Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 8
Capítulo 8
Los dos rostros
Una semana después del diagnóstico de Carmen, Sebastián volvió a ser el hombre de hielo.
—Este informe tiene errores en las proyecciones del tercer trimestre. —Dejó caer la carpeta sobre el escritorio de Valentina con un golpe seco—. Rehazlo. Para las doce.
Carolina, dos cubículos más allá, levantó las cejas. Valentina tomó la carpeta sin decir nada. No había errores en las proyecciones —las había revisado con Carolina la noche anterior—, pero discutir con Sebastián Montero en modo jefe era como discutir con una pared de concreto: inútil y agotador.
Lo que Valentina no sabía era que esa misma mañana, antes de llegar a la oficina, Sebastián había hecho una llamada.
—Quiero que revises una dirección en Coyoacán. —Le dictó la dirección del edificio de Valentina a su abogado—. El casero está subiendo la renta sin contrato nuevo. Habla con él. Ofrécele lo que cueste, pero que el precio se quede como está. —Una pausa—. Y que ella no se entere.
Así funcionaba Sebastián: con la mano derecha la humillaba en público y con la izquierda le resolvía la vida en secreto. Era una contradicción que él mismo no sabía explicar, una especie de penitencia invertida donde castigarla y protegerla eran dos caras de la misma moneda que no podía dejar de lanzar.
A las seis de la tarde, Valentina recibió un mensaje en su bandeja: "Cena de negocios esta noche con Sr. Aguilar, Grupo Continental. Te necesito como asistente. Restaurante Lúmina, Polanco. 8 PM. Viste formal."
Valentina miró su clóset mental. "Formal" significaba algo que no existía entre sus tres blusas de oficina y sus dos pantalones negros. Pero tenía un vestido: uno solo, azul oscuro, sin mangas, que se había comprado con el aguinaldo del año pasado para una cena que nunca llegó. Lo sacó, lo planchó, se lo puso. Le quedaba un poco holgado —había perdido peso en los últimos meses— pero era lo mejor que tenía.
Llegó al restaurante a las ocho menos diez.
El Lúmina era el tipo de lugar donde Valentina nunca habría entrado por voluntad propia: techo alto con candiles de cristal, manteles blancos, meseros que se movían como sombras silenciosas y un sommelier que describía los vinos como si fueran obras de arte. La carta no tenía precios. En los lugares como ese, preguntar cuánto cuesta algo era la mayor confesión de que no pertenecías.
Sebastián ya estaba ahí, de pie junto a la barra, hablando con un hombre robusto de traje gris —Sr. Aguilar, Roberto Aguilar, cabeza de Grupo Continental— y un joven a su lado que Valentina no reconoció.
—Ah, ahí está mi asistente —dijo Sebastián cuando la vio llegar. Su voz era neutra, profesional. Pero sus ojos hicieron un recorrido rápido —demasiado rápido para que nadie lo notara, excepto ella— sobre el vestido azul.
—Buenas noches —dijo Valentina, estrechando manos.
El joven junto a Aguilar era su sobrino, Diego. Tenía veintipocos años, traje caro, reloj más caro y una sonrisa que Valentina reconoció al instante: la sonrisa de un hombre que cree que el dinero le da derecho a mirar a cualquier mujer como si estuviera en un aparador.
Se sentaron. Los meseros trajeron pan artesanal y aceite de oliva en un platito de cerámica. El sommelier presentó la carta de vinos. Valentina observó la mesa: cuatro tenedores, tres cuchillos, dos copas. Sabía cuál era el de ensalada porque Carolina se lo había explicado una vez, pero el resto era territorio desconocido.
Tomó el tenedor más exterior y rezó en silencio para que fuera el correcto.
La cena avanzó con la coreografía habitual de las negociaciones disfrazadas de cortesía: Sebastián y Aguilar hablaban de inversiones, márgenes, expansión regional. Valentina tomaba notas discretas en su celular. Diego Aguilar, en cambio, no estaba prestando atención a los negocios.
—Oye, ¿y tú cómo te llamas? —le preguntó a Valentina durante el segundo plato, inclinándose hacia ella con el codo apoyado en la mesa.
—Valentina Reyes. Soy la asistente del señor Montero.
—¿Tú eres la asistente? —Diego soltó una risa baja que pretendía ser encantadora—. Qué suerte tiene mi socio de tener a alguien tan guapa llevándole los papeles.
Valentina no respondió. Bajó la vista a su plato.
—En serio —continuó Diego, acercándose—. Deberías dejar los papeles y acompañarme a Cancún este fin de semana. Tengo una casa en la playa que...
—Diego.
La voz de Sebastián cortó la frase como un bisturí. No levantó la voz. No necesitaba hacerlo. El restaurante entero pareció bajar el volumen.
Diego volteó.
Sebastián dejó los cubiertos sobre el plato con una precisión que parecía ensayada y lo miró con una expresión que Valentina solo le había visto una vez: cuando un empleado cometió un error que costó un contrato de ocho cifras.
—Ella trabaja conmigo. Trátala con respeto. —Hizo una pausa que duró exactamente lo suficiente para que el silencio pesara—. O esta cena se termina aquí.
Sr. Aguilar tosió. Diego retiró el codo de la mesa como si le hubieran dado un golpe. Los meseros, que tenían un sexto sentido para las tensiones de mesa, desaparecieron y reaparecieron con el postre como si nada hubiera pasado.
El resto de la cena transcurrió en un silencio educado. Diego no volvió a dirigirle la palabra a Valentina. Cuando terminaron, Sr. Aguilar se despidió con un apretón de manos que disfrazaba la incomodidad, y Diego salió del restaurante sin mirar atrás.
Sebastián pagó la cuenta sin revisar el monto. Se levantó, se abrochó el saco y le hizo un gesto a Valentina.
—Te llevo.
No era una pregunta. Era una declaración.
En el auto, el silencio era denso. Sebastián conducía por Masaryk con las luces de Polanco desfilando por el parabrisas como joyas en movimiento. Valentina iba en el asiento del copiloto con las manos sobre el regazo, mirando la ciudad que no le pertenecía.
—Gracias —dijo al fin—. Por lo de Diego.
—No le di permiso para hablarte así.
—No necesito tu permiso para que me hablen de ninguna manera.
Sebastián la miró de reojo. Algo se movió en su expresión —una sombra de sorpresa, o de algo parecido al respeto— y luego volvió a mirar la carretera.
El auto se detuvo frente al edificio de Valentina en Coyoacán. Ella tomó su bolso, puso la mano en la manija de la puerta. Entonces Sebastián habló.
—¿Todavía lo tomas? El medicamento.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Qué medicamento? —Su voz salió más aguda de lo que pretendía.
—La paroxetina.
El nombre de su antidepresivo en boca de Sebastián Montero sonó como una alarma de incendio en una iglesia vacía. Valentina lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo sabes eso?
Sebastián no la miró. Tenía las manos en el volante, los nudillos pálidos.
—Se te cayó el frasco del bolso una vez. En la oficina. Lo recogí antes de que alguien más lo viera.
Valentina sintió que la sangre le subía al cuello, a las mejillas, a las orejas. La vergüenza le quemaba. Él sabía. Desde hacía quién sabe cuánto tiempo, él sabía que tomaba antidepresivos y no había dicho nada. No la había humillado con eso, no la había usado como excusa para despedirla, no había hecho comentarios velados frente a los colegas.
Lo había guardado. Como se guardan las cosas que importan demasiado para hablar de ellas.
—Sí —dijo Valentina, con la voz baja—. Todavía lo tomo.
Sebastián asintió. No dijo nada más. No hizo preguntas. No ofreció opiniones ni soluciones ni juicios.
Valentina bajó del auto. Caminó hasta la puerta de su edificio. Cuando estaba a punto de entrar, volteó. El auto negro seguía ahí, con el motor encendido y las luces bajas, esperando.
Esperando a que ella entrara segura.
Subió las escaleras, entró a su departamento, encendió la luz de la sala.
Desde la ventana, vio cómo el auto arrancó y se alejó por la calle oscura.
Él esperó a que la luz se encendiera.
Valentina se sentó en la cama con el vestido azul todavía puesto y las manos temblando, no de frío ni de miedo, sino de algo que no se había permitido sentir en mucho tiempo: la sospecha de que alguien la estaba cuidando en secreto.