Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 8
Capítulo 8: Sangre de Alpha
Kaia no mató al traidor.
Eso fue lo primero que Mateo entendió.
Lo segundo fue que sí quería hacerlo.
El sobrino de Luján, un lobo flaco llamado Tomás, seguía arrodillado en el patio de Valle Seco con las manos atadas a la espalda. Tenía la boca partida por un golpe de los Warriors y aun así sonreía como si la sangre fuera vino.
—Repítelo —dijo Kaia.
Su voz no subió.
Por eso los demás retrocedieron.
Tomás escupió a un lado.
—Dije que preguntes por los Montes en Ciudad Luna. O por Luna Negra. Ellos sí guardan archivos antes de vender a sus cachorros.
El scent de Kaia se volvió hielo sobre metal.
Mateo dio un paso hacia ella.
No para detenerla.
Para estar ahí si el nombre le cortaba algo por dentro.
Cruz habló primero.
—Suficiente. Lo llevaremos a Sierra Oscura.
—No —dijo Mateo.
Todos lo miraron.
Incluso Kaia.
Él mantuvo los ojos en Tomás.
—Si lo llevan allá, Velasco decide qué verdad sobrevive. Pregúntenle aquí.
El Beta Cruz lo estudió.
—Hablas como alguien que olvida su posición.
—No. Hablo como alguien que acaba de ver un traidor demasiado asustado para mentir bien.
Tomás dejó de sonreír.
Kaia lo notó.
—¿Quién te dio ese nombre? —preguntó.
El joven apretó la mandíbula.
El viento cambió.
Mateo olió algo más bajo la sangre y el polvo: hojas secas, cera de iglesia, miedo que no pertenecía a Valle Seco. Una segunda mano en el juego.
—Barranca Roja no sabe eso —dijo Mateo—. Tú tampoco. Alguien te lo puso en la boca por si ella venía.
Tomás lo miró con odio.
—¿Y tú quién eres, cautivo?
Mateo sonrió apenas.
—Alguien con menos miedo que tú.
El ataque llegó de la pared oeste.
No contra Kaia.
Contra Mateo.
Un cuchillo pequeño, ennegrecido para no brillar, voló desde la sombra de los arcos. Mateo lo vio tarde. Siempre tarde. El sello hacía del mundo una habitación con puertas cerradas.
Kaia se movió.
Pero esta vez él también.
Giró lo suficiente para que el cuchillo no le entrara en la garganta. Le abrió el costado, debajo de las costillas, una línea caliente que se volvió profunda cuando intentó apartarse.
El olor de su sangre golpeó el patio.
Todo se detuvo.
No por la herida.
Por el scent que salió debajo del acónito.
Mar.
Cedro.
Cuero tibio.
Y algo más.
Dominio.
Un hilo de Alpha blood tan claro que hasta los Omegas levantaron la cabeza antes de recordar que no debían hacerlo.
Cruz inhaló.
Luján abrió los ojos.
Kaia se quedó blanca de una forma que nada tenía que ver con su wolf.
—Adentro —ordenó ella.
Mateo presionó la herida con la mano.
—Estoy bien.
—No pregunté.
Los Warriors buscaron al atacante. Gritos. Pasos. Un cuerpo saltando el muro. Cruz ladró órdenes, y por primera vez Mateo escuchó al Beta sonar menos como tinta y más como diente.
Kaia tomó a Mateo del brazo.
El contacto encendió el bond.
Dolor y calor juntos.
Ella lo llevó hacia la parte trasera de la hacienda, a una capilla abandonada que los humanos del pueblo quizá habían usado décadas atrás. La cruz seguía en la pared, cubierta de polvo. Debajo, alguien había puesto una pequeña figura de la Moon Goddess hecha de plata vieja. Dos mundos mirándose sin tocarse.
Un healer local llegó corriendo con una caja de cuero.
—Enforcer...
—Cierra la herida.
El hombre se acercó a Mateo, luego se detuvo.
Olió.
Su rostro cambió.
Mateo cerró los dedos sobre la mesa de madera.
—Si alguien más hace esa cara, voy a empezar a cobrar.
Kaia miró al healer.
—Trabaja.
—Sí, Enforcer.
El healer cortó la camisa de Mateo. La herida no era mortal, pero sí profunda. Sin sello habría cerrado rápido. Con acónito, sangraba como una herida humana. El healer limpió la piel con alcohol y una infusión amarga que hizo que Mateo viera negro en los bordes.
Kaia estaba junto a la puerta.
Demasiado quieta.
—Dilo —dijo Mateo.
Ella no respondió.
—Kaia.
Su nombre en su boca cambió el aire.
El healer fingió no notar nada. Inteligente.
Kaia cerró la puerta de la capilla.
—Tu sangre no debería oler así.
—¿A qué?
—A línea Alpha sin diluir.
Mateo soltó una risa que se convirtió en un gesto de dolor cuando la aguja entró en su piel.
—Lamento decepcionar las expectativas de cautivo promedio.
—No juegues con esto.
La orden salió demasiado rápida.
Mateo la miró.
Ella estaba asustada.
No por su herida.
Por su nombre.
Por lo que esa sangre significaba en una sala donde Velasco había sonreído como si ya lo supiera.
—Él lo sabía —dijo Mateo.
Kaia no lo negó.
El healer terminó la primera sutura y aplicó una pasta oscura.
—Necesita reposo.
Mateo casi se rió.
Kaia le entregó una moneda al hombre.
—Olvidará lo que olió.
El healer tragó saliva.
—No olí nada, Enforcer.
—Bien.
Cuando quedaron solos, la capilla pareció encogerse.
La lluvia empezó afuera, golpeando el techo de lámina con dedos rápidos. El scent de Kaia cambió con ella, más claro, más suyo. Laurel bajo agua. Flor blanca en oscuridad.
Mateo apoyó la cabeza contra la pared.
—Rojas no es un apellido raro.
—Rojas Salvatierra sí.
El silencio fue una cuerda tensada.
Mateo abrió los ojos.
—No te dije mi segundo apellido.
Kaia apretó la mandíbula.
—Lo leí una vez.
—¿Dónde?
Ella miró la figura de la Moon Goddess.
—En un archivo cerrado de Sierra Oscura. Antes de que me enseñaran a no hacer preguntas.
Mateo sintió que el frío de la capilla le entraba por la herida.
—¿Velasco me tenía catalogado?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Kaia tardó demasiado.
—Desde antes de que llegaras a los Trials.
El bond se tensó con su rabia.
No fue una emoción compartida de forma limpia. Fue un golpe en las costillas, un calor oscuro subiendo por la garganta. Kaia lo sintió también; dio un paso atrás.
—Mateo...
—No.
Él se levantó demasiado rápido.
La herida tiró. La mesa se movió bajo su mano. Kaia se acercó por instinto y él levantó la palma.
—No me toques.
La frase la golpeó.
No en el rostro.
En el olor.
La flor blanca se volvió amarga.
Mateo lo odió.
Odiaba sentirlo. Odiaba saber que la había herido incluso cuando tenía derecho a estar furioso. Odiaba que Velasco hubiera metido sus manos en algo que debería haber sido de la luna, de ellos, de nadie más.
—Él sabía quién era —dijo—. Me selló igual.
—Sí.
—Me puso en los Trials igual.
—Sí.
—Y luego me puso contigo.
Kaia sostuvo su mirada.
—Sí.
La honestidad era una hoja.
Cortaba mejor que cualquier mentira.
Afuera, alguien gritó que habían perdido al atacante.
Dentro de la capilla, Mateo sintió el primer tirón real de la trampa completa. Su sangre. La de ella. El bond. El crest. Velasco en el centro, sonriendo.
Entonces la voz del Alpha cayó dentro de su cráneo.
Lejana.
Imposible.
No tan fuerte como en el Hall, pero suficiente para hacer que el sello despertara.
*Arrodíllate.*
Mateo cayó contra la mesa.
El acónito en su sangre se encendió como fuego verde.
Kaia se dobló al mismo tiempo, una mano contra las costillas, los ojos abiertos de golpe.
El castigo los encontró a los dos.
Y desde algún lugar muy lejos, Velasco se rió.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás