidadoras. Su expresión cambió por completo: ya no era la joven amable que había limpiado la sala. Era la cirujana.
—Desinfectante.
La mujer de cabello gris se lo alcanzó con manos temblorosas. Elara vertió el líquido sobre una gasa y comenzó a limpiar la zona con movimientos precisos y seguros. El hematoma seguía ahí, oscuro y amenazante, pero ahora podía ver con claridad los límites de la lesión.
—Bisturí.
Las tres mujeres se miraron. Ninguna se movió.
—Señorita... —empezó una.
Elara levantó la vista.
—Bisturí —repitió, con una calma que no admitía réplicas.
La más joven se apresuró a alcanzárselo. Elara lo tomó con la misma naturalidad con la que otras jóvenes tomaban una taza de té. Era un instrumento distinto a los que conocía, más pesado, menos fino, pero el principio era el mismo: precisión, firmeza, control.
Suspiro. No por nervios, sino porque había estado conteniendo el aire sin darse cuenta.
Tenía total confianza en sí misma. Y la suficiente experiencia para saber que podía hacerlo.
—Comencemos.
El filo del bisturí tocó la piel cerca de la costilla. Elara hizo una incisión limpia, controlada, sin titubeos. Su mano se movió con una seguridad que desmentía su apariencia juvenil. Las cuidadoras se llevaron las manos a la boca, pero ella ni siquiera las miró. Estaba concentrada en la herida, en el tejido, en cada pequeño detalle que solo ella podía ver.
—Presión aquí —indicó, señalando un punto—. Sujeta con firmeza. No demasiado, pero que no se mueva.
Una de las mujeres obedeció, aunque sus dedos temblaban.
Elara continuó. Limpió, drenó, revisó. Los minutos pasaron como segundos. Las indicaciones salían de su boca con naturalidad, como si hubiera estado haciendo aquello toda la vida, y de algún modo, así era.
Cuando finalmente comenzó a cerrar la herida, sus dedos se movieron con la precisión de quien ha cosido cientos de veces. Punto a punto. Firme, seguro.
Terminó. Apretó los labios y soltó un largo suspiro de alivio.
—Ya está.
Las cuidadoras la miraron como si hubiera hecho magia. La mujer de cabello gris negó con la cabeza.
—Nunca había visto a alguien hacer eso tan rápido.
Elara se quitó los guantes y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—La práctica ayuda.
Horas después, el paciente ya había despertado y había sido trasladado de vuelta a la sala principal. Elara lo revisó una vez más antes de dar el visto bueno. El hombre parecía otro. El color había regresado a su rostro, y aunque todavía estaba débil, su mirada ya no tenía ese brillo de miedo que la había acompañado durante toda la mañana.
—Ya te ves mejor —dijo uno de los ancianos desde su cama, sonriendo.
El hombre asintió lentamente, con los ojos brillantes.
—Gracias —susurró, y su voz se quebró—. Todo es gracias a la doctora Elara.
Elara sonrió, aunque el título la sorprendió.
—Fue un placer. Pero tenemos que mantenerte vigilado. Si notas algún cambio, cualquier cosa, por pequeña que sea, dímelo de inmediato, ¿entendido?
El hombre asintió, pero sus ojos comenzaron a humedecerse. Se pasó un brazo por el rostro para disimular, pero su voz tembló cuando habló.
—De verdad, muchas gracias. Llegué a pensar que moriría. Hacía mucho tiempo que nadie era así de bueno conmigo.
Elara sintió un nudo en la garganta, pero lo disimuló con una sonrisa.
—Solo hice lo que cualquier médico haría.
—Cualquier médico no se habría manchado las manos por un desconocido —intervino la mujer de cabello gris, con un tono que mezclaba respeto y asombro.
Elara se encogió de hombros con naturalidad.
—Pues entonces esos médicos no son muy buenos, ¿no?
Un par de pacientes soltaron risas débiles. La atmósfera en la sala había cambiado por completo. Ya no era ese lugar olvidado y lleno de resignación. Ahora había esperanza en las miradas.
Cuando Elara se dio la vuelta para recoger los instrumentos, varios pacientes levantaron la voz.
—¡Señorita Elara, a mí también me duele algo!
—¡Yo también quiero que me revise!
—¡Llevo días con tos!
Ella parpadeó, sorprendida por la repentina demanda. Dos ancianas la miraban con ojos suplicantes, y un hombre del fondo levantó la mano como si estuviera en una clase.
Elara soltó una risa baja.
—Bueno, parece que hoy no voy a descansar.
—Tranquila, señorita. Nosotras la ayudamos —dijo una de las cuidadoras, ya con más confianza.
—Claro —dijo Elara, tomando una gasa limpia—. Pero antes de empezar, alguien tiene que decirme dónde guardan el té. Porque si voy a atender a todo el hospital, quiero hacerlo con una taza en la mano.
Los pacientes rieron. Las cuidadoras se miraron sorprendidas y luego sonrieron.
Aquella joven no era como habían imaginado.
Pero quizás eso era exactamente lo que aquel lugar necesitaba.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔